El candidato y el periodista

Jorge RamosSoy un periodista y mi trabajo es hacer preguntas. Donald Trump es un candidato a la presidencia de Estados Unidos y su trabajo es explicar qué haría si llega a la Casa Blanca. Su trabajo y el mío chocan.

Todo comenzó cuando Trump lanzó su candidatura en junio y dijo: “Cuando México envía a su gente, no envía a los mejores. No envía a gente como ustedes. Están enviando a gente con muchos problemas y traen esos problemas con ellos. Traen drogas. Traen crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenos.”

La realidad es otra. La gran mayoría de los indocumentados no son criminales. Y todos los estudios -como el del Immigration Policy Center- concluyen que la tasa de criminalidad entre los inmigrantes es inferior a la de los nacidos en Estados Unidos. Tampoco había ninguna evidencia -¡ninguna!- de una conspiración del gobierno de México para enviar delincuentes al norte.

Lo que decía Trump no era cierto. Había que enfrentarlo y desmentirlo. Así que le envié una carta de mi puño y letra, con mi teléfono celular, solicitando una entrevista. Nunca me contestó. Pero publicó mi carta en la internet. (Exacto, tuve que cambiar mi celular.)

Desde entonces estuve buscando la manera de hacerle estás preguntas:
1) ¿Cómo piensa deportar a 11 millones de indocumentados? ¿Con el ejército? ¿Detendría a miles en estadios? El plan migratorio de Trump incluiría una de las mayores deportaciones en masa de la historia moderna.
2) Si lograra cambiar la constitución para quitarle la ciudadanía a hijos de indocumentados ¿a dónde deportaría los bebés que no tienen patria ni pasaporte?
3) ¿Para qué construir el muro más grande del mundo entre dos países -de 1,954 millas de largo- si casi 40 por ciento de los indocumentados vienen en avión con visa temporal y luego se quedan? Sería un desperdicio de tiempo y dinero.

Con estas preguntas me fui a Dubuque, Iowa, donde Trump iba a dar un discurso y una conferencia de prensa. Me acredité, llegué casi dos horas antes a la sala de prensa, entró Trump, dos reporteros hicieron sus preguntas antes que yo, luego dije que tenía una pregunta sobre inmigración, nadie se opuso, me levanté, comencé a plantear mi pregunta y, de pronto, el candidato (visiblemente molesto con lo que oía) trató de quitarme la palabra y me mandó a sentar.

El resto está en las redes sociales.
No me senté y no me callé. Dije que como periodista, inmigrante y ciudadano estadounidense tenía el derecho a hacer una pregunta, pero Trump le ordenó a uno de sus guardaespaldas que me sacara. Nunca, en mis más de 30 años como periodista, me habían expulsado de una conferencia de prensa. Para mí, eso solo podía pasar en dictaduras, no en Estados Unidos.

Luego de 10 minutos -y la presión de los periodistas Tom Llamas de ABC News y Kaise Hunt de MSNBC- Trump tuvo que rectificar y me permitió regresar a la sala de prensa. Pero lo hice con una condición: que me dejaran hacer mis preguntas. Y las hice. (Trump, como siempre, no quiso ser específico en sus respuestas y esa es su principal debilidad. Aquí está el intercambio.

Me han acusado de ser un activista. Pero soy, sencillamente, un periodista que hace preguntas. Lo que pasa es que, como periodista, es necesario tomar partido y asumir un punto de vista cuando se trata de racismo, discriminación, corrupción, mentiras públicas, dictaduras y derechos humanos. Y lo que está proponiendo Trump podría generar múltiples y muy graves violaciones civiles contra millones de personas.

Los mejores ejemplos de periodismo que conozco -Edward R. Murrow contra el senador Joe McCarthy, Walter Cronkite denunciando la guerra de Vietnam o el diario The Washington Post obligando a renunciar a Nixon, entre muchos otros- han ocurrido cuando los periodistas toman una postura y se enfrentan a los poderosos. “Debemos tomar partido”, decía el premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel. “La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima.”

Es muy peligroso cuando un candidato presidencial habla con tanto odio contra una minoría y contra los más vulnerables en un país. Eso permite que otros sigan su ejemplo y actúen con violencia, como el hombre que me encontré fuera de la sala de prensa y me dijo: “¡Lárgate de mi país, lárgate!”. También es el mío, le contesté.

Al final del intenso intercambio en Iowa, Trump me dijo que hablaríamos. Eso espero. Aún tiene muchas preguntas que contestar.

Mientras tanto, seguiremos chocando.


Sálvese Quien Pueda

Como agarrar al Chapo

Jorge RamosSi de verdad le urge recapturar al Chapo Guzmán, es difícil de entender por qué el presidente de México, Enrique Peña Nieto, no ha llamado por teléfono al ex ex presidente de Colombia, Cesar Gaviria.

A Gaviria se le escapó de la cárcel el narcotraficantes más poderoso del mundo -Pablo Escobar- pero 13 meses después lo acorraló y lo mató. Gaviria podría ayudar a recapturar al Chapo. Pero nadie del gobierno mexicano le ha llamado.

No sé si es una cuestión de orgullo, de tonto nacionalismo u otra señal más de incompetencia y parálisis. Pero México necesita todo tipo de ayuda. El gobierno mexicano ha demostrado, una y otra vez, que sólo no puede.

