Las masacres y el silencio

Jorge Ramos

“No creo que las imágenes puedan mentir. He visto noticieros, fotografías…”
Octavio Paz en La Noche de Tlaltelolco.

Los muertos en México ya no se pueden esconder. Las masacres de Tlatlaya e Iguala demuestran lo peor del país: el ejército matando civiles y la policía asesinando estudiantes. Es el México Bárbaro. Y gobierno del presidente Enrique Peña Nieto casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.

Tras la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala, Peña Nieto llamó a una inusual conferencia de prensa en la que no permitió que ningún reportero le hiciera una sola pregunta. De hecho, no ha dado ni una sola conferencia de prensa –abierta, sin preguntas o temas pactados- desde que llegó al poder. Error y temor.

El silencio es la política oficial. El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos. Por eso ésta es una crisis creada desde la presidencia. Se pasaron casi dos años escondiendo cifras y diciendo que no pasaba nada. Y luego les explotan estas dos masacres y aparecen fosas con cadáveres por todos lados. Esconder la cabeza, como el avestruz, no borra la realidad.

Y la realidad es que, en materia de seguridad, las cosas están peor con Peña Nieto que con su predecesor, Felipe Calderón. Hay muertos y crímenes por todos lados.

Dos datos concretos: en el 2013 –el primer año de Peña Nieto en la presidencia- hubo más hogares que sufrieron delitos (33.9%) que en los dos últimos años de Calderón (32.4% en 2013 y 30.4% en el 2011). La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es aterradora: en 10.7 millones de hogares hubo al menos una víctima de delito. Además, en 2013 se registraron 131,946 secuestros, 25 por ciento más que en el 2012. Eso no es salvar a México.

Peña Nieto ha querido venderse, dentro y fuera del país, como un presidente reformista. Pero la portada de la revista Time con el titular Salvando a México –Saving Mexico- fue tan prematura y gratuita como darle el premio Nobel de la Paz a Barack Obama antes de los bombardeos a Siria. Mientras sigan matando y secuestrando a mexicanos, no importa cuántas reformas proponga Peña Nieto.

Peña Nieto tiene ante millones de mexicanos un problema de legitimidad y, por lo tanto, está obligado a demostrar que el puesto no le queda grande, que no es débil y que no está perdido. Muchos mexicanos siguen creyendo que ganó la presidencia con trampas -con mucho más dinero y comerciales que sus oponentes- y que no se merece estar en Los Pinos. La única manera de contrarrestar esa falta de legitimidad de origen es con resultados y gobernando bien. Es obvio que todavía no lo ha logrado.

La marca México está muy golpeada. ¿Cómo vas a atraer a compañías extranjeras a invertir en petróleo y telecomunicaciones cuando tu ejército y policía, en lugar de cuidar a sus ciudadanos, los mata? El dinero busca seguridad, no matanzas.

La masacre de Tlaltelolco en 1968 y su total impunidad –nadie, nunca fue arrestado o condenado por esa matanza- fue posible por la complicidad de muchos “periodistas” que nunca se atrevieron a ser periodistas. Pero gracias a Elena Poniatowska y su libro, La Noche de Tlaltelolco, sabemos qué ocurrió. Hoy hay muchas Elenitas en Twitter, Facebook e Instagram -junto a valientes reporteros en los medios más tradicionales- que no van a dejar que vivan tranquilos los responsables de las matanzas de Tlatlaya e Iguala. El silencio funcionó en 1968; ya no funciona en el 2014.

México huele a podrido, huele al viejo PRI. Estudiantes en todo el país, con marchas y protestas, ya no se tragan el cuento oficial de que buscaremos y castigaremos. Las líneas están marcadas: el gobierno, su ejército y la policía no están con los estudiantes, con las víctimas de la violencia, ni con sus familias. México se rompió en Iguala.

Hay que decirlo tal cual: Peña Nieto no ha podido con la inseguridad. Ante las masacres, su gobierno se ha visto incompetente y negligente. Su silencio –más que estrategia de comunicación- es la señal más clara de impotencia y de que no sabe qué hacer. ¿Cuál es el plan para que estas masacres no vuelvan a ocurrir? No oigo nada.

El silencio es, muchas veces, el peor crimen.


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Netanyahu: voz suave, palabras fuertes

Jorge RamosLo primero que sorprende del Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, es su suave voz. A veces inaudible. Hay que acercarse para oirla. Pero eso contrasta con sus fuertes palabras y con sus posiciones políticas tan duras. No cede ni un solo argumento.

Venía de prisa. Acababa de llegar de Washington, donde se reunió con el presidente Barack Obama. Pidió que se bajara la temperatura del aire acondicionado en la suite del hotel Palace y comenzó la entrevista. ¿Es cierto que no se lleva bien con el presidente Obama?

“Somos como una vieja pareja”, me dijo. Se han reunido más de una docena de veces. “Tenemos nuestras diferencias… (pero) estamos de acuerdo en muchas más cosas que en las que no acordamos.”

Sobre Irán no hay total acuerdo. A Israel le preocupa que las actuales negociaciones internacionales lideradas por Estados Unidos le permitan a Irán algún tipo de capacidad nuclear. “Irán ha prometido destruir a Israel y quiere desarrollar bombas atómicas”, me dijo, “naturalmente como Primer Ministro estoy preocupado porque la historia no le va a dar al pueblo judío una segunda oportunidad.”

