La mano de Obama

Jorge RamosNashville, Tennessee. Esta es la tierra de la música country. La calle que cruza esta pujante ciudad por la mitad está inundada de bandas tocando música en vivo y de gente buscando fiesta. Este no era el lugar ideal para hablar con el presidente Barack Obama sobre tortura, racismo e inmigración. Pero los presidentes no lo pueden controlar todo.

Es falso que los presidentes son todopoderosos. En mi carrera he entrevistado a decenas de mandatarios y la principal queja que escucho es la misma: la gente se sorprendería del poco poder que tienen los presidentes en una democracia. Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo, no es la excepción.

El presidente, me consta, hubiera querido una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Pero no pudo. Los Republicanos lo bloquearon. Por eso tomó una “decisión ejecutiva” de proteger de la deportación a más de cuatro millones de indocumentados. “No vamos a separar familias”, me dijo. “Nos vamos a concentrar en los criminales, en nuestras fronteras, en los que quieran venir ahora.”

Primero el agradecimiento: 89 por ciento de los votantes latinos apoya la decisión del presidente. Pero a nivel personal (y esta es solo mi opinión) ojalá Obama hubiera tomado esa decisión antes de deportar a más de dos millones de indocumentados en seis años -más que cualquier otro presidente y destruyendo miles de familias- y se lo dije. El, en cambio, cree que no he reconocido su esfuerzo. Y me lo dijo. “Cuando lo presentas de esa manera”, me aclaró, “es un equívoco porque supones que el proceso político depende de una sola persona, y así no funcionan las cosas.”

Esta imposibilidad presidencial de cambiar las cosas a su antojo también se aplica al racismo. Las recientes muertes de dos jóvenes afroamericanos -Michael Brown y Eric Garner- a manos de policías blancos demuestran que, triste y trágicamente, en Estados Unidos el color de piel sigue importando. “Los prejuicios raciales y la discriminación están metidos muy profundamente en nuestra sociedad”, me explicó. Pero el primer presidente afroamericano cree que ha habido una notable mejoría en los últimos 20 años.

“¿Usted ha sido discriminado?” le pregunté. “Por supuesto”, me contestó. “Sería muy difícil crecer en Estados Unidos sin haber tenido la experiencia de la discriminación. Pero lo que sí sé es que en mi vida las cosas han mejorado y van a continuar mejorando.”

Y si bien es cierto que hay muchas cosas que los presidentes no pueden cambiar de la noche a la mañana –como las actitudes racistas y antiinmigrantes- hay otras en las que sí pueden influir inmediata y directamente, como el prohibir la tortura. Un reporte del Senado norteamericano establece que después de los actos terroristas del 2001, la CIA y el gobierno del presidente George W. Bush torturaron a decenas de detenidos: hubo piernas rotas, simulacros de ahogamiento, los alimentaban por el recto y hasta una persona murió de frío, luego de pasar horas mojado y encadenado a una plancha de cemento.

En la entrevista el presidente Obama describió esto como “actividades brutales.” Luego añadió que “hicimos algunas cosas que traicionan lo que somos como nación.” Por eso tomó la controversial y difícil decisión de permitir que el reporte sobre la tortura se hiciera público.

A los días de haber llegado a la Casa Blanca en el 2009, la tortura fue prohibida por el gobierno de Obama. “Puedo decir categóricamente que cualquiera que esté involucrado en una conducta como esta (-tortura-) estaría violando mis órdenes como presidente de Estados Unidos, sería acusado y estaría rompiendo la ley”, me dijo.

Esto es un gran cambio. Esto es algo que un presidente sí puede y sí debe hacer. Esto es algo que va a diferenciar claramente la presidencia de George W. Bush frente a la de Barack Obama. En ambas tuvieron que enfrentar el racismo. En ninguna de las dos se logró una reforma migratoria. Pero en una se torturó y en la otra no. Esa es la mano de Obama.

No, los presidentes no tienen todo el poder que quisieran. Pero las cosas que sí pueden hacer se miden en vidas humanas y en dignidad personal. Y ese poder es más que suficiente.


Sálvese Quien Pueda

No seas neutral

Jorge RamosAmo ser periodista. Es la única profesión en el mundo que tiene como descripción el ser rebelde e irreverente. Es decir, el periodismo te obliga a ser joven toda tu vida. El escritor colombiano Gabriel García Márquez tenía razón: es el mejor oficio del mundo. Pero podemos y debemos usar el periodismo como un arma para un mejor propósito: la justicia social.

Lo mejor del periodismo se da cuando nos atrevemos a tomar postura, cuando cuestionamos a los que están en el poder y evitamos que abusen de su autoridad, cuando denunciamos una injusticia. Lo mejor del periodismo ocurre cuando tomamos partido con las víctimas, con los más vulnerables, con los que no tienen derechos. Frente al abuso del poder, el periodismo tiene que ser contrapoder.

Creo en los principios básicos del periodismo. No tengo nada en contra de la objetividad y el balance. Eso tiene que ser como un reflejo: ser obsesivo con los datos y presentar todos los puntos de vista. Sin embargo, eso no es suficiente para contar toda la verdad.

Frente a los poderosos, debemos tomar partido. Si tenemos que escoger entre ser amigo o enemigo del presidente, del político, del general o del dictador, la decisión es muy sencilla: soy reportero, no quiero ser tu amigo.

Cuando me toca hacer una entrevista con alguien importante, siempre doy por hecho dos cosas: una, que si yo no le hago las preguntas duras e incómodas nadie más lo va a hacer; y dos, asumo que nunca más volveré a ver y a entrevistar a esa persona. Las peores entrevistas que me ha tocado ver son cuando el periodista trata de quedar bien y hace preguntas flojas para mantener su acceso a sus fuentes. Eso es autocensura.