Yo sí le llamé al ex presidente Gaviria y me explicó qué haría él para agarrar al Chapo. Estos son los puntos más interesantes de nuestra conversación:
-La escapatoria. Hay muchas diferencias entre Pablo Escobar y el Chapo. Escobar se entregó a la justicia en 1991 (para evitar que lo extraditaran a Estados Unidos) mientras que el Chapo sí fue capturado en un apartamento de Mazatlán, Sinaloa. Pero los dos se escaparon por la corrupción en Colombia y en México.
“Pusimos una brigada entera del ejército a rodear la cárcel”, me dijo el ex presidente Gaviria, “y el día (21 de julio de 1992) que lo tratamos de mover –porque seguía delinquiendo- por un fenómeno de corrupción, de intimidación y de vacilaciones de autoridades militares, salió caminando entre los soldados. Lo que uno aprende es que la capacidad de corrupción e intimidación de estas personas era enorme.”
-Castigo a los responsables de la fuga. “Hubo unas sanciones. Hubo funcionarios públicos que salieron del gobierno por lo que ocurrió”, recordó Gaviria. En Colombia dos ministros y dos altos mandos del ejército fueron destituidos por la fuga de Pablo Escobar. Además, hubo un juicio en el congreso. En México, en cambio, hay tres chivos expiatorios por la fuga del Chapo y todos los funcionarios importantes siguen en sus puestos.
-Enviar el mensaje correcto. El ex presidente Gaviria tenía un viaje a Madrid -para asistir a la segunda Cumbre Iberoamericana- el mismo día que se escapó Pablo Escobar. Pero no fue. “Yo cancelé mi viaje, estábamos en el proceso (de buscar a Escobar) y entonces no salí”, me dijo. Había que demostrarle a Colombia y al mundo que este era un asunto prioritario. El presidente de México, en cambio, no canceló ni acortó una gira a Francia tras la fuga del Chapo. El mensaje que envió fue claro: prefirió París a regresar a México a buscar al Chapo.
-Crear un bloque de búsqueda. “Tienen que crear un grupo –en el caso de México, de armada y ejército- y dedicarlos exclusivamente a eso; a perseguirlo y a buscarlo de manera sistemática”, dijo Gaviria. “Tienen que dedicarlos exclusivamente a eso. No pueden ser los organismos de la seguridad del estado. No, eso necesita un grupo especializado. Y yo no tengo duda de que México lo puede lograr… Nosotros nombramos y escogimos un bloque de búsqueda del ejército y policía (y) desmantelamos al cartel de Medellín.”
-Agarrarlo vivo o muerto. ¿Es cierto que usted dijo en una reunión que el objetivo no era capturar vivo a Pablo Escobar? le pregunté. “No, no, no”, me corrigió. “Lo que había era la decisión de que, cualquiera que fuera el nivel de resistencia, si no lo capturaban lo iban a matar. El no se iba a dejar capturar tampoco. Y el bloque de búsqueda no era un grupo pequeño, era un grupo grande, no fue una cosa accidental. Fue un grupo que trabajó año y medio a perseguir a Escobar.”
-Gastar mucho más en seguridad. “A mí me preocupa mucho que México no ha tomado su tema de seguridad con la seriedad con que lo ha tomado Colombia”, me dijo.
“Colombia es un país que gasta un 6 por ciento de su producto (interno bruto PIB) en seguridad. Eso es parecido a Estados Unidos o un poco más. Colombia tiene muchos instrumentos para luchar contra el narcotráfico. México no tiene instrumentos especiales… Está llegando la hora de que tengan una política más agresiva y de que inviertan mucho más en seguridad. México -creo- no gasta ni el 1.5 por ciento (de su PIB) en seguridad. O sea, Colombia gasta cuatro veces lo que gasta México. Mientras eso sea así, el problema de seguridad no lo van a resolver.”

Es imperdonable que se le haya escapado el Chapo al presidente Peña Nieto. Pero más grave aún es que todo siga igual en México después de la fuga. No hay cambios dentro del gobierno, los carteles siguen desafiando al estado y nadie puede garantizarle la vida a los mexicanos. Gaviria lo sabe y terminó así la conversación: “La obligación del presidente de México no es tanto la de parar las drogas como la de ganar seguridad para el país.”

Posdata. Aquí está parte de mi entrevista con Gaviria por televisión. Y sus consejos están a una llamada de distancia.


Sálvese Quien Pueda

Diez errores en los debates

Jorge RamosLa televisión, todavía, destruye candidatos y elige presidentes. Los periódicos dan contexto, el internet desentierra esqueletos y las redes sociales destacan las tendencias de los votantes. Pero la televisión sigue dominando. Por eso la obsesión y preocupación de los candidatos presidenciales en Estados Unidos con los debates televisivos.

El próximo jueves, diez de los 17 candidatos presidenciales del Partido Republicano se van a enfrentar en el primer debate televisivo de la temporada. Quedar fuera del debate puede significar, para muchos candidatos, el fin de sus aspiraciones presidenciales. Pero los que sí van a participar -los 10 primeros según un promedio de encuestas- podrán obtener más donaciones y aguantar hasta las elecciones primarias en Iowa en Febrero. La tele hace y deshace.

