Muchos no llegan a la orilla, se ahogan

Jorge RamosEl río es Bravo y Grande, traicionero e impredecible. Debajo de su aparente placidez, fuertes corrientes y remolinos te pueden enrollar con basura y ramas. El lodo del fondo te chupa. Es color café oscuro, impenetrable y contaminado. Imposible verse los pies. Sus piedras te desgarran la piel. En los últimos nueve meses, 33 personas se han ahogado (solo en el área de Laredo). Casi todos inmigrantes.

Este es el río que una tarde cruzó Orbin, un niño hondureño de 15 años de edad. Lo conocí poco después de “la cruzada”, como muchos le dicen a la aventura de nadar de México a Estados Unidos.

Orbin ya lo ha sufrido todo. Nunca conoció a su papá, su mamá se fue de San Pedro Sula, Honduras a Estados Unidos cuando él tenía seis años de edad, las pandillas le mataron a su mejor amigo frente a sus ojos –“le dieron en la cabeza y él se murió”-y luego lo amenazaron de muerte a él. Tras 25 días viajando absolutamente solo por Honduras, Guatemala y México, le faltaba únicamente cruzar el río para llegar a Estados Unidos y comenzar una nueva vida.

“Sí, tenía miedo”, me confesó Orbin. Pero más miedo tenía de quedarse en su casa en Honduras. “Querían que yo entrara a las maras”, me contó, refiriéndose a la peligrosa Mara 18. “Y como yo les dije que no, entonces me dijeron que en un mes me iba a pasar algo.”

Orbin no esperó y con un poco de dinero que le dio su tío, se vino a Estados Unidos. Además, quería reunirse con su madre, quien vive en la Florida, a quien dejó de ver hace nueve años.

La historia de María es similar. A su hija Ana de 17 años la trataron de violar miembros de la pandilla Los Chinos en Honduras. Un vecino intervino y “lo mataron”, me dijo Ana llorando.

María supo inmediatamente qué hacer. “Cuando nos dijeron que nos matarían”, me contó, “me asusté tanto y decidí irme.” Viajó con Ana y con su otra hija, Juana, de 14 años. No sabe cómo, pero lo hizo solo con 300 dólares y sin “coyote”. Las tres cruzaron el río Bravo en ropa interior y mordiendo una bolsa negra de plástico, donde guardaban sus pocas pertenencias.

Con la ayuda de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos yo también crucé el río para saber lo que pasan inmigrantes como Orbin, María, Ana y Juana. (El reportaje para la televisión está aquí http://fus.in/1pc29SN). Y por las fuerte corrientes terminé a casi 200 metros de mi punto de partida. Cruzar es muy difícil para un adulto y casi imposible para un niño.

Pero ¿qué lleva a un niño a jugarse la vida? Estos niños están huyendo de la violencia, de las pandillas y de la pobreza extrema. Nada de eso es nuevo en Centroamérica. Tampoco es nuevo que una vieja ley, del 2008, prohíbe la deportación inmediata de niños solos que vienen de El Salvador, Guatemala y Honduras. Y eso, en la práctica, significa que la política extraoficial de Estados Unidos es que no deporta a niños centroamericanos.

Entonces ¿qué es lo nuevo? Lo nuevo es que las familias centroamericanas claramente entendieron que la reforma migratoria había muerto en el congreso de Estados Unidos y que el presidente Obama, de alguna manera, estaba dispuesto a ayudarlos. Obama ya había protegido legalmente a más de medio millón de Dreamers (estudiantes indocumentados) y lo podría hacer por millones más con una acción ejecutiva.

Pero aún si eso no fuera cierto, está el factor emocional. Esto es importantísimo para entender la actual crisis de los niños en la frontera. Las familias centroamericanas llevan años separadas, con madres y padres en Estados Unidos y sus hijos encargados a tíos y abuelos en los países más pobres del hemisferio. Ante la certeza de que nada se resolvería legalmente pronto, tomaron la desesperada decisión de mandar por sus niños a pesar de los riesgos. Ya no había nada más que esperar. El “rumor” de que a los niños solos no los deportaban a Centroamérica resultó cierta –son muy pocas las deportaciones de los 24 mil niños arrestados en el 2013- y la frontera sur se llenó de menores de edad.

Nada de esto pasaría con una reforma migratoria. Estas son las consecuencias de la falta de acción de políticos que están más preocupados por la política que por el bien del país. Y esta no es la última crisis. Más inmigrantes seguirán llegando ilegalmente, niños y adultos, hasta que encontremos la manera de hacerlo ordenadamente con una nueva ley.