Estoy a favor del periodismo con un punto de vista. Se vale tomar una posición antagónica antes de una entrevista o reportaje. Esa es una decisión moral. Es perfectamente válido el no ser neutral. Nuestro oficio no se da en un vacío. Tenemos opiniones y códigos de ética -por la democracia, por la libertad, por la pluralidad- y eso debe estar reflejado en nuestro trabajo.

Hay grandes ejemplos de valientes periodistas que decidieron no ser neutrales y enfrentaron al poder. Edward R. Murrow luchó contra el prejuiciado senador Joe McCarthy, Walter Cronkite contra la guerra de Vietnam, y los reporteros del Washington Post en contra del corrupto presidente Richard Nixon. Christiane Amanpour se peleó con el presidente Bill Clinton por su cambiante posición en la guerra en Bosnia y Anderson Cooper demostró la incapacidad del presidente Bush tras el paso del huracán Katrina. Gracias a estos periodistas, los poderosos no se salieron con la suya.

Ahora nos toca a nosotros denunciar la sanguinaria y casi eterna dictadura de los Castro en Cuba, y los asesinatos de estudiantes en México y Venezuela con complicidad de sus gobiernos. Igual nos tocó en su momento enfrentar al presidente Barack Obama por no cumplir su promesa migratoria y por deportar a más de dos millones de indocumentados, y al líder Republicano, John Boehner por la hipocresía de decir que estaba a favor de una reforma migratoria y (al mismo tiempo) bloquear un voto en la cámara de representantes.

No creo en ser partidista. Soy fieramente independiente. Pero como periodistas, hay que tomar partido. Como lo dijo el sobreviviente del holocausto y ganador del premio Nobel de la paz, Elie Wiesel: “Debemos tomar partido. La neutralidad solo ayuda al opresor, nunca a la víctima.”

Lo peor en nuestra profesión es cuando nos quedamos callados ante una injusticia o abuso de poder. Tristemente nos quedamos callados antes de la guerra de Iraq y, por lo tanto, murieron innecesariamente miles de soldados norteamericanos y decenas de miles de civiles iraquíes.

No soy menos periodista por tomar una posición. Al contrario. Hay veces en que la única manera honesta de hacer periodismo es dejando de ser neutral y confrontando a los poderosos. El silencio es el peor pecado en el periodismo. No seas neutral.

Posdata. Aquí está el discurso dedicado a los periodistas asesinados recientemente en Siria y en México: “Ustedes fueron nuestros ojos; ahora son parte de nuestra alma.”


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México no aguanta dos volcanes

Jorge RamosLo peor de la actual crisis de violencia, impunidad y corrupción en México es esa espantosa sensación de que no va a pasar nada. Nada.

Es el temor, bien fundado, de que no habrá justicia en el caso de la matanza de 43 estudiantes en Guerrero, ni habrá tampoco una investigación oficial sobre cómo se financió la casa de siete millones de dólares de la familia presidencial. Indigna sospechar que todo seguirá igual.

Ya nos ha pasado antes. Nadie pagó por la masacre de estudiantes de 1968. Nadie ha investigado oficialmente cómo nuestros ex presidentes se han hecho millonarios. Y ahora el México del presidente Enrique Peña Nieto es el paraíso de los delincuentes; casi nadie reporta los crímenes -por desconfianza en la justicia- y casi todos los delitos que sí se reportan quedan impunes (INEGI).

¡Cómo extraño a Carlos Fuentes! Cada vez que había una crisis grave en México, iba a la casa-guarida del fallecido escritor y me lo trataba de explicar. Pero la última vez, tras analizar no sé qué momento en la historia reciente del país, me dijo como conclusión una frase terrible: “México aguanta dos volcanes”.

Se refería, por supuesto, a los dos volcanes que vigilan y amenazan permanentemente a la ciudad de México, el Popocatepetl y el Ixtaccihuatl. Pero también a esa capacidad tan mexicana de aguantar las tragedias y los abusos de sus gobernantes.

No entiendo, de verdad, cómo pueden haber sido asesinados 43 estudiantes y no culpar de eso a la fallida estrategia contra el crimen de Peña Nieto. “Desde luego que fue un crimen de estado”, me dijo en una entrevista José Miguel Vivanco de Human Rights Watch. Participaron policías, militares y políticos. Y el presidente, en un pasmoso acto de omisión e incapacidad, se ocultó -primero- y luego actuó con negligencia y sin asumir ninguna responsabilidad. Por eso crecen los pedidos, en las calles y en las redes sociales, para que renuncie. “Lárgate EPN” leí en una pared del palacio nacional.

La “casa blanca” de la familia presidencial es otra historia increíble. La periodista Carmen Aristegui y su equipo denunciaron con valentía y precisión que una corporación -que recibió contratos millonarios del gobierno del estado de México y una licitación (ahora revocada) de un tren rápido- es la dueña de la casa que adquiere a plazos Angélica Rivera, la esposa del presidente Peña Nieto.

La pregunta es si Peña Nieto y su familia se han beneficiado económicamente por estar en la presidencia. No conozco a ningún mexicano o mexicana a quien un ex contratista gubernamental le financie una casa así. Niguno. La casa fue valuada en siete millones de dólares pero ¿cuánto en realidad se está pagando por ella? Esto es un gravísimo conflicto de interés y un serio error de juicio presidencial.

¿Qué pasaría en Estados Unidos si una empresa privada, que recibió contratos del gobierno y del partido político en el poder (PRI), financiara en secreto la casa privada de la primera dama, Michelle Obama? Habría, les aseguro, audiencias en el congreso, investigaciones independientes -para determinar si hubo actos de corrupción y encubrimiento- y el mismo presidente correría el peligro de perder su puesto.

Ni la suma de todos los salarios de funcionario público en la vida de Peña Nieto alcanzarían para pagar esa casa en Las Lomas. En dos entrevistas, en 2009 y 2011 le pregunté a Peña Nieto cuánto dinero tenía y si era millonario. “No lo soy”, me contestó. Su problema es demostrar que ahora, en la presidencia, tampoco lo es y que su familia no se ha enriquecido injustificadamente.