Después de más de tres décadas trabajando en la televisión y de haber visto un montón de debates, estos son -para mí- los 10 errores más frecuentes de los candidatos y la manera de superarlos:
1) La audiencia que importa es la que te ve por televisión, no la que está en el auditorio donde se realiza el debate. Guiarse por los gritos, abucheos, miradas y silencios de la gente que ve el debate en vivo es una distracción. Piensa en los ojos que ven el debate por televisión. Nada más.
2) El moderador del debate no es tu enemigo. El es solo alguien que hace las preguntas y facilita la conversación entre candidatos. Basta con discutir con los otros candidatos. No te pelees también con el moderador.
3) Haz declaraciones fuertes, claras y cortas que se puedan convertir en lo que llamamos “momentos televisivos”. Esos se harán virales en las redes sociales. Nadie volverá a ver el debate completo. Pero los mejores momentos se repetirán millones de veces en celulares y la internet. (Eso logró el senador Lloyd Bentsen cuando le dijo al joven Dan Quayle: “Tú no eres Jack Kennedy.” Hoy, 27 años después de ese debate entre candidatos a la vicepresidencia, la gente todavía se acuerda.)
4) Nunca -nunca- repitas una ofensa, acusación o un insulto en tu contra. Si lo haces, ese será el titular. ¿Te acuerdas cuando el presidente Richard Nixon dijo “No soy un corrupto” (I’m not a crook)? Claro, ese fue el titular en las noticias y poco después fue obligado a renunciar.
5) Si te atacan, responde. No hay nada peor que un candidato débil que se esconde. Pero responde proporcionalmente al ataque. Y luego, regresa a tu mensaje. Esta técnica se conoce en inglés como block and circle (bloquea el ataque, dale la vuelta y regresa a tus temas).
6) El que se enoja pierde. Los optimistas ganan más elecciones que los enojados. Un candidato que pierde la compostura y el control deja de ser presidenciable muy rápidamente.
7) Nunca olvides para qué estás ahí. Piensa en cuál quieres que sea la noticia el día siguiente e insiste en tú mensaje. Otros harán lo mismo. Prepara una estrategia. Pero si de pronto las cosas cambian, hay que tener la flexibilidad y la claridad mental para adaptarte a circunstancias inesperadas.
8) Sí importa cómo te ves. La televisión es un medio totalmente visual. Tu mensaje tiene que ir acompañado de la ropa apropiada y de un lenguaje corporal muy seguro. Hay debates en que es más importante la imagen que proyectas que lo que dices. Ve a los ojos -es decir, directo a tu cámara-, afloja la lengua, relaja la cara, suelta las manos y párate bien erguido. Sonríe solo si te sale natural. No hay nada peor que una sonrisa falsa. No seas robótico. Los robots no ganan elecciones.
9) Practica. Practica. Practica. Es normal estar nervioso. Todos los candidatos -todos- se ponen nerviosos antes y durante un debate presidencial. Hay mucho en juego. Memoriza al menos cinco mensajes y cinco respuestas a preguntas que, muy posiblemente, te van a hacer. Prepara no más de 30 segundos para cada mensaje o cada respuesta. Frente a los nervios, solo la práctica ayuda. Los debates son las olimpíadas de la política: solo ganan los mejores y los más preparados.
10) Sé tú mismo. Esto parece obvio pero no lo es. La televisión es un medio absolutamente artificial. Todo es artificial: los micrófonos, las luces, el maquillaje, el set. La vida no es así. Por eso, lo más difícil en la televisión es ser natural. La televisión, además, hace grande los pequeños detalles. Así que no pretendas ser nadie más. No finjas y usa el mismo lenguaje de todos los días. La única forma de sobrevivir un debate televisivo es siendo lo más parecido a ti mismo.


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Un presidente paralizado

Jorge RamosHay conductas que no cambian, que son repetitivas. En México, cada vez que hay una crisis grande, el presidente Enrique Peña Nieto se achica.

Tres graves eventos han marcado su presidencia: la masacre de los estudiantes de Ayotzinapa, las acusaciones de corrupción por la casa que su esposa le compró a un contratista del gobierno y el escape del Chapo. Y en los tres casos Peña Nieto se ha empequeñecido y no ha dado la cara.

Es un estilo muy particular de gobernar. En lugar de enfrentar las crisis, se esconde. En lugar de buscar soluciones, da excusas. En lugar de actuar como líder y tomar responsabilidad, envía a otros a hablar por él.

Eso exactamente hizo cuando se escapó el Chapo. En lugar de regresar a México a enfrentar la peor crisis de seguridad de su sexenio, se quedó en Francia y ni siquiera acortó su visita. Eso se llama vacío de poder.

Cuando el narcotraficante Pablo Escobar -el más peligroso del planeta en 1992- se escapó de la cárcel, el presidente colombiano Cesar Gaviria inmediatamente suspendió una importante visita a Madrid. Peña Nieto no hizo eso. Envió a otra persona a enfrentar esa humillación internacional. Pero no funcionó.

Fue vergonzoso escuchar a su Secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, presumir cínicamente en una conferencia de prensa del sistema penitenciario mexicano. ¿Cómo puedes presumir de tus cárceles cuando se te acaba de escapar el narcotraficante más poderoso del mundo?

En ningún momento lo escuché decir: nos equivocamos. Jamás oí: hice mal mi trabajo, ofrezco mi renuncia. Fue penoso el argumento de Osorio Chong de que el Chapo se pudo escapar debido a que se respetaron sus derechos humanos y su privacidad en su celda. No. Se escapó por incompetencia, corrupción e impunidad.

Los errores cometidos tras la escapatoria del Chapo no son nuevos. Luego de la matanza y desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa el pasado mes de septiembre, Peña Nieto se volvió a esconder. Otros hablaban por él. Al final, cedió a la presión. Pero se tardó 10 días en hablar (en público) por primera vez del caso y más de un mes en recibir a los familiares de las víctimas.

Peña Nieto hizo lo mismo (o, más bien, dejó de hacer) cuando la periodista Carmen Aristegui y su equipo denunciaron un acto de corrupción y de conflicto de intereses en la compra de la llamada “Casa Blanca”. El presidente, de nuevo, no dio la cara y continuó con su viaje a China. Más tarde, fue su esposa quien habló por él.

