¿Te consideras una buena persona?

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Cuando se le pregunta a la gente si se consideran buenas personas, la mayoría responde que sí, y cuando se les pregunta si creen que al morir van a ir al cielo, normalmente responden que sí, ya que son buenas personas y no le hacen mal a nadie. ¿Y tu; crees que al morir irás al cielo?

Para poder responder a esta pregunta debemos conocer cuáles son los requisitos que Dios ha establecido para que podamos ir al cielo. Unos de los requisitos los encontramos en lo que conocemos como los Diez Mandamientos de Dios (Éxodo 20:1-17).

Veamos si tu calificas para ir al cielo. ¿Alguna vez en tu vida has dicho alguna mentira? Si eres honesto la respuesta es que si lo has hecho.

¿Alguna vez has tomado algo que no te pertenece? Lo más seguro es que sí lo has hecho en algún momento en tu vida, así haya sido algo pequeño.

¿Alguna vez has usado el nombre de Dios en vano? Cada vez que dices “Oh my God” estás usando el nombre de Dios en vano, y la Biblia dice que Dios no tendrá por inocente a tal persona (Éxodo 20:7). Hasta aquí sólo hemos mencionado tres de los diez Mandamientos y ya estamos en un tremendo lío con Dios, WOW!

Otros de los mandamientos son: no codiciarás, no adulterarás, honra a tus padres, no matarás, etc. Casi todo el mundo dice “nunca he matado a nadie”. Pero el problema es que para Dios tiene el mismo peso una mentira “piadosa” que un asesinato; y la Biblia dice que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23).

Ahora bien, tu yo podemos pensar lo que queramos al respecto, sin embargo, lo que dice Dios es lo que cuenta al final; nuestra opinión personal sale sobrando. Así que ¿qué podemos hacer en esta situación en la que definitivamente todos hemos pecado contra Dios? En realidad es imposible poder cumplir con los Mandamientos debido a nuestra naturaleza pecaminosa, entonces ¿qué esperanza podemos tener?

Dios nos da esperanza por medio de su Hijo Jesucristo. Él tomó nuestro lugar y pagó por nuestros pecados, ya que nosotros no tenemos manera de salvarnos a nosotros mismos, porque nadie se salva por sus buenas obras. Efesios 2:8-9 dice: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

Te invitamos a que leas la Biblia y descubras por ti mismo las promesas que Dios tiene para ti y los tuyos. Existe sólo una forma de alcanzar el regalo de la salvación para poder estar delante de la presencia de Dios, tal como dice Juan 14:6 “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.”

Arrepiéntete de tus pecados y recibe a Cristo como tu Señor y Salvador. 1 Juan 1:9-10 dice “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros.”

Romanos 10:9 dice “Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.”

Que Dios te bendiga y tenga misericordia de ti.
Sinceramente,
El equipo de www.SalveseQuienPueda.com
Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8:32)


Sálvese Quien Pueda

¿Aborreces a tu hijo?

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¿Qué padre en sus cinco sentidos podría dejar de amar a sus hijos? Sin importar qué tan mal se comporten los hijos, es imposible dejarlos de amar. Aún cuando un hijo comete un crimen terrible y va a la cárcel, ¿qué padre podría dejar de amar a su hijo?

Ciertamente, ese padre se dolería en gran manera de ver a su hijo en la cárcel, o perdido en las drogas o en el alcohol. Podría estar enojado con él, pero jamás lo dejaría de amar.

De igual manera, nuestro Padre celestial se duele de nuestro proceder pecaminoso. Especialmente, se duele de aquellos que le dan la espalda, y de aquellos que por incredulidad o ignorancia no han recibido a Su Hijo Jesucristo como su Señor y Salvador.

En Juan 3:36 dice “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (NOTA: La palabra “Hijo” se refiere a Jesús).

Juan 3:16-18 dice “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. El que cree en El no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

Solo aquellos que han creído en Jesucristo en su corazón, podrán alcanzar salvación y vida eterna; los que no han creído en El estarán condenados a una eternidad apartados de Dios. Apocalipsis 20:15 dice “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”

¿Te encuentras alejado de Dios, o no sabes con certeza cuál será tu destino cuando partas de este mundo, o cuando el Señor regrese por los suyos? En Dios nunca es tarde para arrepentirte de tus pecados y recibir el regalo de la salvación en Cristo Jesús.