Finalmente, me resisto a creer que los mexicanos hemos caído en un estado de “desesperanza aprendida”. Más bien, quiero creer que, después de tantos abusos, hemos aprendido a no dejarnos más. Los próximos días serán clave para que México cambie y a fondo. Si dejamos pasar este momento, estaremos condenados a lo que tenemos. A pesar del respeto y admiración que siempre le tuve, espero que en este caso Carlos Fuentes no tenga razón.

Posdata a tiempo. El presidente Obama hizo dos promesas a los latinos. Ahora es el momento de cumplir. A pesar de las amenazas de los Republicanos, debe ayudar a millones de indocumentados con una acción ejecutiva. Be bold (sea contundente) le han pedido los Dreamers. Beneficie a más de siete millones, le piden. Pero el verdadero riesgo es quedar mal con todos: con los Republicanos por hacerlo y con los latinos por ser demasiado tímido.


Sálvese Quien Pueda

La renuncia de Pena Nieto

Jorge RamosComo periodistas estamos obligados a reportar que hay muchos mexicanos que están pidiendo la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto. No reportarlo sería mentir, hacerle el juego al gobierno o, peor aún, autocensura.

Miles han pedido su renuncia de la presidencia en las múltiples protestas por la desaparición de 43 estudiantes y en las redes sociales. Los testimonios, los videos y los tweets ahí están. No estamos inventando nada. Así que hablémoslo.

¿Por qué piden su renuncia? Por incapaz, por no poder con la violencia que aterra al país, por los altísimos índices de impunidad y corrupción, por tener una política de silencio frente al crimen y, sobre todo, por la terrible y tardía reacción ante la desaparición de 43 estudiantes en Guerrero.

Peña Nieto actuó con incomprensible indiferencia y negligencia: se tardó 11 días en hablar en público desde que ocurrieron las desapariciones; se ha negado a realizar una sola conferencia de prensa o una entrevista con un periodista independiente –de hecho, no ha respondido a una sola pregunta sobre el tema; y tuvieron que pasar 33 días para reunirse con los padres de los estudiantes desaparecidos. Todos errores. Eso es precisamente lo que un presidente no debe hacer nunca.

Un presidente nunca debe esconderse y Peña Nieto se ha escondido. No ha querido dar la cara. Me ha tocado cubrir muchas crisis internacionales y los mandatarios, generalmente, salen en público, responden preguntas y toman responsabilidad de los hechos. No es el caso de Peña Nieto. Y cuando el presidente no preside y se achica, deja al país a la deriva.

En México los presidentes no renuncian. Hay muy pocos casos en nuestra historia. Se quedan seis años en el poder, pase lo que pase. Pero la constitución sí contempla una salida.

El artículo 86 de la constitución mexicana dice: “El cargo de presidente de la república solo es renunciable por causa grave, que calificará el congreso de la unión, ante el que se presentará la renuncia”. ¿Es “causa grave” lo que está pasando en México respecto a la inseguridad, impunidad e incapacidad para gobernar?

Datos. Una encuesta del INEGI confirma que el primer año de Peña Nieto fue peor que los últimos dos de Felipe Calderón. En el 2013 hubo 10.7 millones de hogares que sufrieron algún delito (33.9% de la población). Datos. El 67 por ciento de la población dice que vivir en su ciudad es “inseguro”. Datos.

El 93.8 por ciento de delitos no se denuncian, en su mayoría, por desconfianza a la autoridad. Datos. Hubo más secuestros en el primer año de Peña Nieto que en cualquiera de los seis de Calderón, según la Secretaría de Gobernación. Y el 2014 también viene mal. Ve aquí los datos oficiales http://bit.ly/1moTYql

¿Cuántos mexicanos quieren la renuncia de Peña Nieto? No hay, todavía, ninguna encuesta que se haya atrevido a preguntarlo. Lo que sí es cierto que para millones de mexicanos Peña Nieto no ganó limpiamente la elección del 2012 y esa percepción de ilegitimidad complica su mandato. Además de tener una elección cuestionada y un apoyo minoritario –solo 38% del voto- ahora no puede con el puesto. Le quedó grande. Eso es grave.

Ante la violencia, Peña Nieto ha sido un presidente débil, huidizo. Prácticamente se esfumó ante la matanza del ejército a 22 civiles en Tlatlaya y ante los muertos de Guerrero. Lejos quedaron los discursos triunfalistas por las 11 reformas y la construcción del nuevo aeropuerto capitalino.

Peña Nieto, desde luego, no va a presentar nunca su renuncia. Ni este congreso –con sus complicidades y alianzas- se atrevería a sugerirla. El gobierno seguramente dirá que los pedidos de renuncia al presidente son producto de un pequeñísimo grupo de radicales y resentidos. Pero eso no es cierto. Esto apunta a un vibrante y naciente movimiento cívico y democrático. La marcha al Zócalo del 22 de octubre fue una de las más grandes de este siglo en México. Imposible no verlo.

Es irónico que uno de los presidentes más jóvenes que ha tenido México haya perdido el apoyo de los jóvenes. Dudo que el presidente pueda ir hoy a alguna universidad del país. El futuro ya le dio la espalda a Peña Nieto. Y no habrá viaje internacional sin protestas por las violaciones a los derechos humanos en México.

Pedir la renuncia de Peña Nieto es, por ahora, solo un ejercicio de libertad y de protesta. Y como reporteros lo debemos contar. Cuando hay abusos de poder, el periodismo tiene que ser contrapoder.


Sálvese Quien Pueda

Las masacres y el silencio

Jorge Ramos

“No creo que las imágenes puedan mentir. He visto noticieros, fotografías…”
Octavio Paz en La Noche de Tlaltelolco.