Angélica Rivera salió en las redes sociales con un apresurado video amateur a explicar cómo le estaba pagando una casa de siete millones de dólares a un contratista del gobierno de su esposo. Luego, ella prometió vender la casa. Eso no ha ocurrido todavía. Tampoco hay detalles de la supuesta investigación que un empleado del presidente está realizando sobre esa inusual y sospechosa transacción. (Guatemala, dicho sea de paso, está dándole un ejemplo a México de cómo deben enfrentarse los casos de corrupción cuando apuntan a la presidencia.)

Tres graves crisis, tres terribles ausencias. Muchos mexicanos, acostumbrados a presidentes fuertes y autoritarios, no reconocen a un líder débil, esquivo y que se niega a dar conferencias de prensa; no ha dado una sola en tres años. Solo eso puede explicar la foto de dos jóvenes mexicanos en el diario español, El País, con una burlona cartulina que decía: “Se les peló el Chapo”. Las encuestas también hablan de un hartazgo y de una falta de confianza en la labor presidencial.

El pensamiento mágico de Peña Nieto es creer que las cosas desaparecen si no se habla de ellas. Se equivoca. No le gusta hablar de la narcoviolencia pero desde que llegó a la presidencia han sido asesinados 42,408 mexicanos, según cifras oficiales.

Peña Nieto y sus asesores creen que están en 1968 o en 1988 cuando se podía ocultar la realidad guardando silencio o censurando a los medios. Ya no. Las redes sociales los desbordan, hay periodistas mexicanos muy valientes que denuncian los abusos y la prensa internacional no los deja mentir.

Lo menos que podemos pedirle a un presidente es que presida, que rinda cuentas y que no se esconda. (Es una cuestión de accountability, como dicen en inglés.) Ante las grandes crisis de México, Peña Nieto ha sido un presidente paralizado. Casi irrelevante. Y así no solo se escapa el Chapo; el futuro también.


Sálvese Quien Pueda

Cenando con extraños

Jorge Ramos

Si el propósito de viajar es conocer algo nuevo, no tenía mucho sentido ir a Israel y cenar con la misma gente con la que trabajo.

Estábamos haciendo un reportaje para la televisión sobre lo que separa -y une- a israelíes y árabes, y decidimos convertir dos cenas en parte de nuestra investigación periodística. Bueno, nunca antes había tenido una investigación tan rica.

Como casi todo en esta vida moderna, los arreglos comenzaron con una aplicación en un celular. El extraordinario sitio EatWith.com -inventado en Israel- te permite ir a cenar a casas particulares en varias ciudades del mundo, incluyendo Tel Aviv, Nueva York, San Francisco y Barcelona. Por menos de lo que cuesta un restaurante, el anfitrión te cocina una comida completa. Pocas veces sabes quién más irá a cenar. Es decir, la idea es cenar con extraños.

Lo único que pedimos fue cenar en Tel Aviv en casa de unos israelíes y en la antigua ciudad de Jaffa con una familia árabe. El resultado fue mágico, interesante y muy apetitoso.

Una pareja gay, Keren y Yael nos recibieron en su casa blanca de un piso. Dos perros bien portados nos olfatearon y, pronto, nos dejaron en paz. Keren era la chef y Yael hizo el pan y servía. La cocina estaba convertida en un laboratorio. Nos prepararon siete platos con vino y vodka y remataron con un indescriptible y adictivo postre de chocolate que llamaron chunky monkey.

Tres parejas israelíes nos acompañaron y la conversación inevitablemente se metió en la política. Nacidos después de la creación del estado de Israel en 1948, ninguno de ellos sabía lo que era vivir en un país en paz. “Se va a poner peor antes de mejorar”, me dijo uno de los invitados. ¿Qué se necesita para la paz? les pregunté. Hubo un breve silencio y luego cayó la respuesta: “Solo depende de un líder valiente,” me dijo otro de los comensales. “La historia demuestra que las decisiones valientes las toman líderes valientes.”

La noche siguiente nos fuimos a cenar a la ciudad portuaria de Jaffa con una familia árabe. La comida fue extraordinaria. La mesa completa se lleno de platillos cocinados por Alia, quien utilizó recetas que han pasado verbalmente de generación en generación. Parte del encanto de la noche era el intercambio de platos e ideas.

El 20 por ciento de los ciudadanos de Israel son árabes. Gozan de todos los derechos. Sin embargo, aún hay casos de discriminación. Sama me contó cómo en cinco ocasiones no pudo hacer reservaciones en restaurantes únicamente por ser árabe. ¿Qué hizo? En una ocasión se cambió de nombre para ir a cenar pero, en otra, ya cansada del rechazo, demandó al restaurante.

Sama, que tan bien sabe defender sus derechos de ciudadana de Israel, tiene una vida familiar muy tradicional. “Aquí no salimos en dates. Solo nos comprometemos para casarnos”, me dijo. Luego me explicó que ella escogió a su novio -el primero y único que tuvo- pero que antes tuvo que pasar la aprobación de su padre.

Laila, de 17 años, también nos acompañaba en la cena. Llevaba un suéter con la bandera de Estados Unidos y el pelo suelto. Las palabras de Sama le calaban duro y sus inquietos ojos, detrás de sus lentes, se rebelaban con furia. Ella no quería seguir el mismo camino de Sama. Pero la tradición de su familia árabe parecía imponerse: no le dejaban tener novio y tampoco había tenido una cita, sola, con ningún chico. Me quedé con la duda de qué sería de su vida dentro de 10 años. ¿Se rebelaría o seguiría el camino de Sama?