Netanyahu venía preparado para defenderse y, luego, para pasar a la ofensiva. El presidente palestino, Mahomud Abbas, acusó recientemente a Israel en la ONU de “crímenes de guerra” y de “genocidio” por la muerte de más de 2,200 palestinos en Gaza, incluyendo civiles y niños. ¿Lo tomó como un ataque personal?

“Eso es absurdo. Israel fue atacado por estos terroristas de Hamas, disparando miles de cohetes contra nuestras ciudades”, me dijo. “Y no solo dispararon misiles contra (nuestros) ciudadanos sino que se escondieron detrás de sus propios civiles, usando niños como escudos humanos. Obviamente nos teníamos que defender.”

Insisto. “Lo están acusando a usted de crímenes de guerra”, le dije. “Los crímenes de guerra que se cometieron fueron realizados por Hamas”, me respondió, pasando al contraataque. Netanyahu llegó a la entrevista con una fotografía. Mostraba a un hombre encapuchado, identificado por él como un terrorista de Hamas, a punto de ejecutar a un palestino arrodillado. “ISIS decapita personas”, me dijo, refiriéndose al grupo islámico que controla partes de Siria e Irak. “Y Hamas les pone una bala en la cabeza. Pero para las víctimas y sus familias el horror es el mismo.”

Le comenté que escuché su discurso en Naciones Unidas y que me pareció carente de cualquier esperanza para la paz. No tuvo ni un solo gesto o palabra para buscar nuevas negociaciones con los palestinos, le dije. “Al contrario” respondió. “Creo que debemos tener dos estados -uno para el pueblo judío y otro para el pueblo palestino…Debemos tener un mutuo reconocimiento pero también acuerdos de seguridad que eviten que grupos como Hamas o ISIS tomen control de las zonas que evacuemos en Cisjordania.”

Netanyahu se quedó pensando un momento y luego, viéndome a los ojos, me dijo. “¿Usted pregunta si queremos la paz? Déjeme decirle algo. Yo he ido a guerras. Me hirieron en una operación para rescatar a civiles de un avión secuestrado por terroristas. Casi me ahogo en el canal de Suez en un conflicto con Egipto. Nadie quiere más la paz que Israel. Conocemos el horror de la guerra. Sabemos lo que se siente al perder un ser querido. Yo perdí a un hermano. Nadie quiere más la paz que nosotros, pero una paz que dure.”

Netanyahu, de 64 años, está cargado de anécdotas. Su padre -un historiador de la edad media en España- le dijo que debería aprender el castellano para leer a Cervantes en su lengua original. Pero ni aprendió el español ni a usar las redes sociales. Cada viernes al atardecer, al celebrar el ritual del Shabbat, les prohíbe a sus hijos y familiares el sentarse a la mesa con un celular en la mano.

Me quedaba tiempo para una pregunta más. Se acercaba el Yom Kipur, la conmemoración religiosa anual en que los judíos se arrepienten de sus pecados y piden perdón. ¿Qué ha hecho mal que necesite que lo perdonen? pregunté. “Necesito muchos Yom Kipurs para eso”, me dijo el hombre de la voz suave, apenas esbozando una sonrisa.


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Vargas Llosa: se vale matar al dictador

Jorge Ramos“No tengo Twitter. No tengo Facebook. No contesto el teléfono. No abro la puerta.” Mario Vargas Llosa, el premio Nobel de Literatura (2010), me habla sin prisa y sin esconder nada, junto a la biblioteca de su apartamento en la capital española. “Tengo una mujer maravillosa que hace todas esas cosas y me facilita el que yo pueda dedicarme fundamentalmente a lo que a mí me gusta, que es leer y escribir.”

Tampoco usa Google. En cambio una docena de diccionarios descansan en el escritorio, junto a una ventana, donde ha escrito sus últimas tres novelas. “La modernización para mí es una pesadilla”, me asegura con los brazos cruzados sobre su camisa azul y muy a tono con las críticas que hizo en su libro La Civilización del Espectáculo.

“El 80 o 90 por ciento de (de los tuits) son adefesios, tonterías, cosas de ociosos.” ¿Se puede decir ‘tuitear’, ‘bloguear’ y ‘facebookear’? “Suena horrible y yo no lo digo. Me parecen malas palabras, obscenas, vulgares, feas, suenan todas como prestadas de otras lenguas.”

Vargas Llosa, de 78 años y más de 20 novelas, no se quiere convertir en estatua. “El premio Nobel lo convierte a uno en una especie de figura pública”, me explica, enumerando los reconocimientos, cocteles, doctorados honoris causa, comités y entrevistas que tiene que rechazar para seguir escribiendo. “No me quejo de haber recibido el Nobel –estoy muy contento- pero yo tengo que dedicar mucho más tiempo a defender mi tiempo.”

Yo era –me quedaba claro- una de esas “presiones mediáticas invasoras” que le quitan tiempo para escribir. Pero me aguanté la pena y le hice preguntas por casi una hora. Había viajado a Madrid para entrevistarlo sobre la adaptación para la televisión de su novela La Fiesta del Chivo (2000). La novela se centra en la brutalidad, crueldad y desaforado apetito sexual con que el dictador, Rafael Leónidas Trujillo, gobernó República Dominicana de 1930 a 1961.

El dictador Trujillo muere asesinado en un auto. Entonces, le pregunto a Vargas Llosa: ¿Se vale matar al dictador? “Yo creo que sí; a un dictador como Trujillo, sin duda”, me responde. “El tiranicidio es algo perfectamente legítimo. Los asesinos de Trujillo fueron verdaderamente, no asesinos, sino ajusticiadores.”