Los muertos en México ya no se pueden esconder. Las masacres de Tlatlaya e Iguala demuestran lo peor del país: el ejército matando civiles y la policía asesinando estudiantes. Es el México Bárbaro. Y gobierno del presidente Enrique Peña Nieto casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.

Tras la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala, Peña Nieto llamó a una inusual conferencia de prensa en la que no permitió que ningún reportero le hiciera una sola pregunta. De hecho, no ha dado ni una sola conferencia de prensa –abierta, sin preguntas o temas pactados- desde que llegó al poder. Error y temor.

El silencio es la política oficial. El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos. Por eso ésta es una crisis creada desde la presidencia. Se pasaron casi dos años escondiendo cifras y diciendo que no pasaba nada. Y luego les explotan estas dos masacres y aparecen fosas con cadáveres por todos lados. Esconder la cabeza, como el avestruz, no borra la realidad.

Y la realidad es que, en materia de seguridad, las cosas están peor con Peña Nieto que con su predecesor, Felipe Calderón. Hay muertos y crímenes por todos lados.

Dos datos concretos: en el 2013 –el primer año de Peña Nieto en la presidencia- hubo más hogares que sufrieron delitos (33.9%) que en los dos últimos años de Calderón (32.4% en 2013 y 30.4% en el 2011). La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es aterradora: en 10.7 millones de hogares hubo al menos una víctima de delito. Además, en 2013 se registraron 131,946 secuestros, 25 por ciento más que en el 2012. Eso no es salvar a México.

Peña Nieto ha querido venderse, dentro y fuera del país, como un presidente reformista. Pero la portada de la revista Time con el titular Salvando a México –Saving Mexico- fue tan prematura y gratuita como darle el premio Nobel de la Paz a Barack Obama antes de los bombardeos a Siria. Mientras sigan matando y secuestrando a mexicanos, no importa cuántas reformas proponga Peña Nieto.

Peña Nieto tiene ante millones de mexicanos un problema de legitimidad y, por lo tanto, está obligado a demostrar que el puesto no le queda grande, que no es débil y que no está perdido. Muchos mexicanos siguen creyendo que ganó la presidencia con trampas -con mucho más dinero y comerciales que sus oponentes- y que no se merece estar en Los Pinos. La única manera de contrarrestar esa falta de legitimidad de origen es con resultados y gobernando bien. Es obvio que todavía no lo ha logrado.

La marca México está muy golpeada. ¿Cómo vas a atraer a compañías extranjeras a invertir en petróleo y telecomunicaciones cuando tu ejército y policía, en lugar de cuidar a sus ciudadanos, los mata? El dinero busca seguridad, no matanzas.

La masacre de Tlaltelolco en 1968 y su total impunidad –nadie, nunca fue arrestado o condenado por esa matanza- fue posible por la complicidad de muchos “periodistas” que nunca se atrevieron a ser periodistas. Pero gracias a Elena Poniatowska y su libro, La Noche de Tlaltelolco, sabemos qué ocurrió. Hoy hay muchas Elenitas en Twitter, Facebook e Instagram -junto a valientes reporteros en los medios más tradicionales- que no van a dejar que vivan tranquilos los responsables de las matanzas de Tlatlaya e Iguala. El silencio funcionó en 1968; ya no funciona en el 2014.

México huele a podrido, huele al viejo PRI. Estudiantes en todo el país, con marchas y protestas, ya no se tragan el cuento oficial de que buscaremos y castigaremos. Las líneas están marcadas: el gobierno, su ejército y la policía no están con los estudiantes, con las víctimas de la violencia, ni con sus familias. México se rompió en Iguala.

Hay que decirlo tal cual: Peña Nieto no ha podido con la inseguridad. Ante las masacres, su gobierno se ha visto incompetente y negligente. Su silencio –más que estrategia de comunicación- es la señal más clara de impotencia y de que no sabe qué hacer. ¿Cuál es el plan para que estas masacres no vuelvan a ocurrir? No oigo nada.

El silencio es, muchas veces, el peor crimen.


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Netanyahu: voz suave, palabras fuertes

Jorge RamosLo primero que sorprende del Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, es su suave voz. A veces inaudible. Hay que acercarse para oirla. Pero eso contrasta con sus fuertes palabras y con sus posiciones políticas tan duras. No cede ni un solo argumento.

Venía de prisa. Acababa de llegar de Washington, donde se reunió con el presidente Barack Obama. Pidió que se bajara la temperatura del aire acondicionado en la suite del hotel Palace y comenzó la entrevista. ¿Es cierto que no se lleva bien con el presidente Obama?

“Somos como una vieja pareja”, me dijo. Se han reunido más de una docena de veces. “Tenemos nuestras diferencias… (pero) estamos de acuerdo en muchas más cosas que en las que no acordamos.”

Sobre Irán no hay total acuerdo. A Israel le preocupa que las actuales negociaciones internacionales lideradas por Estados Unidos le permitan a Irán algún tipo de capacidad nuclear. “Irán ha prometido destruir a Israel y quiere desarrollar bombas atómicas”, me dijo, “naturalmente como Primer Ministro estoy preocupado porque la historia no le va a dar al pueblo judío una segunda oportunidad.”

Netanyahu venía preparado para defenderse y, luego, para pasar a la ofensiva. El presidente palestino, Mahomud Abbas, acusó recientemente a Israel en la ONU de “crímenes de guerra” y de “genocidio” por la muerte de más de 2,200 palestinos en Gaza, incluyendo civiles y niños. ¿Lo tomó como un ataque personal?

“Eso es absurdo. Israel fue atacado por estos terroristas de Hamas, disparando miles de cohetes contra nuestras ciudades”, me dijo. “Y no solo dispararon misiles contra (nuestros) ciudadanos sino que se escondieron detrás de sus propios civiles, usando niños como escudos humanos. Obviamente nos teníamos que defender.”