Ambas cenas, sobra decirlo, fueron unas maravillosas lecciones culinarias y de cultura. No hubiera comido tan rico ni aprendido tanto en dos restaurantes con mis propios amigos. Y todo por unos 60 dólares.

A través de una aplicación en mi teléfono celular pude entrar a la sala, a la mesa y echarle un vistazo al corazón de dos familias en Israel. Hay, cierto, muchas maneras de conocer un país. Los tours me dan urticaria y después de tantos años de periodista he aprendido a desconfiar de las recomendaciones para turistas. Por eso sigo recordando, casi con nostalgia, esas dos cenas.

Cenar con extraños fue, simplemente, delicioso.


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Trump (etazos)

Jorge RamosDonald Trump ya ganó. Ya es el número uno. Se ha convertido, rápidamente, en el hombre más odiado para muchos mexicanos y latinos en Estados Unidos.

Trump desbancó de ese deshonroso lugar al sheriff de Arizona, Joe Arpaio -acusado por el gobierno federal de arrestar inmigrantes solo por su aspecto físico- y a la escritora conservadora, Ann Coulter -quien recientemente dijo que los inmigrantes mexicanos eran tan peligrosos como los terroristas de ISIS.

Al lanzar su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, Trump dijo que México “está enviando gente que tiene muchos problemas.” Luego añadió: “Ellos están trayendo drogas, está trayendo crimen. Son violadores. Aunque algunos, supongo, son buenas personas.”

La declaración de Trump es errónea, está llena de prejuicios étnicos y demuestra una enorme ignorancia sobre los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos. Trump no sabe lo que está diciendo. Son puros trump(etazos) sin ninguna base en la realidad.

La gran mayoría de los 33.7 millones de personas de origen mexicano que había en Estados Unidos en el 2012, según el Pew Research Center, no son narcotraficantes, criminales ni violadores, como sugirió Trump. Al contrario: 570 mil negocios de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos generan más de 17 mil millones de dólares al año, según cifras del gobierno de México.

Esos inmigrantes que envía México a Estados Unidos -11.4 millones- y que, según Trump, no son los “mejores”, han construido sus edificios, cosechan la comida que lo alimenta y han contribuido a su enorme fortuna (calculada en más de cuatro mil millones de dólares por la revista Forbes).

Es una hipocresía de Trump criticar a los mexicanos y, al mismo tiempo, beneficiarse de su trabajo. En los últimos meses visité su hotel en El Doral, en la Florida, y el Trump International Hotel and Tower, en Nueva York, y muchos de los extraordinarios empleados que me atendieron son mexicanos. ¿Qué pensarán esos empleados de su jefe? ¿Por qué habla de los mexicanos con tanto odio?

A Trump que tanto le gusta poner retos en su programa de televisión, The Apprentice, le propongo el siguiente: pase un día -uno solo- sin sus empleados mexicanos y latinos. No podría. Sus negocios se paralizarían. Un día sin mexicanos pararía al imperio Trump.

Es increíble que un empresario tan exitoso como Trump no comprenda la importancia del mercado latino y de los México-Americanos (que conforman el 65 por ciento de la población hispana). El mercado hispano genera más de 1.2 trillones de dólares al año. Los latinos conforman la decimocuarta economía más grande del mundo (según el Celig Center de la Universidad de Georgia). A Trump le urge un curso de historia y economía…o una visita a las cocinas, sótanos y elevadores de servicio de sus propios hoteles.

Trump también propuso la absurda idea de cerrar las 1,954 millas de frontera con México. “Yo construiría una gran muralla”, dijo, “y nadie construye muros mejor que yo.” Pero sería un desperdicio de tiempo y dinero. Casi el 40 por ciento de todos los indocumentados llegan por avión; vienen con visa y luego se quedan. Ninguna muralla construida por Trump podría parar eso.

Además ¿para qué quiere Trump una muralla cuando el número de mexicanos indocumentados detenidos en la frontera sur ha bajado de 1.6 millones en el 2000 a 229 mil en el 2014? Es la cifra más baja en cuatro décadas (Pew).

Trump, al criticar a los mexicanos, olvida que muchos de ellos han dado sus vidas en las guerras de Estados Unidos. Basta ver la lista de soldados caídos en los conflictos de Irak y Afganistán. Están llenas de apellidos hispanos. Esos mexicanos, a quien Trump equiparó con criminales, aquí les llaman héroes.

Trump no comprende que hablar así es peligroso. Las palabras importan. Es un terrible ejemplo que un candidato presidencial destile tanto odio contra un grupo étnico. Otros podrían imitarlo o, peor aún, tomar acciones violentas.

Es muy preocupante, también, que casi todos los candidatos presidenciales de ambos partidos políticos se hayan quedado callados ante los venenosos, difamatorios e ignorantes comentarios de Trump. Es un silencio doloroso. Supongo que son cálculos de campaña.

Pero si Trump creía que con sus prejuiciadas declaraciones iba a conseguir votos, se equivocó. Al contrario. Ya perdió el voto latino y, por lo tanto, la Casa Blanca. Está despedido.


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George Clooney y lo malo de la fama

Jorge RamosEl actor George Clooney tiene un problema. Mucha gente que se le acerca, en lugar de saludarlo y darle un apretón de manos, saca su celular y se pone a filmarlo. “Hemos dejado de vivir nuestras vidas”, dijo alguna vez, “y ahora solo la estamos grabando en nuestros teléfonos.”

