Un recuerdo para las generaciones futuras

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Cuando se inauguró el museo que conmemora el Desembarco aliado de 1944 en Normandía (Francia), un periodista entrevistó a una profesora que había sido invitada junto con sus alumnos para la celebración.

¿Piensa que sus alumnos se interesan en la guerra? – ¡Por supuesto, y quizá demasiado! A algunos les fascinan las armas. –Entonces, ¿le parece conveniente traerlos a este museo? –Sí. Si queremos evitar que los horrores por los que pasamos se reproduzcan, debemos hacer que nuestros hijos tengan presente ese suceso.

Dios también nos invita a recordar, no el mal que hicieron los hombres, sino lo que Él hizo por nosotros. Es el recuerdo que Jesús dejó a los cristianos a fin de que no olviden el precio que pagó para salvarlos.

Jesús invita a cada cristiano a participar el domingo en una comida muy sencilla compuesta por un pan y una copa, símbolos del cuerpo y de la vida del Salvador, ofrecidos por nosotros en la cruz.

Desde hace casi veinte siglos, los cristianos recuerdan así a Jesucristo. Cristianos, ¡no olvidemos hasta dónde llegó el amor de nuestro Salvador por nosotros! Las palabras y las buenas intenciones no cuentan. Sólo los hechos muestran la realidad de nuestro compromiso. Por lo tanto, estemos presentes allí donde se recuerda al Señor, y participemos de esa conmemoración con adoración.


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Buena forma espiritual

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Es cierto que mantenerse en buena forma física requiere disciplina y esfuerzo. Para conseguirlo, muchos de nuestros contemporáneos practican la gimnasia matinal, otros corren, y otros, o los mismos, llevan un régimen alimenticio riguroso.

De la misma manera, la buena forma espiritual requiere tiempo, esfuerzos y práctica. El apóstol Pablo recomienda a Timoteo ejercitarse para la piedad. El ejercicio espiritual puede ser una alegría, pero siempre conlleva cierta disciplina, es decir, estudiar la Palabra de Dios, perseverar en la oración, ir a reuniones cristianas, esforzarnos en poner en práctica en nuestra vida diaria lo que hemos aprendido.

Para dedicarle tiempo es necesario renunciar a ciertas actividades que nos absorben demasiado, y establecer prioridades. Pero realmente vale la pena. La buena forma espiritual nos ayuda a resistir a las tentaciones y a vivir con el Señor. También nos da la sabiduría que necesitamos para ayudar a los demás en su vida cristiana.

¿Qué pensaríamos de un carpintero que olvida afilar sus utensilios, o de un mecánico que no dedica tiempo para engrasar su máquina? El hijo de Dios que descuida fortalecerse mediante la oración, el estudio de la Biblia y la comunión con el Señor, es igual de insensato.

Los instrumentos de nuestro servicio espiritual se embotan rápidamente; por ello hay que afilarlos cada día. “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2ª Pedro 3:18).


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La abolición de la esclavitud

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El 27 de abril de 1848, Víctor Schoelcher firmó el decreto que abolía la esclavitud en Francia. El 10 de mayo fue el día escogido para conmemorar ese evento tan importante. En efecto, en ese momento se pasó una triste página de la historia de este país. Durante siglos la esclavitud manifestó la tendencia de los hombres a utilizar su poder para oprimir a sus semejantes y saciar su codicia.

Pero la esclavitud, ¿ha desaparecido realmente? En nuestra sociedad moderna, donde todos proclaman su libertad, ¡cuántas personas están bajo la esclavitud de la droga, del alcohol o de cualquier otro tipo de vicio! Su servidumbre quizá sea tan cruel como la de los esclavos en otro tiempo.

“Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, declaró Jesús. Pero luego añadió: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:34, 36).

La libertad que Jesucristo propone nos libera del juicio que nuestros pecados merecen ante Dios: él mismo recibió este juicio en la cruz, y se revela como Salvador. Su muerte también nos libera del poder del pecado que está en nosotros: si depositamos nuestra confianza en él, nos libera de lo que nos tiene esclavizados.

Hoy Jesús todavía llama: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).


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La resurrección de los muertos

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Dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos?
¿Con qué cuerpo vendrán?
Necio, lo que tú siembras no se vivifica,
si no muere antes.
1ª Corintios 15:35-36.

Quedamos asombrados ante la imaginación y las argucias desplegadas por el hombre para negarse a escuchar la voz de Dios.

Algunos no creen en la resurrección de los cuerpos. Para ellos, todo se termina con el polvo y una tumba. A otros les asusta la resurrección y, para escapar de ella, incineran sus cuerpos, olvidando que tanto de sus cenizas como del polvo, incluso de lo profundo del mar, Dios volverá a formar ese cuerpo.

Otros toman toda clase de precauciones para enfrentarse a una «eventual» resurrección, como un rico comerciante búlgaro que ordenó a sus herederos poner en su ataúd víveres e instalar una canalización de aire fresco e incluso un teléfono, por si acaso resucitaba.