Insisto. “Lo están acusando a usted de crímenes de guerra”, le dije. “Los crímenes de guerra que se cometieron fueron realizados por Hamas”, me respondió, pasando al contraataque. Netanyahu llegó a la entrevista con una fotografía. Mostraba a un hombre encapuchado, identificado por él como un terrorista de Hamas, a punto de ejecutar a un palestino arrodillado. “ISIS decapita personas”, me dijo, refiriéndose al grupo islámico que controla partes de Siria e Irak. “Y Hamas les pone una bala en la cabeza. Pero para las víctimas y sus familias el horror es el mismo.”

Le comenté que escuché su discurso en Naciones Unidas y que me pareció carente de cualquier esperanza para la paz. No tuvo ni un solo gesto o palabra para buscar nuevas negociaciones con los palestinos, le dije. “Al contrario” respondió. “Creo que debemos tener dos estados -uno para el pueblo judío y otro para el pueblo palestino…Debemos tener un mutuo reconocimiento pero también acuerdos de seguridad que eviten que grupos como Hamas o ISIS tomen control de las zonas que evacuemos en Cisjordania.”

Netanyahu se quedó pensando un momento y luego, viéndome a los ojos, me dijo. “¿Usted pregunta si queremos la paz? Déjeme decirle algo. Yo he ido a guerras. Me hirieron en una operación para rescatar a civiles de un avión secuestrado por terroristas. Casi me ahogo en el canal de Suez en un conflicto con Egipto. Nadie quiere más la paz que Israel. Conocemos el horror de la guerra. Sabemos lo que se siente al perder un ser querido. Yo perdí a un hermano. Nadie quiere más la paz que nosotros, pero una paz que dure.”

Netanyahu, de 64 años, está cargado de anécdotas. Su padre -un historiador de la edad media en España- le dijo que debería aprender el castellano para leer a Cervantes en su lengua original. Pero ni aprendió el español ni a usar las redes sociales. Cada viernes al atardecer, al celebrar el ritual del Shabbat, les prohíbe a sus hijos y familiares el sentarse a la mesa con un celular en la mano.

Me quedaba tiempo para una pregunta más. Se acercaba el Yom Kipur, la conmemoración religiosa anual en que los judíos se arrepienten de sus pecados y piden perdón. ¿Qué ha hecho mal que necesite que lo perdonen? pregunté. “Necesito muchos Yom Kipurs para eso”, me dijo el hombre de la voz suave, apenas esbozando una sonrisa.


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Vargas Llosa: se vale matar al dictador

Jorge Ramos“No tengo Twitter. No tengo Facebook. No contesto el teléfono. No abro la puerta.” Mario Vargas Llosa, el premio Nobel de Literatura (2010), me habla sin prisa y sin esconder nada, junto a la biblioteca de su apartamento en la capital española. “Tengo una mujer maravillosa que hace todas esas cosas y me facilita el que yo pueda dedicarme fundamentalmente a lo que a mí me gusta, que es leer y escribir.”

Tampoco usa Google. En cambio una docena de diccionarios descansan en el escritorio, junto a una ventana, donde ha escrito sus últimas tres novelas. “La modernización para mí es una pesadilla”, me asegura con los brazos cruzados sobre su camisa azul y muy a tono con las críticas que hizo en su libro La Civilización del Espectáculo.

“El 80 o 90 por ciento de (de los tuits) son adefesios, tonterías, cosas de ociosos.” ¿Se puede decir ‘tuitear’, ‘bloguear’ y ‘facebookear’? “Suena horrible y yo no lo digo. Me parecen malas palabras, obscenas, vulgares, feas, suenan todas como prestadas de otras lenguas.”

Vargas Llosa, de 78 años y más de 20 novelas, no se quiere convertir en estatua. “El premio Nobel lo convierte a uno en una especie de figura pública”, me explica, enumerando los reconocimientos, cocteles, doctorados honoris causa, comités y entrevistas que tiene que rechazar para seguir escribiendo. “No me quejo de haber recibido el Nobel –estoy muy contento- pero yo tengo que dedicar mucho más tiempo a defender mi tiempo.”

Yo era –me quedaba claro- una de esas “presiones mediáticas invasoras” que le quitan tiempo para escribir. Pero me aguanté la pena y le hice preguntas por casi una hora. Había viajado a Madrid para entrevistarlo sobre la adaptación para la televisión de su novela La Fiesta del Chivo (2000). La novela se centra en la brutalidad, crueldad y desaforado apetito sexual con que el dictador, Rafael Leónidas Trujillo, gobernó República Dominicana de 1930 a 1961.

El dictador Trujillo muere asesinado en un auto. Entonces, le pregunto a Vargas Llosa: ¿Se vale matar al dictador? “Yo creo que sí; a un dictador como Trujillo, sin duda”, me responde. “El tiranicidio es algo perfectamente legítimo. Los asesinos de Trujillo fueron verdaderamente, no asesinos, sino ajusticiadores.”

¿Y Cuba? le pregunto. ¿Para usted Raúl y Fidel Castro son dictadores? “Absolutamente”, me dice. “Yo creo que ahí se han cerrado todos los espacios.” Sigo. “Si usted justifica la muerte de Trujillo ¿se vale tratar de matar a los Castro?” Vargas Llosa se detiene. “Mire, creo que en cada caso hay que estudiar el contexto”, me dice. “Yo no puedo fijar la estrategia que corresponde en el caso de Cuba porque no estoy ahí, porque yo no vivo adentro.”

Pasamos a Venezuela y al líder del régimen post chavista. “(Nicolás) Maduro es un dictador”, declara sin ambivalencias. “Maduro utiliza cada vez más la represión para combatir a la oposición. Ha ido cerrando los espacios de crítica.”