¿Y Cuba? le pregunto. ¿Para usted Raúl y Fidel Castro son dictadores? “Absolutamente”, me dice. “Yo creo que ahí se han cerrado todos los espacios.” Sigo. “Si usted justifica la muerte de Trujillo ¿se vale tratar de matar a los Castro?” Vargas Llosa se detiene. “Mire, creo que en cada caso hay que estudiar el contexto”, me dice. “Yo no puedo fijar la estrategia que corresponde en el caso de Cuba porque no estoy ahí, porque yo no vivo adentro.”

Pasamos a Venezuela y al líder del régimen post chavista. “(Nicolás) Maduro es un dictador”, declara sin ambivalencias. “Maduro utiliza cada vez más la represión para combatir a la oposición. Ha ido cerrando los espacios de crítica.”

Luego me da una lista: “Venezuela tiene la inflación más alta del mundo…El país se ha convertido en el más violento…La corrupción, en lugar de reducir con la revolución, ha aumentado las diferencias sociales…La televisión está totalmente controlada por el gobierno a través de testaferros…Es un fracaso total.” Sin embargo, me aclara, “conozco a muchos de los dirigentes de la oposición y a ninguno le he oído que hay que matar a Maduro; ellos piensan –y creo que con razón- que todavía se puede resistir dentro de la legalidad a una dictadura.”

Las críticas de Vargas Llosa, gusten o no, se oyen en el mundo. En 1990 llamó “dictadura perfecta” a los abusivos y criminales gobiernos priístas en México y una década después llegó la democracia. “No era tan perfecta, felizmente”, corrige hoy con una sonrisa. “Pero eso se debe en gran parte a alguien del PRI que fue capaz de traicionar al PRI –que es (el expresidente Ernesto) Zedillo.

Yo le tengo mucha admiración a Zedillo.” Con el retorno del PRI a la presidencia en México ¿le preocupa el regreso de la “dictadura perfecta”? “Yo creo que no va a regresar”, calculó. “Sí, hay mafiosos dentro del PRI. Sin ninguna duda está lleno de mafiosos todavía. Pero esos mafiosos tienen que cuidarse mucho ahora porque hay verdaderos partidos políticos de oposición.”

Quien tanto habla de presidentes alguna vez intentó serlo en Perú. Pero no fue un buen candidato, reconoce. “Si le digo la verdad, yo no quise ser presidente. Yo fui empujado por las circunstancias a obtener un papel político, algo que nunca había soñado ni querido.”

En 1990 perdió las elecciones frente a Alberto Fujimori pero insiste en participar políticamente en la vida del Perú. Keiko Fujimori es la favorita, según las encuestas, para ganar las elecciones presidenciales del 2016. Esto es algo que Vargas Llosa tratará de evitar.

“Keiko es la hija de un asesino y un ladrón que está preso, condenado a 25 años de cárcel”, me dijo. “Yo no quiero que la hija –que lo primero que va a hacer si sube al poder es sacar a Fujimori (de la cárcel)- gane las elecciones. Entonces, desde luego, que voy a oponerme.”

Hablamos de todo, menos del puñetazo que le dio en 1976 en un ojo al escritor colombiano Gabriel García Márquez. “Nosotros hicimos un pacto tácito, no explícito, con García Márquez de no tocar el tema que interesa a los morbosos y a los chismosos”, me explicó. “Él lo ha respetado y yo lo voy a respetar hasta el final.”

Se me acababa el tiempo y todavía me quedaban curiosidades literarias mucho más concretas como, por ejemplo, ¿qué está leyendo? ¿Qué le sorprende? “Mire, yo leo más a los muertos que los vivos… Leo más sobre seguro que antes y hago cosas que no hacía nunca antes: si un libro no es capaz de atrapar mi atención, lo dejo y no lo leo.”

Cometí el error de preguntarle sobre el escritor japonés Haruki Murakami, que es un éxito de ventas en el planeta. Pero Vargas Llosa me atropelló. “Murakami no me gusta. Me parece frívolo…Creo que es profundamente superficial.”

¿Y a quién lee de los vivos? “En España hay un escritor espléndido que se llama Javier Cercas. Para mí es uno de los grandes escritores contemporáneos. Desgraciadamente no tan reconocido como debía serlo.” Y luego me dio otro nombre. “En Perú se ha publicado hace poco una novela que me parece muy ambiciosa, un poco contra corriente, que es la de Jeremías Gamboa, Contarlo Todo.” Y como el “efecto Oprah”, estoy seguro que estos dos escritores venderán desde hoy muchos más libros, gracias a que Vargas Llosa los lee y los nombró.

Terminamos con algo aún más personal. Vargas Llosa es agnóstico y no quiere rectificar, como lo hizo –según me cuenta- Jorge Luis Borges antes de morir. ¿No le da miedo morirse? “A mí no me da miedo morir. Yo creo que la muerte es responsable de las mejores cosas de la vida. La vida, si no existiera la muerte, sería muy aburrida.”

Y cerré con esto. ¿Por qué escribe? “Porque –eso que decía Flaubert- escribir es una manera de vivir. Toda mi vida está organizada en función de lo que estoy escribiendo y de lo que voy a escribir. No concebiría una vida distinta.”


Sálvese Quien Pueda

El mundo está alborotado

Jorge RamosEs la tercera vez que escucho el mismo comentario en una semana. Para los que trabajamos cubriendo noticias, reportar en pocos días sobre una guerra, una invasión, una alerta terrorista, dos huracán y tres declaraciones presidenciales es algo normal. Pero sí tengo que reconocer que es cada vez más difícil explicar lo que está pasando en el planeta. Existe una clara sensación de desorden.