Pero los que han depositado su confianza en Dios y creen en su Palabra saben que su cuerpo colocado en la tumba es como una semilla que un día saldrá resucitado.

Cuando el Señor Jesús regrese, mediante su poderosa voz los muertos en Cristo, es decir, los creyentes que hayan muerto, resucitarán, y en un instante serán llevados al cielo junto con los creyentes que vivan en ese momento, “y así estaremos siempre con el Señor” (1ª Tesalonicenses 4:17).

“Cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1ª Corintios 15:54).
El actual período de la gracia habrá terminado; más tarde los incrédulos también resucitarán, pero para ser juzgados y condenados a los tormentos eternos.


Sálvese Quien Pueda

La razón del más fuerte

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«La razón del más fuerte siempre es la mejor», escribió La Fontaine en su fábula «El lobo y el cordero». Podemos constatar que tenía mucha razón, y nuestro siglo no escapa a esta regla.

Sin hablar del terrorismo que quiere que sus ideas triunfen mediante la violencia, nuestro mundo está totalmente gobernado por la fuerza. Los más fuertes o los más numerosos imponen sus leyes. En la sociedad actual, débiles y vencidos a menudo son oprimidos.

¡Qué contraste con Jesucristo! Cuando estaba en la tierra sólo manifestó dulzura y humildad; no impuso sus enseñanzas.

Tenía un poder infinito, sin embargo sólo lo empleó para aliviar y sanar a todos los que venían a él. Incluso cuando fueron a buscarlo con espadas y palos, no mostró resistencia; aceptó ser crucificado para salvar a los que estaban perdidos.

La Biblia declara: “Fue crucificado en debilidad” (2ª Corintios 13:4). Pero “Dios… le resucitó de los muertos y le ha dado gloria para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1ª Pedro 1:21). A la aparente razón del más fuerte, él respondió mediante la razón del amor.

Aún hoy Dios no impone nada al hombre, sino que en su bondad le insta a que se arrepienta y reciba el perdón de sus pecados, porque Jesucristo murió para expiarlos. No hay mayor pecado ante Dios que despreciar la humildad y el amor de su Hijo.


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Llantos en la noche

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Era una noche solemne en el antiguo Egipto (aproximadamente 1400 años a. C.). De los palacios como de las chozas salían gritos y sollozos. En todas las casas del gran imperio se estaba ejecutando el juicio anunciado por Dios: todos los primogénitos de las familias egipcias debían morir.

¿Por qué? Porque el faraón y su pueblo no querían obedecer a Dios. Cuando Dios habla, cuando nos advierte, hay que escucharle y obedecerle. Esas familias no creyeron y por ello no escaparon al juicio de Dios.

Igualmente hoy Dios advierte a los hombres: “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).

Evoquemos otra noche, la más oscura de la historia. En un huerto cerca de Jerusalén Jesús estaba orando. Su súplica subía hacia Dios “con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7).

Tres veces el Hombre perfecto, el santo Hijo de Dios, pidió a su Padre que el sufrimiento expiatorio de la cruz, que para él implicaba ser abandonado por Dios, le fuese retirado. Pero añadió: No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Los pecados tenían que ser castigados y Dios tuvo que herir a Jesús, a aquel que por nosotros se había hecho pecado (2ª Corintios 5:21).

Si Jesús no hubiese sufrido en nuestro lugar el juicio de Dios, seríamos nosotros quienes, debido a nuestros pecados, lo hubiésemos sufrido. Jesús murió por nosotros; y Dios, perfectamente satisfecho con la obra cumplida por su muy amado Hijo, lo resucitó y lo elevó a la gloria. Ahora asegura su perdón a todos los que creen en Cristo.


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¿Qué necesitamos?

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Cada uno responde según sus circunstancias: recuperar la salud, un trabajo estable, una vivienda digna, el cariño del cónyuge, el éxito escolar de los hijos, una jubilación asegurada, medios financieros más seguros, etc. Las respuestas varían hasta el infinito, dependiendo de las preocupaciones de unos y otros. Esos deseos son muy naturales, pero muchas veces no sabemos cómo satisfacerlos; y desgraciadamente no siempre lo conseguimos.

Pero por encima de todos esos problemas hay una necesidad de la cual quizás usted no haya sentido su urgencia hasta ahora. Una necesidad que, una vez satisfecha, traerá la paz y la tranquilidad a su alma y la alegría a su corazón. Es la necesidad de perdón, punto de partida de una relación con Dios, quien nos ama y quiere hacer de nosotros sus hijos.

Esta es la única necesidad que puede ser satisfecha hoy, plena y gratuitamente. ¿Se atreve a mirar con fe a Jesús para hallar una verdadera liberación? Si así es, esto conduce a lo que la Biblia llama arrepentimiento, es decir, ese cambio profundo que trastorna todos nuestros pensamientos y del que jamás nos arrepentiremos.