Luego me da una lista: “Venezuela tiene la inflación más alta del mundo…El país se ha convertido en el más violento…La corrupción, en lugar de reducir con la revolución, ha aumentado las diferencias sociales…La televisión está totalmente controlada por el gobierno a través de testaferros…Es un fracaso total.” Sin embargo, me aclara, “conozco a muchos de los dirigentes de la oposición y a ninguno le he oído que hay que matar a Maduro; ellos piensan –y creo que con razón- que todavía se puede resistir dentro de la legalidad a una dictadura.”

Las críticas de Vargas Llosa, gusten o no, se oyen en el mundo. En 1990 llamó “dictadura perfecta” a los abusivos y criminales gobiernos priístas en México y una década después llegó la democracia. “No era tan perfecta, felizmente”, corrige hoy con una sonrisa. “Pero eso se debe en gran parte a alguien del PRI que fue capaz de traicionar al PRI –que es (el expresidente Ernesto) Zedillo.

Yo le tengo mucha admiración a Zedillo.” Con el retorno del PRI a la presidencia en México ¿le preocupa el regreso de la “dictadura perfecta”? “Yo creo que no va a regresar”, calculó. “Sí, hay mafiosos dentro del PRI. Sin ninguna duda está lleno de mafiosos todavía. Pero esos mafiosos tienen que cuidarse mucho ahora porque hay verdaderos partidos políticos de oposición.”

Quien tanto habla de presidentes alguna vez intentó serlo en Perú. Pero no fue un buen candidato, reconoce. “Si le digo la verdad, yo no quise ser presidente. Yo fui empujado por las circunstancias a obtener un papel político, algo que nunca había soñado ni querido.”

En 1990 perdió las elecciones frente a Alberto Fujimori pero insiste en participar políticamente en la vida del Perú. Keiko Fujimori es la favorita, según las encuestas, para ganar las elecciones presidenciales del 2016. Esto es algo que Vargas Llosa tratará de evitar.

“Keiko es la hija de un asesino y un ladrón que está preso, condenado a 25 años de cárcel”, me dijo. “Yo no quiero que la hija –que lo primero que va a hacer si sube al poder es sacar a Fujimori (de la cárcel)- gane las elecciones. Entonces, desde luego, que voy a oponerme.”

Hablamos de todo, menos del puñetazo que le dio en 1976 en un ojo al escritor colombiano Gabriel García Márquez. “Nosotros hicimos un pacto tácito, no explícito, con García Márquez de no tocar el tema que interesa a los morbosos y a los chismosos”, me explicó. “Él lo ha respetado y yo lo voy a respetar hasta el final.”

Se me acababa el tiempo y todavía me quedaban curiosidades literarias mucho más concretas como, por ejemplo, ¿qué está leyendo? ¿Qué le sorprende? “Mire, yo leo más a los muertos que los vivos… Leo más sobre seguro que antes y hago cosas que no hacía nunca antes: si un libro no es capaz de atrapar mi atención, lo dejo y no lo leo.”

Cometí el error de preguntarle sobre el escritor japonés Haruki Murakami, que es un éxito de ventas en el planeta. Pero Vargas Llosa me atropelló. “Murakami no me gusta. Me parece frívolo…Creo que es profundamente superficial.”

¿Y a quién lee de los vivos? “En España hay un escritor espléndido que se llama Javier Cercas. Para mí es uno de los grandes escritores contemporáneos. Desgraciadamente no tan reconocido como debía serlo.” Y luego me dio otro nombre. “En Perú se ha publicado hace poco una novela que me parece muy ambiciosa, un poco contra corriente, que es la de Jeremías Gamboa, Contarlo Todo.” Y como el “efecto Oprah”, estoy seguro que estos dos escritores venderán desde hoy muchos más libros, gracias a que Vargas Llosa los lee y los nombró.

Terminamos con algo aún más personal. Vargas Llosa es agnóstico y no quiere rectificar, como lo hizo –según me cuenta- Jorge Luis Borges antes de morir. ¿No le da miedo morirse? “A mí no me da miedo morir. Yo creo que la muerte es responsable de las mejores cosas de la vida. La vida, si no existiera la muerte, sería muy aburrida.”

Y cerré con esto. ¿Por qué escribe? “Porque –eso que decía Flaubert- escribir es una manera de vivir. Toda mi vida está organizada en función de lo que estoy escribiendo y de lo que voy a escribir. No concebiría una vida distinta.”


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El mundo está alborotado

Jorge RamosEs la tercera vez que escucho el mismo comentario en una semana. Para los que trabajamos cubriendo noticias, reportar en pocos días sobre una guerra, una invasión, una alerta terrorista, dos huracán y tres declaraciones presidenciales es algo normal. Pero sí tengo que reconocer que es cada vez más difícil explicar lo que está pasando en el planeta. Existe una clara sensación de desorden.

Prefiero, por supuesto, este moderno desorden al orden de la guerra fría. El mundo estaba dividido en dos; los que estaban con los estadounidenses y los que estaban con los soviéticos. Vivíamos aterrados del botón nuclear. Pero todo era más fácil de explicar.

Hoy hasta el presidente de Estados Unidos, Barack Obama –ex profesor universitario y gran orador- tiene problemas para explicar lo que está pasando. “Si ves los noticieros, tienes las sensación de que el mundo se está desmoronando”, dijo recientemente. “Pero la verdad es que el mundo siempre ha estado desordenado y turbio. Lo que pasa es que ahora nos damos más cuenta debido a las redes sociales.”

La verdad es que una buena parte de la humanidad esperaba que el presidente de Estados Unidos, la única superpotencia mundial, pusiera orden donde no lo hay. Pero está claro que Obama no puede y no quiere. No puede, por ejemplo, evitar la invasión en cámara lenta de Rusia en Ucrania, ni lograr la paz entre israelíes y palestinos. Y no quiere meterse en otra guerra, como la de Irak o Afganistán. Por eso su extraño reconocimiento público de que no tiene una estrategia para resolver el conflicto en Siria, a pesar de que dos periodistas norteamericanos han sido decapitados en público.