Isaías 1:18 dice “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”

Romanos 8:38-39 dice “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Jeremías 31:3 dice “Desde lejos el SEÑOR se le apareció, diciendo: Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia.”

Acércate a Dios y El se acercará a ti. Lee la Biblia, especialmente el libro de San Juan y Romanos y Dios en su misericordia no te dejará desamparado.

Que Dios te bendiga y tenga misericordia de ti.
Sinceramente,
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Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8:32)


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El Camino, la Verdad y la Vida

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Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:6.

Jesús es el camino. Recordemos que en el huerto de Edén, Adán y Eva estaban en perfecta relación con Dios. Conforme a su bondad Dios les había preparado ese huerto, y vivían felices en la presencia de su creador.

Por lo tanto no necesitaban un camino para ir a él. Su desobediencia a Dios rompió la feliz relación que tenían con él. Después de esto el hombre tuvo miedo de Dios. Ya no podía haber comunión entre el Dios santo y el hombre pecador.

Más Jesús vino al mundo para ser el camino hacia Dios y restablecer esa comunión. Sufrió el castigo por nuestros pecados, los cuales nos separaban de Dios.

Jesús es la verdad. Cuando Satanás se presentó ante el hombre bajo la forma de una serpiente astuta, empleó la mentira haciéndole creer que podía desobedecer sin riesgo y que el juicio pronunciado no sería ejecutado.

En la cruz, Jesús restableció totalmente la verdad. Probó que Dios no podía pasar por alto el pecado. Su santidad y su justicia exigían el castigo por la desobediencia y por toda manifestación de maldad.
Jesús es la vida. Satanás, haciendo desobedecer a Adán, condujo los hombres a la muerte: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres” (Romanos 5:12).

Jesús, mediante su sacrificio en la cruz, libera de la muerte a todo creyente y le da la vida eterna. “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).


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Un Dios que le molesta

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“Si nuestro evangelio está aún encubierto,
entre los que se pierden está encubierto;
en los cuales el dios de este siglo
cegó el entendimiento de los incrédulos,
para que no les resplandezca”…
2ª Corintios 4:3-4.

La Biblia está llena de gozosas promesas para el que cree. Sin embargo, sus advertencias son igualmente ciertas cuando habla del juicio eterno para aquellos que no creen. Hoy está de moda cuestionar todo mediante «quizás» y burlarse de los que tienen convicciones.

Pero ¿no es preocupante decirse: «La muerte tal vez no sea el fin de todo; quizás haya otra vida, un juicio? ¿Y si Dios tuviese razón?». El razonamiento humano, ¿puede oponerse a la Palabra Divina?

No comprendemos que con un «quizá» podamos quedarnos un rato tranquilos, que podamos dormirnos diciéndonos: «Tal vez me despierte en el más allá en la presencia de un Dios justo, a quien nunca tuve en cuenta».

Por ello insistimos: Para salir de nuestras dudas, dirijámonos a Aquel que puede y quiere abrirnos los ojos. ¿Ha ido usted a él honestamente, diciéndole: Oh Dios todopoderoso, abre mis ojos, revélate a mí?

Mientras no lo hayamos hecho, no podemos decir sinceramente que deseamos conocer la verdad. Si nuestra incertidumbre en cuanto a Dios y a la eternidad nunca nos atormenta, esta indiferencia tal vez tenga otro motivo: Nos gustaría que Dios no existiese, porque nos molesta. Tal vez ésta es la verdadera razón de la incredulidad.

Dios existe, y en el fondo lo sabemos muy bien. Un primer paso hacia él nos convencerá de su amor; ¡El nos está esperando!


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¿Tenemos a Jesús como Capitán o como Pasajero?

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“Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal;
y le despertaron, y le dijeron: Maestro,
¿no tienes cuidado que perecemos?”
Marcos 4:35-38.

Acostumbrados a pescar en el lago de Genesaret, los discípulos de Jesús eran verdaderos profesionales y conocían todas las trampas de ese lugar rodeado de montañas. Pasar al otro lado no suponía un problema para ellos. ¡Sí, Jesús podía contar con los conocimientos técnicos de ellos y descansar tranquilo después del cansancio del día!