Eso no significa que todos sus problemas se vayan a resolver, pero a partir de ese momento estarán en las manos de Dios y él se encargará de responder a su manera y en el momento oportuno, para su gran alegría. Si le exponemos nuestras preocupaciones con confianza, derramará sobre nosotros su bendición (Malaquías 3:10).


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¿Está siendo manipulado?

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¡Qué pregunta!, dirá alguien. Lo más importante para mí es mi libertad. ¡Puede estar seguro de que juzgo todo por mí mismo!

Pero veamos lo que la Biblia dice. El apóstol Pablo escribe a los cristianos de Corinto que, cuando ellos aún no se habían convertido, se extraviaban y eran llevados “a los ídolos mudos” (1ª Corintios 12:2).

Esos ídolos sólo eran estatuas de madera o de piedra, sin ningún poder (1ª Corintios 8:4). Entonces, ¿por qué dice que eran llevados por ídolos mudos? ¿Cómo es posible que algo que no tiene poder pueda influenciar a una persona, y en el fondo, manipularla?

El ídolo en sí es mudo, no tiene vida, pero en realidad el diablo, el padre de mentira” (Juan 8:44), está detrás de los ídolos y manipula la mente de los que van tras ellos.

¿Cómo ser liberado de lo que tememos o de lo que ocupa de forma abusiva el tiempo, la mente y las fuerzas? ¿Qué hacer para no dejarnos llevar por los ídolos antiguos o modernos? Creer sencillamente en Dios y su Palabra, que es la verdad liberadora.

Todo lo que está marcado por la mentira, la depravación, la violencia, la superstición, en una palabra, por el mal, lleva la marca del diablo, y por lo tanto es peligroso. El Evangelio ofrece la liberación de las trampas del diablo, y también conduce a un profundo respeto frente al Dios supremo, el Dios de amor. El Evangelio presenta al gran Liberador, Jesucristo.


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El justo por su fe vivirá”

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Esta corta frase del profeta Habacuc (más de 600 años antes de Cristo) enuncia un principio esencial del cristianismo. Citada tres veces en el Nuevo Testamento, se puede aplicar a diferentes aspectos de la vida cristiana:

La respuesta a la pregunta de Job muchos siglos antes: “¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ” (Job 9:2) está en Romanos 1:17: “El justo por la fe vivirá”. Al creer (por la fe) en el poder del Evangelio, el hombre recibe una nueva vida, y esta vida es un regalo de Dios. Simplemente hay que aceptarlo. Al creer, uno es justificado delante de Dios, es decir, Él mismo lo considera ahora como un justo.

La epístola a los Gálatas (cap. 3:11) nos dice solemnemente que esta justicia no puede obtenerse mediante las buenas obras, incluso si, con la mayor sinceridad, tratamos de respetar la ley divina en nuestra vida, porque en el fondo somos incapaces. Sólo a través de la fe recibimos esta justicia divina.

En la epístola a los Hebreos (cap. 10:38), esta expresión encuentra todo su sentido en la vida del creyente. El que cree en el Evangelio, en las palabras de Cristo, a partir de ese momento vive por la fe. Su principio de vida es la confianza en Dios, en su amor, en todas sus promesas anunciadas en la Biblia.

El Señor Jesús sabía perfectamente lo que significa ese primer versículo del Salmo 16: “Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.

El creyente deposita su confianza en Dios para el día a día y para su porvenir eterno. Así estos tres textos del Nuevo Testamento enfatizan cada una de estas palabras de Habacuc 2:4: “El justo por su fe vivirá”.


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¿Qué estoy esperando?

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Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?
Mi esperanza está en ti.
Salmo 39:7.

Quizás usted esté esperando días mejores. A veces la vida es muy difícil, y a menudo adoptamos la actitud desilusionada de los que dicen: «Con un poco de suerte, todo irá mejor mañana».

¿Un nuevo año sin problemas? Todos alimentamos las mismas esperanzas: tener salud, prosperidad material, felicidad familiar, éxito…¿Qué espero de la vida? Más allá de las dificultades y de las alegrías del momento presente, me gustaría tener éxito. No pedí nacer, pero tampoco quiero morir. Entonces, ¡que la vida me dé toda la felicidad que me debe!

Pero, ¿merecemos esa felicidad? ¿Sabe usted que existe otra esperanza? La Biblia la califica como buena, dichosa, segura y gloriosa. Es la esperanza que Dios nos da en Jesucristo. ¡Para el que cree en Jesucristo y en la salvación que él ofrece mediante su sacrificio, todo se vuelve nuevo y seguro!

No espere más tiempo para volverse a Dios. Hoy es el momento preciso para hacerlo, pues el mañana no nos pertenece. Cada instante lejos de Dios es un instante perdido para siempre. Dios mismo le está esperando. ¡Diga sí a su amor! ¡Vaya a él! Ponga en sus manos toda su vida. ¡Él quiere llenarla!

¿Qué responderá usted? ¿Es demasiado simple aceptar el don de Dios?“No sabéis lo que será mañana (Santiago 4:4). No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día (Proverbios 27:1).


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