Como lo veo -cubriendo noticias todos los días durante 30 años- actualmente hay tres grandes tendencias ocurriendo en el mundo. Uno: están surgiendo nuevas potencias que retan el dominio de Estados Unidos. Dos: ideas, grupos y gobiernos totalitarios están poniendo a prueba la democracia, la tolerancia y el concepto de pluralidad. Y tres: grupos radicales están utilizando la violencia y el terrorismo como método para luchar contra estados e instituciones a través de la llamada “guerra asimétrica”. Por esto el mundo está tan desordenado.

Vamos por partes. Primera tendencia. El rol de única superpotencia de Estados Unidos (desde la desintegración de la Unión Soviética) es ahora cuestionado por la Rusia expansiva y nuclear de Putin, por la enormidad de China y por grupos regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la Unión Europea. Estados Unidos ya no puede andar de cowboy por el mundo. El dólar y su ejército no son suficientes para imponerse su hegemonía. Estamos en la transición de un mundo unipolar a uno multipolar.

Segunda tendencia. La historia no llegó a su fin, como sugirió en 1992 Francis Fukuyama. Las democracias están siendo atacadas por todos lados. La primavera árabe es ahora un invierno totalitario. Cuba y Venezuela son experimentos dictatoriales. Y grupos extremistas islámicos, desde Hamas hasta ISIS y Al-Kaeda, tratan de imponer por la fuerza su despiadada visión del mundo. Hay un resurgimiento de ideas y grupos totalitarios que no toleran el pluralismo, la verdadera democracia, las libertades individuales y el sagrado derecho a disentir. Es el brutal totalitarismo contra la moderna pluralidad.

Tercera tendencia. Narcos y terroristas son iguales. Utilizan la violencia, el secuestro, la violación, la amenaza y la extorsión para atacar a gobiernos e instituciones mucho más grandes. Es la guerra asimétrica. Los actos del 9/11 son su ejemplo a seguir: 19 terroristas en cuatro aviones mataron a casi tres mil norteamericanos. Por eso Inglaterra declaró alerta “severa” de terrorismo y Estados Unidos se ha visto obligado a actuar tras la decapitación de ISIS de los periodistas estadounidenses, James Foley y Steven Sotloff. Su idea es que unos pocos puedan causar máxima destrucción.

Por todo esto –la pérdida de poder de Estados Unidos, el resurgimiento del totalitarismo y las acciones violentas de grupos radicales- el mundo está alborotado.

Pero -recordando mis clases de historia- nada de esto tiene que ser permanente: lo hecho por el hombre puede ser cambiado por el hombre. Sí, efectivamente, el mundo está muy raro.


Cada semana estamos rifando iPads, Laptops, TVs cada semana y la rifa de un Nissan Versa Note en Agosto del 2015

El mito de la igualdad

Jorge RamosPor: Jorge Ramos

La última moda en Estados Unidos es echarse encima un balde de agua con hielo, retar públicamente a otra persona a hacerlo y luego enviar una donación a la fundación que lucha contra la enfermedad de Lou Gehrig. La campaña ha sido un sorprendente éxito mediático. Artistas y celebridades han aceptado gustosos el reto (con foto o video incluido) y la fundación ha recaudado millones de dólares.

Y así también, como un balde de agua fría -inesperado y brutal- nos llegó otro caso más de racismo en Estados Unidos. Es injusti?cable que un joven afroamericano de l8 años de edad y totalmente desarmado, Michael Brown, haya recibido seis balazos de un policía blanco, Darren Wilson, el pasado 9 de agosto. Nada -salvo prejuicios y una larga historia de impunidad- puede explicar esa muerte y el abuso de autoridad.

Ferguson, Missouri, es vista en el mundo como el símbolo de lo peor de Estados Unidos. Muchos estadounidenses no ven nada raro en que una población donde el 67 por ciento de sus 21 mil habitantes es afroamericano tenga solo tres policías de la raza negra (de un total de 53). Pero en el extranjero si se dan cuenta.

El diario español El País ha tenido una extraordinaria cobertura de las protestas por la muerte de Brown en Ferguson y, en sus reportajes y editoriales, ha destacado lo siguiente: el 84 por ciento de los autos detenidos son conducidos por afroamericanos; el 92 por ciento de las personas arrestadas por la policía son de la raza negra; solo uno de los seis miembros del consejo de gobierno es afroamericano al igual que solo uno de los siete representantes del distrito escolar.

Ferguson es, por lo tanto, una población con mayoría afroamericana pero dominada por blancos. Eso ocurre en muchas partes de Estados Unidos a pesar de que para el año 2043, según la O?cina del Censo, los blancos dejarán de ser una mayoría a nivel nacional.

Ya en este momento, el número de bebes nacidos de madres latinas, afroamericanas, asiáticas y de otras minorías es casi idéntico al de recién nacidos de madres blancas no hispanas. Estados Unidos está viviendo una revolución demográ?ca, que se nota primero en los hospitales y en las escuelas, y que lo está cambiando todo.

Pero lo grave es que hay muchos estadounidenses que se resisten a aceptar este inevitable cambio poblacional y reaccionan con intolerancia y violencia. Hace solo unos meses estábamos discutiendo las estúpidas declaraciones racistas del dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de los Ángeles, Donald Sterling, que no quería invitar a afroamericanos como espectadores a los juegos (a pesar de que la mayoría de sus jugadores lo son).

La misma intransigencia se siente en el caso de Trayvon Martin. Independientemente del veredicto judicial, la muerte del desarmado joven afroamericano de l7 años de edad en la Florida en el 2012 -por parte de un pistolero blanco- fue para muchos una verdadera injusticia y una grave falla del sistema legal.

La declaración de independencia de Estados Unidos, escrita y adoptada en 1776, tiene una frase genial: “todos los hombres fueron creados iguales”. Pero, desafortunadamente, los casos de Michael Brown y de Trayvon Martin nos demuestran que eso sigue siendo una aspiración, más que una realidad.