Le pasa muy seguido. En una cena de recaudación de fondos con el presidente Barack Obama, me cuenta, quedaron rodeados de gente tomando fotos y video. “Puedes decir que filmaste al presidente de Estados Unidos pero no puedes decir que lo conociste”, me dijo. “Y lo entiendo. No me estoy quejando. Así es este mundo. Pero es triste por todo lo que nos estamos perdiendo.”

Ahí estaba, frente a mí, uno de los hombres más fotografiados del mundo. He entrevistado a decenas de presidentes y líderes mundiales pero nunca a alguien tan famoso como Clooney.

Sin embargo -como siempre ocurre con los que no tienen nada más que probar- su actitud era muy amable y sencilla, bromeando y saludando a todos. Sin corbata y con jeans, se puso un saco gris solo para darle un poco de importancia a la película que estaba promoviendo -Tomorrowland. Tenía 12 minutos exactos de entrevista. Ni un minuto más. Pero él parecía andar sin prisa. Cruzó la pierna y se puso a platicar.

Clooney cree que la fama es cuestión de suerte. “Yo ya llevaba 15 años trabajando cuando me ofrecieron trabajar en el programa de televisión ‘E.R.’”, me contó. “Pero si ‘E.R.’ (donde protagonizaba a un doctor) hubiera sido transmitido los viernes en lugar de los jueves, no hubiera sido el éxito que fue. Esa es la importancia que tiene la suerte.” Es ese tipo de explicaciones que hacen de Clooney una rareza entre las estrellas de Hollywood: uno de los tipos más famosos del mundo dice que eso fue suerte.

Pero el actor, productor, director y ganador de dos Oscares -protagonista de más de una veintena de películas, incluyendo Gravity y The Perfect Storm- sabe cómo usar su fama, venga de donde venga. Durante años ha luchado por atraer la atención mundial al genocidio en la región de Darfur en Sudán y nunca se ha disculpado por apoyar abiertamente las candidaturas presidenciales de Barack Obama y, ahora, la de Hillary Clinton.

Le recordé que en el 2008 él había dicho que Hillary “era una de las figuras más divisivas de la política norteamericana.” Y lo reconoció. “Pero creo que con el tiempo ha dejado de serlo porque fue una…increíblemente exitosa Secretaria de Estado.” Y luego continuó. “Así que creo que ahora ya está lista para ser presidenta.”

A Clooney no le gusta pelearse y mucho menos en público. Casi nunca responde a críticas en la prensa. Pero la excepción fue cuando una publicación británica habló de su entonces prometida (y hoy esposa) Amal Alamuddin. El respondió con una fuerte columna en el diario USA Today.

“Ellos estaban tratando de fomentar el odio religioso al decir que mi esposa es Drusa -y ella no lo es-“, me explicó. “Y debido a que ella se iba a casa con alguien fuera de su religión, dijeron que los Drusos estaba dispuestos a ejecutar a mi prometida -matar a mi esposa. Bueno, eso no es cierto.” Y lo dijo.

Este tipo de confrontaciones casi no ocurren en el mundo de George Clooney. Al contrario, él cree que es una virtud cuando los actores no son tan accesibles -“unavailable” en inglés- al público. Por eso no tiene Twitter, Facebook o Instagram.

“Si le vas a pedir a la gente que pague dinero para que te vaya a ver en una película, ellos no tienen por qué saber lo que estás pensando todo el tiempo”, me dijo, “creo que tiene que haber un elemento de misterio.”

Es precisamente ese misterio lo que hace que, cuando la gente ve a George Clooney en persona, se le lancen a filmarlo en lugar de entablar una conversación con él. Es, sin duda, lo malo de la fama.


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Periodistas y dinosaurios

Jorge Ramos¿Quieres ver dinosaurios? No hay que ir al museo. Prende la televisión para ver un noticiero y ahí están.

Los dinosaurios son todos los presentadores (o conductores) a quienes tienes que ver a una hora fija, solo por televisión y sin ninguna plataforma digital. Bueno, ese tipo de periodismo está en peligro de extinción.

El próximo año cumplo 30 conduciendo un noticiero de televisión por la cadena Univision junto con María Elena Salinas. Sí, treinta años. Antes el negocio era relativamente sencillo. Nosotros hacíamos un noticiero y la gente hacía una cita con nosotros para ver las noticias todos los días a las seis y media de la tarde en punto. Los ratings determinaban el tamaño de la audiencia y los precios de los comerciales.

Pero el mundo de las noticias se ha fragmentado. Cada vez más gente se entera de las noticias a través de su teléfono celular y de su computadora en lugar de hacerlo por un telediario o periódico. Muchos ya tiraron por la ventana el control remoto. Hay una enorme migración de ojos de la televisión hacia otras pantallas y muchos jóvenes ya ni siquiera tienen un televisor.

Por eso, hacer una cita diaria para enterarse de las noticias es algo del pasado. Esto, como periodistas, nos obliga a tener una presencia constante en otras pantallas, en la internet y en las redes sociales. Si no puedes dar información en un click la gente la va a buscar en otro lado.

Ya no es posible ser periodista de escritorio. La orden del día es digital first. Casi todo debe salir primero de manera digital. Muchas de las entrevistas y reportajes que hago salen primero en Univision.com, Fusion.net o en www.jorgeramos.com que en la televisión. Esto es nuevo. Ya no podemos esperarnos a que den las seis y media de la tarde para sacar la información. (Imagínense el reto de los periódicos que tienen que esperar hasta el otro día.)