Prefiero, por supuesto, este moderno desorden al orden de la guerra fría. El mundo estaba dividido en dos; los que estaban con los estadounidenses y los que estaban con los soviéticos. Vivíamos aterrados del botón nuclear. Pero todo era más fácil de explicar.

Hoy hasta el presidente de Estados Unidos, Barack Obama –ex profesor universitario y gran orador- tiene problemas para explicar lo que está pasando. “Si ves los noticieros, tienes las sensación de que el mundo se está desmoronando”, dijo recientemente. “Pero la verdad es que el mundo siempre ha estado desordenado y turbio. Lo que pasa es que ahora nos damos más cuenta debido a las redes sociales.”

La verdad es que una buena parte de la humanidad esperaba que el presidente de Estados Unidos, la única superpotencia mundial, pusiera orden donde no lo hay. Pero está claro que Obama no puede y no quiere. No puede, por ejemplo, evitar la invasión en cámara lenta de Rusia en Ucrania, ni lograr la paz entre israelíes y palestinos. Y no quiere meterse en otra guerra, como la de Irak o Afganistán. Por eso su extraño reconocimiento público de que no tiene una estrategia para resolver el conflicto en Siria, a pesar de que dos periodistas norteamericanos han sido decapitados en público.

Como lo veo -cubriendo noticias todos los días durante 30 años- actualmente hay tres grandes tendencias ocurriendo en el mundo. Uno: están surgiendo nuevas potencias que retan el dominio de Estados Unidos. Dos: ideas, grupos y gobiernos totalitarios están poniendo a prueba la democracia, la tolerancia y el concepto de pluralidad. Y tres: grupos radicales están utilizando la violencia y el terrorismo como método para luchar contra estados e instituciones a través de la llamada “guerra asimétrica”. Por esto el mundo está tan desordenado.

Vamos por partes. Primera tendencia. El rol de única superpotencia de Estados Unidos (desde la desintegración de la Unión Soviética) es ahora cuestionado por la Rusia expansiva y nuclear de Putin, por la enormidad de China y por grupos regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la Unión Europea. Estados Unidos ya no puede andar de cowboy por el mundo. El dólar y su ejército no son suficientes para imponerse su hegemonía. Estamos en la transición de un mundo unipolar a uno multipolar.

Segunda tendencia. La historia no llegó a su fin, como sugirió en 1992 Francis Fukuyama. Las democracias están siendo atacadas por todos lados. La primavera árabe es ahora un invierno totalitario. Cuba y Venezuela son experimentos dictatoriales. Y grupos extremistas islámicos, desde Hamas hasta ISIS y Al-Kaeda, tratan de imponer por la fuerza su despiadada visión del mundo. Hay un resurgimiento de ideas y grupos totalitarios que no toleran el pluralismo, la verdadera democracia, las libertades individuales y el sagrado derecho a disentir. Es el brutal totalitarismo contra la moderna pluralidad.

Tercera tendencia. Narcos y terroristas son iguales. Utilizan la violencia, el secuestro, la violación, la amenaza y la extorsión para atacar a gobiernos e instituciones mucho más grandes. Es la guerra asimétrica. Los actos del 9/11 son su ejemplo a seguir: 19 terroristas en cuatro aviones mataron a casi tres mil norteamericanos. Por eso Inglaterra declaró alerta “severa” de terrorismo y Estados Unidos se ha visto obligado a actuar tras la decapitación de ISIS de los periodistas estadounidenses, James Foley y Steven Sotloff. Su idea es que unos pocos puedan causar máxima destrucción.

Por todo esto –la pérdida de poder de Estados Unidos, el resurgimiento del totalitarismo y las acciones violentas de grupos radicales- el mundo está alborotado.

Pero -recordando mis clases de historia- nada de esto tiene que ser permanente: lo hecho por el hombre puede ser cambiado por el hombre. Sí, efectivamente, el mundo está muy raro.


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El mito de la igualdad

Jorge RamosPor: Jorge Ramos

La última moda en Estados Unidos es echarse encima un balde de agua con hielo, retar públicamente a otra persona a hacerlo y luego enviar una donación a la fundación que lucha contra la enfermedad de Lou Gehrig. La campaña ha sido un sorprendente éxito mediático. Artistas y celebridades han aceptado gustosos el reto (con foto o video incluido) y la fundación ha recaudado millones de dólares.

Y así también, como un balde de agua fría -inesperado y brutal- nos llegó otro caso más de racismo en Estados Unidos. Es injusti?cable que un joven afroamericano de l8 años de edad y totalmente desarmado, Michael Brown, haya recibido seis balazos de un policía blanco, Darren Wilson, el pasado 9 de agosto. Nada -salvo prejuicios y una larga historia de impunidad- puede explicar esa muerte y el abuso de autoridad.

Ferguson, Missouri, es vista en el mundo como el símbolo de lo peor de Estados Unidos. Muchos estadounidenses no ven nada raro en que una población donde el 67 por ciento de sus 21 mil habitantes es afroamericano tenga solo tres policías de la raza negra (de un total de 53). Pero en el extranjero si se dan cuenta.

El diario español El País ha tenido una extraordinaria cobertura de las protestas por la muerte de Brown en Ferguson y, en sus reportajes y editoriales, ha destacado lo siguiente: el 84 por ciento de los autos detenidos son conducidos por afroamericanos; el 92 por ciento de las personas arrestadas por la policía son de la raza negra; solo uno de los seis miembros del consejo de gobierno es afroamericano al igual que solo uno de los siete representantes del distrito escolar.