La verdad, no esperaba estar escribiendo de racismo en Estados Unidos a ?nales del 20l4. La elección de Barack Obama como presidente en el 2008 nos hizo creer a muchos que Estados Unidos, por ?n, había llegado a una era post-racial. Décadas de esclavitud, seguidas de décadas de racismo y segregación, parecían haber quedado atrás con la elección del primer presidente afroamericano en la historia.

Pero no hay nada post-racial ni esperanzador en las muertes de Trayvon Martin y Michael Brown. La sospecha es que si su color de piel hubiera sido otro, hoy estarían vivos. Y le puede pasar a cualquiera. El propio presidente Obama dijo que Trayvon Martin pudo haber sido el hijo que nunca tuvo.

Con razón, afroamericanos, asiáticos y latinos sentimos que en este país se puede lograr cualquier cosa. Como inmigrante, Estados Unidos me ha tratado con una generosidad asombrosa y extraordinaria. Pero no podemos ocultar que hay muchos lugares en los que no somos bienvenidos. Ferguson, Missouri es tan hostil para los afroamericanos como lo es el condado de Maricopa en Arizona -vigilado por el sheriff Joe Arpaio- para los inmigrantes latinos y Murrieta,

California, para los niños centroamericanos. No me canso de repetirlo. Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades pero lo peor es el racismo y la discriminación. Esta es, sin duda, la tarea pendiente de la democracia más poderosa del planeta. Sus mejores jóvenes están muriendo por los más absurdos prejuicios. La igualdad, aquí, es un mito.


Sálvese Quien Pueda

El derecho a ser olvidados

Jorge RamosTodos, alguna vez, hemos hecho cosas estúpidas que quisiéramos olvidar. Claro, yo tengo mi lista. Pero además nos gustaría que los otros también lo olviden. Eso es casi imposible.

Nuestras vidas, para bien o para mal, está grabada en la internet y en nuestros celulares. Todo lo que hemos escrito, texteado o fotografiado está en algún archivo digital fuera de nuestro control. Hay “nubes” o cementerios digitales de los cuales, muchas veces, se levantan los muertos. Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.

“Los celulares no son solo una conveniente tecnología”, dijo hace poco el juez de la Corte Suprema de Justicia, John Roberts. “Con todo lo que contienen, y con todo lo que pueden revelar, ellos tienen en sí mismos la privacidad de la vida de los estadounidenses.” Por eso la Corte Suprema decidió 9 a cero que la policía no puede ver tu teléfono sin una orden judicial. Los jueces también tienen sus secretitos.

Siempre hay alguien vigilando y guardando información. Cada vez que hay un crimen me sorprende lo rápido que la policía en Estados Unidos sabe qué cuál fue la última llamada del agresor y de la víctima, y qué hicieron en su computadora.

Todos tenemos una huella digital. Haz el siguiente experimento. Entra a Google o a Bing y pon tu nombre. Es muy posible que, aunque no seas figura pública, haya información sobre ti y no toda es confiable. Probablemente haya hasta mentiras y difamaciones. ¿Cómo sacas eso de la internet?

La máxima corte de justicia de la Unión Europea, basada en Luxemburgo, salió al rescate. Decidió en mayo que la gente tiene el derecho a influir en lo que el mundo puede saber sobre ellos. Se basó en el caso del español Mario Costeja, a quien le molestaba que cada vez que alguien googleaba su nombre aparecía un viejo artículo periodístico, de los años 90, en el que se reportaba la venta de su casa para pagar viejas deudas. El abogado español argumentó que eso le afectaba profesionalmente y la corte le dio la razón.

Por eso, ahora Google tiene una solicitud online para los europeos que deseen borrar información que sea “irrelevante, no actualizada o inapropiada” sobre ellos. Pero no es borrón y cuenta nueva. Google la quita de su buscador pero la página original no desaparece.

En otras palabras, no podemos borrar del todo nuestro pasado. Si tu dijiste una idiotez o un comentario racista en Twitter o Facebook, ahí está. Si saliste en calzones o borracho en Instagram, ahí está. Lo mismo ocurre sobre lo que otras personas han escrito sobre ti, cierto o no.

Twitter informó recientemente que tiene más de 255 millones de usuarios al mes. Y Facebook asegura que dos de cada tres de sus 1,280 millones de usuarios entran al sitio todos los días. Estamos, literalmente, inundados de información.

Si estás leyendo esto en una computadora o celular, o estás cerca de uno, entra al sitio www.internetlivestats.com Las cifras, en tiempo real, son impresionantes: hay casi 3,000 millones de personas usando internet en el planeta, se realizan más de 2,000 millones de búsquedas de información en Google cada día y se ven diariamente más de 4,000 millones de videos en youtube.com

Nuestra vida, cada vez más, es lo que hacemos y lo que interactuamos en celulares y computadoras. Un 40 por ciento de la humanidad, aproximadamente, está metida en la internet. Y cuando digo “metida” pienso, sobretodo, en esas personas que duermen, se bañan, trabajan y descansan a unos centímetros de sus celulares. Ya dejó de sorprenderme las comidas en las que, por momentos, todos están revisando su teléfono, como si hubiera una emergencia mundial.

Esta doble vida –real y digital- que muchos de nosotros llevamos, deja inevitablemente su rastro. La definición de identidad se ha extendido: tú eres tú, lo que haces por internet y lo que otros en los medios sociales dicen de ti. Esto último es imborrable.

El concepto de un internet totalmente libre, tan atractivo hace unos años, es ahora una pesadilla digital para todos: ¿quién no se arrepiente de algo que hizo en el Internet o quisiera borrar algún detalle que otro escribió sobre nosotros?

Vivir para siempre, una vida después de la muerte, es lo que nos prometen las religiones. Pero ya no hay que rezar para eso. El Internet nos hizo eternos. Nadie, nunca, podrá ser olvidado.


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