Día Mundial de la Tierra

Por: Adriana García

22 de abril del año 2011, Día Mundial de la Tierra, una celebración iniciada en 1970 por iniciativa del senador norteamericano Gaylord Nelson y bastante reciente para la humanidad si se compara con la existencia de este planeta azul, calculado en billones de años de acuerdo con datos radiométricos.

¿Y cómo es qué conmemoramos este notable evento?, la verdad es que casi inadvertidamente por la gran mayoría desde que tendríamos que reconocer que las actuales condiciones de salud de la tierra no son las mejores en este momento.
Hablar sobre qué tan mal hemos administrado los recursos naturales renovables y no renovables de la tierra, particularmente a partir de la revolución industrial y tecnológica, además del creciente y errático asentamiento humano en ecosistemas importantes, resulta difícil de abordar principalmente cuando valoramos más las comodidades que dicha modernidad ha generado en el actual estilo de vida que los efectos negativos.

Para agrupaciones pro-Tierra reza la frase “La contaminación de la tierra está en constante incremento, su destrucción cada día avanza más y la humanidad no hace nada para salvarla…”, pero la realidad es que nosotros los lectores seguimos insistiendo en que “la humanidad” incluye sólo a gobiernos y a grandes industrias.

Olvidamos y selectivamente nos volvemos sordos para comprender que esa “humanidad” no es la de hace 100 años o aquella de grupos específicos, sino nosotros, hoy, todos y cada uno de los que existimos en la tierra, desde el más pequeño hasta el más grande.

La pregunta es entonces ¿qué hacemos los que vivimos aquí y ahora para contrarrestar los efectos de la contaminación?, ¿ cómo contribuimos cada uno de nosotros para reparar los daños aparentemente irreversibles?, ¿hemos generado una consciencia pro-tierra o estamos esperando que hagan otros el trabajo, tal vez las futuras generaciones, un científico aventurado o un superhéroe al estilo Superman?.

La lectura sobre los efectos de casi todo lo que el hombre ha creado contra el medio ambiente es amplia, desde cómo afectan las emisiones radiales de los barcos en la comunicación entre ballenas para lograr el apareamiento, pasando por la exterminación de los recursos marinos ante una pesca desmedida, hasta el calentamiento global.

Blanca Mendoza, del Instituto de Geofísica de la UNAM indica que la temperatura global de la tierra se elevó aproximadamente medio grado desde principios del siglo XX hasta la fecha como efecto único de la actividad antropogénica y que de seguir así, para el año 2030 se incrementaría en aproximadamente 1.2 grados centígrados, creando un escenario adverso si bien no extremo. Algunos científicos señalan que el año 2010 fue uno de los tres años más calientes desde que existen los registros de la temperatura terrestre.

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), cada año los desastres relacionados con cambios climáticos han causado significativas pérdidas humanas, detrimentos económicos y sociales que duran años. Entre 1980 y 2005, cerca de 7 500 catástrofes naturales alrededor del mundo provocaron el deceso de más de 2 millones de personas y pérdidas de hasta 1.2 trillones de dólares.

El 90% de esos fenómenos fueron derivados de sequías, inundaciones, ciclones tropicales, tormentas, temperaturas extremas, deslizamientos de tierra e incendios, entre otros.

Por otra parte, se calcula que los patrones de precipitación global se alterarán a escalas regionales en el presente siglo, lo que mermará la renovación del agua subterránea y el impacto sobre los acuíferos afectará a las fuentes superficiales de agua y los ecosistemas mismos. Al respecto el científico mexicano Juan Suárez Sánchez indica que se conocen “los efectos del cambio climático en la Tierra y en los ecosistemas más grandes e importantes del mundo.

Por ejemplo, la retracción de glaciares ecuatoriales en Perú, Ecuador y Bolivia, o la merma en la disponibilidad de agua de los ríos del sureste asiático…si bien éstos no son tan visibles y medibles a nivel local como se observa en la reservas acuíferas, indicador de la cantidad potencial per cápita de un país, región o cuenca’.

Si bien la comunidad científica parece genuinamente consternada por los efectos humanos en el medio ambiente, la consciencia creada a nivel general no alcanza los niveles de alarma que los ambientalistas promueven celosamente. Al final, esta 41 celebración más que añadirse a una celebración mundial de las que pasan inadvertidas, debería invitarnos a una profunda reflexión sobre nuestro papel en el impacto del deterioro de la tierra.

Modificar nuestras actividades particulares podría parecer un grano de arena sin mayor significancia, pero la relación que existe entre nosotros y dichos efectos es impactante.

Debemos cuestionarnos seriamente sí podemos seguir apáticos ante el uso de energía aparentemente limpia como la nuclear, luego de que un desastre mayor como el de Japón expuso los posibles daños de este recurso tanto en el ambiente como en la población.

Sí necesitamos prestar mayor atención a la reforestación, especialmente en zonas erosionadas; sí debemos alentar el desarrollo de más plantas de tratamiento de aguas residuales y mejorar los sistemas de riego, particularmente en países no desarrollados para evitar efectos profundos durante largos períodos de sequías; pero principalmente sí a nivel individual estamos obligados a mejorar nuestros métodos de reciclamiento y de consumo tanto de servicios como de alimentos que promuevan mejores entornos ambientales.

Sí podemos disminuir nuestras emisiones individuales de dióxido de carbono con el uso inteligente de vehículos y herramientas caseras; sí podemos convertir nuestros desechos orgánicos en fertilizantes para nuestros espacios verdades; en fin las propuestas son infinitas y múltiples, pero el peso de las decisiones son personales. Celebremos el día de la tierra meditando y tomando responsabilidad hoy.


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