Ferguson es, por lo tanto, una población con mayoría afroamericana pero dominada por blancos. Eso ocurre en muchas partes de Estados Unidos a pesar de que para el año 2043, según la O?cina del Censo, los blancos dejarán de ser una mayoría a nivel nacional.

Ya en este momento, el número de bebes nacidos de madres latinas, afroamericanas, asiáticas y de otras minorías es casi idéntico al de recién nacidos de madres blancas no hispanas. Estados Unidos está viviendo una revolución demográ?ca, que se nota primero en los hospitales y en las escuelas, y que lo está cambiando todo.

Pero lo grave es que hay muchos estadounidenses que se resisten a aceptar este inevitable cambio poblacional y reaccionan con intolerancia y violencia. Hace solo unos meses estábamos discutiendo las estúpidas declaraciones racistas del dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de los Ángeles, Donald Sterling, que no quería invitar a afroamericanos como espectadores a los juegos (a pesar de que la mayoría de sus jugadores lo son).

La misma intransigencia se siente en el caso de Trayvon Martin. Independientemente del veredicto judicial, la muerte del desarmado joven afroamericano de l7 años de edad en la Florida en el 2012 -por parte de un pistolero blanco- fue para muchos una verdadera injusticia y una grave falla del sistema legal.

La declaración de independencia de Estados Unidos, escrita y adoptada en 1776, tiene una frase genial: “todos los hombres fueron creados iguales”. Pero, desafortunadamente, los casos de Michael Brown y de Trayvon Martin nos demuestran que eso sigue siendo una aspiración, más que una realidad.

La verdad, no esperaba estar escribiendo de racismo en Estados Unidos a ?nales del 20l4. La elección de Barack Obama como presidente en el 2008 nos hizo creer a muchos que Estados Unidos, por ?n, había llegado a una era post-racial. Décadas de esclavitud, seguidas de décadas de racismo y segregación, parecían haber quedado atrás con la elección del primer presidente afroamericano en la historia.

Pero no hay nada post-racial ni esperanzador en las muertes de Trayvon Martin y Michael Brown. La sospecha es que si su color de piel hubiera sido otro, hoy estarían vivos. Y le puede pasar a cualquiera. El propio presidente Obama dijo que Trayvon Martin pudo haber sido el hijo que nunca tuvo.

Con razón, afroamericanos, asiáticos y latinos sentimos que en este país se puede lograr cualquier cosa. Como inmigrante, Estados Unidos me ha tratado con una generosidad asombrosa y extraordinaria. Pero no podemos ocultar que hay muchos lugares en los que no somos bienvenidos. Ferguson, Missouri es tan hostil para los afroamericanos como lo es el condado de Maricopa en Arizona -vigilado por el sheriff Joe Arpaio- para los inmigrantes latinos y Murrieta,

California, para los niños centroamericanos. No me canso de repetirlo. Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades pero lo peor es el racismo y la discriminación. Esta es, sin duda, la tarea pendiente de la democracia más poderosa del planeta. Sus mejores jóvenes están muriendo por los más absurdos prejuicios. La igualdad, aquí, es un mito.


Sálvese Quien Pueda

El derecho a ser olvidados

Jorge RamosTodos, alguna vez, hemos hecho cosas estúpidas que quisiéramos olvidar. Claro, yo tengo mi lista. Pero además nos gustaría que los otros también lo olviden. Eso es casi imposible.

Nuestras vidas, para bien o para mal, está grabada en la internet y en nuestros celulares. Todo lo que hemos escrito, texteado o fotografiado está en algún archivo digital fuera de nuestro control. Hay “nubes” o cementerios digitales de los cuales, muchas veces, se levantan los muertos. Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.

“Los celulares no son solo una conveniente tecnología”, dijo hace poco el juez de la Corte Suprema de Justicia, John Roberts. “Con todo lo que contienen, y con todo lo que pueden revelar, ellos tienen en sí mismos la privacidad de la vida de los estadounidenses.” Por eso la Corte Suprema decidió 9 a cero que la policía no puede ver tu teléfono sin una orden judicial. Los jueces también tienen sus secretitos.

Siempre hay alguien vigilando y guardando información. Cada vez que hay un crimen me sorprende lo rápido que la policía en Estados Unidos sabe qué cuál fue la última llamada del agresor y de la víctima, y qué hicieron en su computadora.

Todos tenemos una huella digital. Haz el siguiente experimento. Entra a Google o a Bing y pon tu nombre. Es muy posible que, aunque no seas figura pública, haya información sobre ti y no toda es confiable. Probablemente haya hasta mentiras y difamaciones. ¿Cómo sacas eso de la internet?

La máxima corte de justicia de la Unión Europea, basada en Luxemburgo, salió al rescate. Decidió en mayo que la gente tiene el derecho a influir en lo que el mundo puede saber sobre ellos. Se basó en el caso del español Mario Costeja, a quien le molestaba que cada vez que alguien googleaba su nombre aparecía un viejo artículo periodístico, de los años 90, en el que se reportaba la venta de su casa para pagar viejas deudas. El abogado español argumentó que eso le afectaba profesionalmente y la corte le dio la razón.

Por eso, ahora Google tiene una solicitud online para los europeos que deseen borrar información que sea “irrelevante, no actualizada o inapropiada” sobre ellos. Pero no es borrón y cuenta nueva. Google la quita de su buscador pero la página original no desaparece.