El Señor se instaló al fondo del barco como su pasajero, y no como su capitán, hasta el momento en que los elementos enfurecidos los obligaron a despertar a su Maestro.

¿No nos sucede, a nosotros también, que contamos con nuestra experiencia para enfrentarnos a las situaciones que se nos presentan? En su gracia, el Señor permite que las cosas no sucedan como habíamos previsto, ¡entonces no nos queda otra salida que pedirle socorro!

En cuanto a la educación de los hijos, por ejemplo, cuando todavía son pequeños, uno se cree un buen educador, pero en la adolescencia a menudo hay conflictos y entonces nos vemos obligados a pedir ayuda al Señor.

Esto también es cierto en la vida profesional: después de muchos estudios o algunos años de éxito pensamos que tenemos la experiencia suficiente para abordar los problemas que se nos plantean. Dejamos al Señor de lado y es necesario que llegue la tempestad para que le pidamos ayuda.

Tomemos a Jesús en nuestra barca como nuestro capitán y no como un simple pasajero.


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La Adoración

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Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania…
Y le hicieron allí una cena; Marta servía,
y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él.
Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro,
de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos;
y la casa se llenó del olor del perfume.
Juan 12:1-3.

En esta ocasión, cuando Jesús fue de visita a Betania, María no se presentó para escuchar un sermón, aunque el mayor de los predicadores estuviese allí. Su objetivo tampoco era sentarse a sus pies y escuchar su palabra, aunque para ella esto era muy importante. No vino para hacerle una petición, como lo había hecho cuando su hermano estaba enfermo, ni siquiera para compartir un buen rato entre amigos creyentes. Tampoco buscaba estar en la compañía de Jesús para descansar y ser alentada después de una semana de trabajo y agitación.

No, en el mismo momento en que el mundo desencadenaba su odio contra Aquel a quien ella amaba, María quería derramar sobre la persona cuyo amor cautivaba su corazón el perfume que había preparado cuidadosamente. En un gesto de adoración, vertió el perfume sobre los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos.

Así no se trata solamente de escuchar un sermón, recitar oraciones, cantar himnos, saludar a los hermanos y relajarnos después de seis días de trabajo. Cuando vamos al culto los domingos, que nuestra actitud sea la de María, que nuestros corazones estén llenos de esa adoración que honra a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo.


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La Glorificación del Señor Jesús

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(Jesús) los sacó fuera hasta Betania,
y alzando sus manos, los bendijo.
Y aconteció que bendiciéndolos,
se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo.
Lucas 24:50-51.

Después de su resurrección el Señor Jesús mantuvo el contacto con sus discípulos durante 40 días, pero había llegado el momento en que Él tenía que dejarlos. Salió con ellos de Jerusalén hacia Betania, esa aldea donde solía quedarse y donde poco tiempo antes había resucitado a Lázaro. Entonces levantó sus manos y los bendijo. “Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo.

Solemnemente se elevó en virtud de su propio poder hacia la esfera que le pertenece. Desde entonces, con la mirada de fe, los suyos lo vemos allí “coronado de gloria y de honra”, sentado “a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Hebreos 2:9, 8:1).

Entonces como hombre, Cristo se sentó con triunfo a la diestra de Dios, en la gloria del cielo. La resurrección y la glorificación de Jesús son la prueba evidente de que la obra de la salvación está cumplida por completo y que la cuestión del pecado está arreglada para entera satisfacción de Dios.

¡Qué certeza y qué recurso para el creyente tener a Alguien que lo ve, que lo ama personalmente y que intercede por él desde el lugar de la gloria! Ninguna circunstancia puede sobrecargar a este Salvador divino.

Ninguna insuficiencia nuestra puede apagar su amor. Así encuentra el creyente sus intereses, su motivación y su fuerza allí arriba, donde mora Cristo glorificado (Filipenses 3:1).


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Santificados

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El mismo Dios de paz os santifique por completo;
y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo,
sea guardado irreprensible para
la venida de nuestro Señor Jesucristo.
1ª Tesalonicenses 5:23.

El verbo santificar significa «poner aparte». Para el creyente, esta santificación reviste tres aspectos:
La santificación inicial define el estado de todo creyente. Mediante su fe en la obra de Jesús en la cruz, el creyente forma parte de la familia de Dios, sea cual sea su nivel de conocimiento espiritual.