Además de las nuevas maneras de consumir noticias, el otro gran cambio en el periodismo son las redes sociales. Lo confieso: yo no puedo competir contra Facebook, Twitter, Instagram o Snapchat. Si hay un terremoto en China, un accidente en Francia o un tiroteo en California, no puedo competir contra una persona que lo está grabando todo en un celular.

Pero en lugar de rechazar esos videos y reportes porque no fueron hechos por periodistas profesionales, hay que abrazarlos, recibirlos, asegurarse que sean verídicos, usarlos y ponerlos en contexto. ¿Cómo no usar los videos del temblor en Nepal y del estrangulamiento de Eric Garner por la policía en Nueva York o las fotos del funcionario mexicano que se llevó a la familia de vacaciones en un helicóptero del gobierno?

Ahora bien, a pesar de estos enormes cambios tecnológicos nada puede reemplazar a un periodista que hace preguntas duras, que separa lo que es relevante de lo que es basura, y sobre todo que cuestiona a quienes tienen el poder. Eso no lo puede reemplazar ninguna aplicación del celular.

Lo que nunca va a desaparecer es la necesidad de periodistas que denuncien los abusos de los que tienen el poder. Esa es nuestra principal responsabilidad social. Y ese es el principal temor de los presidentes y dictadores. Qué bueno.

Los nuevos periodistas son necesarios por cinco razones: credibilidad, independencia, relevancia, para poner la información en contexto y para retar a los gobernantes. La gran maravilla de ser periodista es que te obliga a ser un rebelde y a mantenerte joven toda tu vida. No conozco ninguna otra profesión que te ofrezca un viaje más intenso y diverso.

El infierno debe ser pasarse el día haciendo cosas que no te gustan. Bueno, para mí el periodismo es lo opuesto a ese infierno.

Acabo de viajar a California para hablar ante un grupo de estudiantes que se graduaba de periodismo (en la Universidad del Sur de California, USC). Sabía que estaban llenos de dudas sobre el futuro de la profesión. Lo entiendo perfectamente.

Yo también tengo dudas. Hay quienes creen que el trabajo que yo hago de anchorman de un noticiero va a desaparecer en una década. Si eso es así, los actuales noticieros de televisión son una especie de Jurassic Park; llenos de criaturas a punto de morir.

Y lo que le dije a esos estudiantes es que la única manera de sobrevivir a este cambio climático en el periodismo es utilizando las nuevas tecnologías. Quien no lo haga está fuera. No se puede ser el Blockbuster o la Polaroid del periodismo. Pero, más que nada, lo que les enfaticé es que nuestra profesión se basa en la confianza. Si la gente no cree lo que dices, de nada sirve tu trabajo.

Solo esos periodistas -creíbles, rebeldes y digitales- van a sobrevivir. Los demás son dinosaurios.


Sálvese Quien Pueda

La promesa del 5 de mayo

Jorge RamosEl Cinco de Mayo es un día raro en Estados Unidos.

Muchos norteamericanos lo usan como excusa para ir a bares a tomar cerveza mexicana, comer chips con salsa y ponerse un sombrero de charro. Y muchos políticos lo aprovechan para hablar de los latinos y de nuestra creciente influencia en este país. Tras mucho insistir, ya no celebran la independencia de México sino esa única batalla que los mexicanos le ganamos a los franceses en un estado que, para muchos estadounidenses, es casi impronunciable.

El pasado Cinco de Mayo no fue la excepción. Al contrario, nos regaló un adelanto de cómo podrían ser las campañas presidenciales antes de la votación en noviembre del 2016. Fueron dos maneras muy distintas de tratar de enamorar al votante hispano. El republicano Jeb Bush envió en las redes sociales un mensaje en un perfecto español sobre cómo ha aprendido a amar y respetar a México, el país de origen de su esposa Columba. Y la demócrata Hillary Clinton, en inglés, pronunció un fuerte discurso sobre cómo ayudaría a los inmigrantes indocumentados.

La verdad, Hillary fue mucho más allá de lo que se esperaba. Prometió -como Barack Obama- luchar en el congreso por una reforma migratoria que le permita hacerse ciudadanos norteamericanos a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. “No se equivoquen,” dijo. “Hoy ningún candidato Republicano, declarado o potencial, está apoyando clara y consistentemente un camino a la ciudadanía (para indocumentados). Ninguno.” Pero luego fue mucho más allá que el mismo presidente Obama.

“Si el Congreso se rehúsa a actuar”, continuó, “como Presidenta yo haré todo lo posible bajo la ley para ir más lejos. Hay mucha gente -como los padres de los Dreamers (o estudiantes indocumentados)…- que merecen una oportunidad para quedarse en este país. Yo también voy a luchar por ellos.”

La acción ejecutiva de Obama -que ayudaría a más de cuatro millones de indocumentados- está atorada en las cortes. Pero Hillary dice que haría aún más y ayudaría a más inmigrantes.

Llamémosle “la promesa del Cinco de Mayo”. Ahora falta aterrizar ese plan. ¿Cuándo y cómo? ¿Lo haría durante sus primeros 100 días en la Casa Blanca? ¿Detendría las deportaciones hasta lograr la reforma migratoria? Hay que ponerle una fecha límite y mecanismos muy concretos para que se cumpla.

Pero el problema de Hillary es Barack Obama. El hizo una promesa parecida en el 2008 y no la cumplió. Por eso, cuando muchos latinos oyeron el discurso de Hillary, dijeron: “No creo nada; ese cuento ya lo oí antes”.