En otras palabras, no podemos borrar del todo nuestro pasado. Si tu dijiste una idiotez o un comentario racista en Twitter o Facebook, ahí está. Si saliste en calzones o borracho en Instagram, ahí está. Lo mismo ocurre sobre lo que otras personas han escrito sobre ti, cierto o no.

Twitter informó recientemente que tiene más de 255 millones de usuarios al mes. Y Facebook asegura que dos de cada tres de sus 1,280 millones de usuarios entran al sitio todos los días. Estamos, literalmente, inundados de información.

Si estás leyendo esto en una computadora o celular, o estás cerca de uno, entra al sitio www.internetlivestats.com Las cifras, en tiempo real, son impresionantes: hay casi 3,000 millones de personas usando internet en el planeta, se realizan más de 2,000 millones de búsquedas de información en Google cada día y se ven diariamente más de 4,000 millones de videos en youtube.com

Nuestra vida, cada vez más, es lo que hacemos y lo que interactuamos en celulares y computadoras. Un 40 por ciento de la humanidad, aproximadamente, está metida en la internet. Y cuando digo “metida” pienso, sobretodo, en esas personas que duermen, se bañan, trabajan y descansan a unos centímetros de sus celulares. Ya dejó de sorprenderme las comidas en las que, por momentos, todos están revisando su teléfono, como si hubiera una emergencia mundial.

Esta doble vida –real y digital- que muchos de nosotros llevamos, deja inevitablemente su rastro. La definición de identidad se ha extendido: tú eres tú, lo que haces por internet y lo que otros en los medios sociales dicen de ti. Esto último es imborrable.

El concepto de un internet totalmente libre, tan atractivo hace unos años, es ahora una pesadilla digital para todos: ¿quién no se arrepiente de algo que hizo en el Internet o quisiera borrar algún detalle que otro escribió sobre nosotros?

Vivir para siempre, una vida después de la muerte, es lo que nos prometen las religiones. Pero ya no hay que rezar para eso. El Internet nos hizo eternos. Nadie, nunca, podrá ser olvidado.


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Muchos no llegan a la orilla, se ahogan

Jorge RamosEl río es Bravo y Grande, traicionero e impredecible. Debajo de su aparente placidez, fuertes corrientes y remolinos te pueden enrollar con basura y ramas. El lodo del fondo te chupa. Es color café oscuro, impenetrable y contaminado. Imposible verse los pies. Sus piedras te desgarran la piel. En los últimos nueve meses, 33 personas se han ahogado (solo en el área de Laredo). Casi todos inmigrantes.

Este es el río que una tarde cruzó Orbin, un niño hondureño de 15 años de edad. Lo conocí poco después de “la cruzada”, como muchos le dicen a la aventura de nadar de México a Estados Unidos.

Orbin ya lo ha sufrido todo. Nunca conoció a su papá, su mamá se fue de San Pedro Sula, Honduras a Estados Unidos cuando él tenía seis años de edad, las pandillas le mataron a su mejor amigo frente a sus ojos –“le dieron en la cabeza y él se murió”-y luego lo amenazaron de muerte a él. Tras 25 días viajando absolutamente solo por Honduras, Guatemala y México, le faltaba únicamente cruzar el río para llegar a Estados Unidos y comenzar una nueva vida.

“Sí, tenía miedo”, me confesó Orbin. Pero más miedo tenía de quedarse en su casa en Honduras. “Querían que yo entrara a las maras”, me contó, refiriéndose a la peligrosa Mara 18. “Y como yo les dije que no, entonces me dijeron que en un mes me iba a pasar algo.”

Orbin no esperó y con un poco de dinero que le dio su tío, se vino a Estados Unidos. Además, quería reunirse con su madre, quien vive en la Florida, a quien dejó de ver hace nueve años.

La historia de María es similar. A su hija Ana de 17 años la trataron de violar miembros de la pandilla Los Chinos en Honduras. Un vecino intervino y “lo mataron”, me dijo Ana llorando.

María supo inmediatamente qué hacer. “Cuando nos dijeron que nos matarían”, me contó, “me asusté tanto y decidí irme.” Viajó con Ana y con su otra hija, Juana, de 14 años. No sabe cómo, pero lo hizo solo con 300 dólares y sin “coyote”. Las tres cruzaron el río Bravo en ropa interior y mordiendo una bolsa negra de plástico, donde guardaban sus pocas pertenencias.

Con la ayuda de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos yo también crucé el río para saber lo que pasan inmigrantes como Orbin, María, Ana y Juana. (El reportaje para la televisión está aquí http://fus.in/1pc29SN). Y por las fuerte corrientes terminé a casi 200 metros de mi punto de partida. Cruzar es muy difícil para un adulto y casi imposible para un niño.

Pero ¿qué lleva a un niño a jugarse la vida? Estos niños están huyendo de la violencia, de las pandillas y de la pobreza extrema. Nada de eso es nuevo en Centroamérica. Tampoco es nuevo que una vieja ley, del 2008, prohíbe la deportación inmediata de niños solos que vienen de El Salvador, Guatemala y Honduras. Y eso, en la práctica, significa que la política extraoficial de Estados Unidos es que no deporta a niños centroamericanos.

Entonces ¿qué es lo nuevo? Lo nuevo es que las familias centroamericanas claramente entendieron que la reforma migratoria había muerto en el congreso de Estados Unidos y que el presidente Obama, de alguna manera, estaba dispuesto a ayudarlos. Obama ya había protegido legalmente a más de medio millón de Dreamers (estudiantes indocumentados) y lo podría hacer por millones más con una acción ejecutiva.