Esta puesta aparte es, pues, el privilegio de todos los creyentes. Es definitiva y eterna: “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre… con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:10, 14).

El segundo aspecto de la santificación es creer lo que soy –santificado por la obra de Cristo– y aplicarlo a mi vida cotidiana. El creyente se separa del mal y busca el bien. Nunca llegará a la perfección en la tierra (a un estado sin pecado), pero siempre debe encaminarse hacia ese objetivo.

Esta separación tiene lugar cuando pone en práctica las enseñanzas de la Palabra de Dios, con la ayuda del Espíritu Santo y mirando hacia Cristo, quien nos santifica (Juan 17:17, 19). Es responsabilidad del creyente purificarse del mal en vista de esta santificación diaria. Involucra tanto al cuerpo como al alma y al espíritu (2ª Corintios 7:1).

La santificación final está relacionada con la condición del creyente en el cielo, donde será semejante a Cristo (1ª Juan 3:2), totalmente liberado del pecado y separado para Dios.


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Un error puede esconder otro error

espiritual

“Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad,
se hacen claramente visibles desde la creación del mundo,
siendo entendidas por medio de las cosas hechas,
de modo que no tienen excusa”
Romanos 1:20.

En Francia, en los pasos a nivel, hay carteles indicando que se debe tener cuidado, porque un tren puede esconder otro tren. En el ámbito espiritual, a veces un error también esconde otro error, e incluso muchos errores. Por ejemplo, algunas personas ponen en duda la existencia del más allá. Este error casi siempre es el resultado de un primer error fundamental que consiste en negar la existencia de Dios.

Cuando nos apartamos de Dios, nuestro razonamiento está falseado y empezamos a dudar de las cosas verdaderas y a creer en las falsas. Por el contrario, si aceptamos la existencia de Dios, el Creador todopoderoso, aquel que está por encima de todo lo que se ve, también reconocemos que existe un más allá, un mundo invisible.

Tal vez alguien diga que no tenemos ninguna prueba de la existencia de Dios. ¡Pero esto no es cierto! Los versículos de hoy muestran que la evidencia del Universo creado, percibida por la inteligencia natural, lleva a reconocer la existencia del Creador. Toda cosa creada exige la existencia de un Creador.

Es una constatación sencilla pero ineludible. El que la rechaza batalla contra su propia inteligencia; además se equivoca en muchos otros puntos, pues se envaneció en su razonamiento (Romanos 1:21). Por el contrario, quien acepta esta evidencia de la existencia del Creador, está listo para reconocer la grandeza y sabiduría para escuchar su Palabra.


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Nadie escapará a la Resurrección

Está establecido para los hombres
que mueran una sola vez,
y después de esto el juicio.
Hebreos 9:27.

Dios, que levantó al Señor?
a nosotros nos levantará con su poder.
1 Corintios 6:14.

En un cementerio de Hannóver (Alemania), hasta hace algunos años todavía se veía una tumba muy curiosa. Se trataba de la sepultura de una condesa que se jactaba de no creer en la resurrección de los muertos. Entre sus últimas voluntades había pedido que su tumba fuese recubierta con una gruesa placa de granito, sobre la cual se colocasen enormes bloques de piedra, unidos entre sí por medio de fuertes espigas de acero. Una inscripción grabada decía: «Prohibido abrir esta tumba, comprada como sepultura perpetua».

Pero una semilla de álamo traída por el viento vino a instalarse entre el borde y la placa de la tumba. Esta semilla germinó y se transformó en un árbol que levantó la placa de granito, anulando así la voluntad de la difunta. ¡La tumba estaba abierta!

Sean cuales sean los métodos empleados por los hombres para escapar a Dios, éste siempre tendrá la última palabra. En el día del juicio, los muertos saldrán de las tumbas. Negarse a creerlo no impedirá que esto se produzca.

Habrá una resurrección de juicio en la que serán condenados todos los que, durante su vida, no aceptaron al Señor Jesús como su Salvador personal. También habrá una resurrección de vida para los que hayan creído en él (Juan 5:29). Hoy todavía es tiempo para que usted decida dónde pasará la eternidad después de la resurrección. ?Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo? (Hechos 16:31).


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