Además de que hay un problema de credibilidad, hay otro legal; todos sabemos que Hillary -si gana- solo sería presidenta, no reina. Las cortes y el congreso podrían bloquear sus mejores intenciones. Si eso ocurriera, “la promesa del Cinco de Mayo” se evaporaría y no lograría absolutamente nada.

Pero lo que sí logró la promesa de Hillary es diferenciarla de todos los candidatos Republicanos y los puso en serios aprietos ante el electorado latino. ¿Será posible que Hillary tenga una propuesta migratoria mucho más comprensiva y compasiva que dos candidatos presidenciales que son hijos de inmigrantes -Ted Cruz y Marco Rubio- y que Jeb Bush, cuya familia es latina? Ningún candidato Republicano se va a salvar de que le preguntemos qué promete para los indocumentados a cambio de nuestro voto y de que comparemos su respuesta con la propuesta de Hillary. Y no hablar de inmigración no es una opción.

Así es esto. ¿Qué nos van a dar a cambio de nuestro voto? No basta decir unas palabritas en español o promesas vacías. Nos quemamos antes pero ya aprendimos.

Todos los candidatos están tratando de enamorar desde ahora a los latinos porque saben perfectamente que ellos podrían definir la elección. Las matemáticas son sencillas. Obama le ganó a Mitt Romney en el 2012 por casi cinco millones de votos. En el 2016 habrá cerca de 16 millones de latinos yendo a las urnas, más que suficientes para poner a cualquiera en la Casa Blanca.

Se los dije: el Cinco de Mayo es un día raro. Fue un día de promesas y ahora hay que oírlos a todos. Pero no nos vamos a olvidar. Y si no nos creen, pregúntenle al presidente Obama lo que pasa cuando nos prometen algo y no cumplen.


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Invisibles y confundidos

Jorge RamosEstán ahí pero muchos no los ven.

Son invisibles para la mayoría de los norteamericanos a pesar de que son más de 11 millones y hacen para ellos los trabajos más difíciles, los que nadie quiere hacer. Les llaman ilegales y criminales.

Sí, es cierto, rompieron la ley al entrar sin permiso a Estados Unidos o cuando se quedaron más allá del tiempo que les concedía su visa. Pero no es ningún crimen. Vienen porque miles de empresas norteamericanas los contratan y porque su trabajo beneficia a millones de personas. Por eso vienen. Todos somos sus cómplices.

Comemos lo que ellos cosechan. Dormimos en casas y apartamentos que ellos construyeron. Y muchas veces cuando vamos a un hotel, restaurante o negocio, alguno de ellos nos atiende. Son parte de nuestras vidas pero no los vemos. Son invisibles.

De hecho, ellos tratan de hacerse invisibles. No hacen ruido. No se pelean. Se esconden. No quieren que la policía los detenga por una infracción de tráfico porque pueden perder el carro y hasta ser deportados. Siempre se están despidiendo; cuando salen de sus casas no saben si van a regresar en la noche a ver a sus hijos.

El gobierno del presidente Obama ha deportado a más de dos millones de inmigrantes desde que llegó a la Casa Blanca. Más que cualquier otro presidente. Pero al menos protegió de la deportación a cientos de miles de Dreamers -estudiantes indocumentados- y con su acción ejecutiva pretende hacer lo mismo con más de cuatro millones de inmigrantes. Si lo dejan.

Actualmente hay mucha confusión. La acción ejecutiva de Obama está atorada en las cortes. Veintiséis estados lo demandaron y los indocumentados, como siempre, no tienen más remedio que esperar. Y esperar.

Para variar, esto se ha convertido en tema de campaña. Ocurre cada cuatro años. No hay nada más fácil que atacar a quienes no se pueden defender públicamente.

Muchos precandidatos Republicanos y comentaristas conservadores hablan de los indocumentados como si se tratara de seres desechables, que puedes empacar y enviar a cualquier parte del mundo. Se les olvida que sus familias también vinieron de otro lado. Pero ese olvido podría costarles muy caro en las urnas.

En una elección muy cerrada, los votantes latinos decidirán quién será el próximo presidente de Estados Unidos. No es magia. Son matemáticas. Barack Obama ganó la pasada elección con apenas cinco millones de votos más que Mitt Romney. El próximo año se calcula que voten 16 millones de latinos, más que suficientes para elegir al ganador. Y no van a votar, en su mayoría, por un deportador.

Es, en realidad, un concepto muy sencillo. Ningún hispano va a votar por un candidato que quiera deportar a su papá y mamá, a sus amigos, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo o a estudiantes jóvenes.

El líder histórico de los hispanos, Cesar Chávez, dijo hace 31 años: “He visto el futuro y el futuro es nuestro.” Ese futuro es hoy. Cada año 800 mil latinos cumplen 18 años, la edad para votar, según el centro Pew. En el 2050 uno de cada tres norteamericanos tendrá apellido hispano. Sí, el futuro es nuestro e incluirá, pronto, al primer presidente latino.

Los latinos en Estados Unidos saben que no hay nada más difícil que ser inmigrante. Lo dejas todo -casa, amigos, familia, idioma- por una apuesta: que tú y tus hijos van a vivir mejor. (Por eso hay más de 230 millones de inmigrantes en el mundo. Tres de cada 100 personas en el planeta se van a vivir a otro lado.)

Los grandes países son medidos, no por la manera en que tratan a los ricos y poderosos, sino por su forma de cuidar a los más vulnerables. Y los inmigrantes son los más vulnerables. Estados Unidos tiene ahora que decidir qué tipo de país quiere ser. Solo espero que trate a los inmigrantes que llegaron después de mí con la misma generosidad y respeto con que me trató a mí.


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