Pero aún si eso no fuera cierto, está el factor emocional. Esto es importantísimo para entender la actual crisis de los niños en la frontera. Las familias centroamericanas llevan años separadas, con madres y padres en Estados Unidos y sus hijos encargados a tíos y abuelos en los países más pobres del hemisferio. Ante la certeza de que nada se resolvería legalmente pronto, tomaron la desesperada decisión de mandar por sus niños a pesar de los riesgos. Ya no había nada más que esperar. El “rumor” de que a los niños solos no los deportaban a Centroamérica resultó cierta –son muy pocas las deportaciones de los 24 mil niños arrestados en el 2013- y la frontera sur se llenó de menores de edad.

Nada de esto pasaría con una reforma migratoria. Estas son las consecuencias de la falta de acción de políticos que están más preocupados por la política que por el bien del país. Y esta no es la última crisis. Más inmigrantes seguirán llegando ilegalmente, niños y adultos, hasta que encontremos la manera de hacerlo ordenadamente con una nueva ley.

Mientras tanto, más niños centroamericanos como los que conocí en Laredo seguirán arriesgando sus vidas en las crueles aguas del río Bravo. El riesgo de ahogarse en la orilla no es nada comparado con lo que dejaron atrás.

Posdata: Los nombres de los inmigrantes que entrevisté no son reales. Me pidieron que los cambiara por temor a represalias de las pandillas, aún aquí en Estados Unidos.


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El niño que murió en el desierto

Jorge RamosEncontraron el cadáver del niño Gilberto Ramos con un rosario blanco. Es el que le había dado su mamá al salir de San José de Las Flores, una población pobre y montañosa al norte de Guatemala. Murió de hambre y sed en el desierto de Texas, a una milla de la frontera con México. Tenía solo 15 años.

Gilberto estaba cansado de ser pobre y de no tener dinero para las medicinas que necesita su mamá, Cipriana Juárez, para controlar sus ataques epilépticos. La familia junto casi tres mil dólares para pagarle al “coyote” y así Gilberto llegó a la ciudad fronteriza de Reynosa. Desde ahí, del lado mexicano, hizo su última llamada a su papá, antes de cruzar ilegalmente hacia Estados Unidos.

Su cuerpo estaba sin camisa –quienes sufren deshidratación suelen quitarse la ropa antes de morir- y en su cinturón encontraron escrito un número de teléfono. Era de su hermano Esvin, quien hace dos años hizo el mismo trayecto y hoy trabaja en Chicago.

“Estaba esperando la llamada de él”, me dijo Esvin en una entrevista. Pero “nunca pasó eso.” Quien le llamó, en cambio, fue una representante de la Patrulla Fronteriza en Texas avisándole que habían encontrado el cuerpo de su hermano Gilberto.

“Yo le dije que estaba muy pequeño, que mejor se quedara otro rato más allá” en Guatemala, recordó Esvin, “y él me dijo que no, que no quería estar allá, estaba desesperado.” El cadáver de Gilberto, con el rosario blanco, fue repatriado a Guatemala.

La pobreza extrema lleva a muchos, como Gilberto y Esvin, a intentar emigrar a Estados Unidos. Otros lo hacen por la violencia de las pandillas, como los hijos de la hondureña María (quien prefiere no dar su apellido por motivos de seguridad).

María, quien vive en Miami, me enseñó el mensaje de texto que recibió de la Mara 18 de Tegucigalpa. “Te doy hasta mañana para que tengas mil dólares en tus manos y si no tu hijo o hija morirá”, decía el texto que aún guarda en su celular.

En lugar de darle el dinero a los pandilleros, María le pagó siete mil dólares a un “coyote” para que llevara a su hijo Eduardo desde Tegucigalpa hasta Estados Unidos. “Mi hijo pasó la frontera como un menor no acompañado”, me dijo con lágrimas en los ojos. “Lo llevaron a Illinois. Me lo entregaron en dos semanas pero él está traumatizado. Aún no quiere ir al colegio.” Pero ella cree que le salvó la vida.

Las amenazas de la pandilla contra esta familia, sin embargo, no se detuvieron. Zaira, la hija de María, recibió meses después el siguiente mensaje: “O depositas o vas a encontrar a tu hija, Yaritza, en una bolsa de basura”.

María, al saber lo que estaba pasando en Honduras, juntó nueve mil dólares y mandó traer ilegalmente a su hija Zaira y a sus nietos Yaritza, de 8 años, y Naum, de 4 años. Los tres cruzaron caminando la frontera de Estados Unidos y se entregaron a las autoridades. No fueron deportados y ya se encuentran viviendo en Miami.

María ha podido salvar a un hijo y a una hija de las amenazas de las pandillas. Pero aún le quedan tres hijos en Honduras. Y, si puede, se los va a traer también. Imposible culparla.

Estas dos historias, una de Guatemala y otra de Honduras, demuestran claramente por qué más de 52 mil niños han huido de centro américa y se están refugiando en Estados Unidos. Huyen de la pobreza y la violencia. Si se quedan allá, se mueren. Por eso hay que tratarlos como refugiados.

Hay que tratar a estos niños como niños, como si fueran nuestras hijos. Y uno no deporta a sus propios hijos ni los quiere tener en otro país.

Entiendo el dilema del gobierno de Barack Obama. No quiere enviar un mensaje equivocado y que le lleguen decenas de miles de niños más a la frontera. Pero no podemos tratar a niños como delincuentes.

Sí, el trayecto desde Guatemala, El Salvador y Honduras hacia Estados Unidos es peligrosísimo. Ya ven lo que le pasó a Gilberto en el desierto. Pero hay que cuidar a los que ya llegaron. Regresar a Eduardo y a Zaira a Tegucigalpa podría ser una sentencia de muerte.

Con los niños en la frontera, la primera orden es no hacer más daño. Ya luego veremos qué sigue.


Cada semana estamos rifando iPads, Laptops, TVs cada semana y la rifa de un Nissan Versa Note en Agosto del 2015

Perder la misma guerra dos veces

Jorge RamosEs el momento de la venganza en Irak. El juez, Raouf Abdul Rahman, que sentenció a la pena de muerte al ex dictador Saddam Husssein en el 2006 fue detenido y ejecutado por rebeldes sunitas mientras huía de Bagdad disfrazado, supuestamente, de bailarín. Imposible confirmarlo pero fue reportado por fuentes creíbles.

Saddam, un sunita, es considerado como un mártir por el grupo ISIS que intenta derrocar al gobierno del chiíta de Nouri Hasan al-Maliki. Este es el Iraq que nos dejó el ex presidente norteamericano George W. Bush.

La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.

Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.

Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.org) y casi 4,500 soldados norteamericanos.

Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.

El letrero de “Misión Cumplida” que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.

Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak “soberano, estable y autosuficiente”. No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí.

Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas –chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.

Y ante un Irak que se autodestruye –y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.

El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue “la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es”. ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.

Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que “va a haber otro ataque” terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será “más mortífero” que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.

Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.

Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil. No hay guerra buena.


Sálvese Quien Pueda

¿Para qué necesita España un rey en pleno siglo XXI? Para nada

Jorge RamosLa democracia española está perfectamente consolidada, tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no requiere de un nuevo rey para garantizar su futuro. Los españoles pueden vivir sin rey.

La abdicación del rey Juan Carlos I de Borbón tomó a muchos por sorpresa. Pero había una creciente presión para un cambio. En un país con unos seis millones de parados –donde tener menos de 25 años es casi una condena de desempleo- no es fácil justificar los gastos de un rey que se va a cazar elefantes o los abusos y complicidades de su yerno, Iñaki Urdangarín, para enriquecerse.

Nadie cuestiona el papel fundamental del rey Juan Carlos en la transición hacia la democracia. Pero ya no. Su rol no es esencial.

Hoy la mayoría de los españoles quiere un cambio. Un 62 por ciento, según una encuesta del diario El País, desearía “en algún momento” un plebiscito para redefinir su forma de gobierno y escoger entre monarquía o república. Pero, para variar, los políticos tradicionales no están escuchando.

El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, cortó cualquier posibilidad de cambio en el actual sistema de gobierno. “El debate tiene un objetivo único”, dijo, “la abdicación, de eso se trata.” Y como su partido, el Popular, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) controlan más del 80 por ciento de los puestos en el parlamento, el asunto de una verdadera y final transición hacia la democracia quedó archivado. Pero les volverá a brincar.

Tener reyes no es moderno, moral, deseable o aleccionador. Es un terrible prejuicio histórico. Nadie debería tener un puesto solo por ser hijo del rey. Esa no puede ser una regla universal. En una sociedad en que premiamos el talento, el esfuerzo, la creatividad y el valor, lo menos cool es ser príncipe o rey por tu día de nacimiento en una familia privilegiada.

La monarquía parlamentaria es la forma política del estado español. El rey reina, dicen, pero no gobierna. Es su peculiar manera de separar los poderes. Pero tiene una contradicción intrínseca; ¿manda la mayoría o manda uno? Monarquía parlamentaria es un término tan confuso y ambiguo como el “estado libre asociado” en Puerto Rico o el “Partido Revolucionario Institucional” en México.

Apoyar la monarquía va en contra del principio de igualdad que promueve la mayoría de las constituciones del mundo. “Todos los hombres fueron creados iguales”, dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Los franceses establecieron lo mismo en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.” Y Naciones Unidas refrenda en 1948, casi con las mismas palabras, el concepto de que nadie nace superior a los otros.

Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad. España pudo en este 2014 definir su futuro buscando mayor igualdad. Pero, por ahora, prefirió ser un país de desiguales.

Este asunto, ciertamente, no es personal. Conocí al príncipe Felipe en 1998 en Honduras, tras el paso del destructivo huracán Mitch. Y se metió a las zonas más peligrosas y afectadas, compartiendo y ayudando a los más pobres de los pobres. Me impresionó su actitud; fue sencillo y directo, afectivo y efectivo.

Lo volví a ver hace unos meses, durante su visita a las instalaciones de las cadenas Univision y Fusion en Miami. Dudo que haya alguien mejor preparado que él –con inigualables cualidades militares, lingüísticas y diplomáticas- para ser rey. (Y hasta tiene sentido del humor; se tomó una selfie, sonriente, con una de nuestras periodistas.)
Pero en esta época nadie debe ser súbdito de nadie. Insistir en reyes y reinas es el mensaje equivocado. En el siglo XIX hubo más de 250 monarquías en el mundo. El diario The Washington Post calculó que ahora solo quedan 26.

Sospecho que Felipe y su esposa Letizia, por su juventud, formación e inteligencia, también apoyarían un plebiscito si no formaran parte de la familia real. Pero lo democrático, lo verdaderamente moderno, es que si Felipe o cualquier otro español quiere ser jefe de estado, que se lance como candidato y se ponga a votación. No se vale apelar a tu acta de nacimiento.

La monarquía ya tuvo su lugar en la historia de España. Esta es la era de las repúblicas, de la democracia, de la igualdad y de los ciudadanos.


Sálvese Quien Pueda