Mientras tanto, más niños centroamericanos como los que conocí en Laredo seguirán arriesgando sus vidas en las crueles aguas del río Bravo. El riesgo de ahogarse en la orilla no es nada comparado con lo que dejaron atrás.

Posdata: Los nombres de los inmigrantes que entrevisté no son reales. Me pidieron que los cambiara por temor a represalias de las pandillas, aún aquí en Estados Unidos.


Sálvese Quien Pueda

El niño que murió en el desierto

Jorge RamosEncontraron el cadáver del niño Gilberto Ramos con un rosario blanco. Es el que le había dado su mamá al salir de San José de Las Flores, una población pobre y montañosa al norte de Guatemala. Murió de hambre y sed en el desierto de Texas, a una milla de la frontera con México. Tenía solo 15 años.

Gilberto estaba cansado de ser pobre y de no tener dinero para las medicinas que necesita su mamá, Cipriana Juárez, para controlar sus ataques epilépticos. La familia junto casi tres mil dólares para pagarle al “coyote” y así Gilberto llegó a la ciudad fronteriza de Reynosa. Desde ahí, del lado mexicano, hizo su última llamada a su papá, antes de cruzar ilegalmente hacia Estados Unidos.

Su cuerpo estaba sin camisa –quienes sufren deshidratación suelen quitarse la ropa antes de morir- y en su cinturón encontraron escrito un número de teléfono. Era de su hermano Esvin, quien hace dos años hizo el mismo trayecto y hoy trabaja en Chicago.

“Estaba esperando la llamada de él”, me dijo Esvin en una entrevista. Pero “nunca pasó eso.” Quien le llamó, en cambio, fue una representante de la Patrulla Fronteriza en Texas avisándole que habían encontrado el cuerpo de su hermano Gilberto.

“Yo le dije que estaba muy pequeño, que mejor se quedara otro rato más allá” en Guatemala, recordó Esvin, “y él me dijo que no, que no quería estar allá, estaba desesperado.” El cadáver de Gilberto, con el rosario blanco, fue repatriado a Guatemala.

La pobreza extrema lleva a muchos, como Gilberto y Esvin, a intentar emigrar a Estados Unidos. Otros lo hacen por la violencia de las pandillas, como los hijos de la hondureña María (quien prefiere no dar su apellido por motivos de seguridad).

María, quien vive en Miami, me enseñó el mensaje de texto que recibió de la Mara 18 de Tegucigalpa. “Te doy hasta mañana para que tengas mil dólares en tus manos y si no tu hijo o hija morirá”, decía el texto que aún guarda en su celular.

En lugar de darle el dinero a los pandilleros, María le pagó siete mil dólares a un “coyote” para que llevara a su hijo Eduardo desde Tegucigalpa hasta Estados Unidos. “Mi hijo pasó la frontera como un menor no acompañado”, me dijo con lágrimas en los ojos. “Lo llevaron a Illinois. Me lo entregaron en dos semanas pero él está traumatizado. Aún no quiere ir al colegio.” Pero ella cree que le salvó la vida.

Las amenazas de la pandilla contra esta familia, sin embargo, no se detuvieron. Zaira, la hija de María, recibió meses después el siguiente mensaje: “O depositas o vas a encontrar a tu hija, Yaritza, en una bolsa de basura”.

María, al saber lo que estaba pasando en Honduras, juntó nueve mil dólares y mandó traer ilegalmente a su hija Zaira y a sus nietos Yaritza, de 8 años, y Naum, de 4 años. Los tres cruzaron caminando la frontera de Estados Unidos y se entregaron a las autoridades. No fueron deportados y ya se encuentran viviendo en Miami.

María ha podido salvar a un hijo y a una hija de las amenazas de las pandillas. Pero aún le quedan tres hijos en Honduras. Y, si puede, se los va a traer también. Imposible culparla.

Estas dos historias, una de Guatemala y otra de Honduras, demuestran claramente por qué más de 52 mil niños han huido de centro américa y se están refugiando en Estados Unidos. Huyen de la pobreza y la violencia. Si se quedan allá, se mueren. Por eso hay que tratarlos como refugiados.

Hay que tratar a estos niños como niños, como si fueran nuestras hijos. Y uno no deporta a sus propios hijos ni los quiere tener en otro país.

Entiendo el dilema del gobierno de Barack Obama. No quiere enviar un mensaje equivocado y que le lleguen decenas de miles de niños más a la frontera. Pero no podemos tratar a niños como delincuentes.

Sí, el trayecto desde Guatemala, El Salvador y Honduras hacia Estados Unidos es peligrosísimo. Ya ven lo que le pasó a Gilberto en el desierto. Pero hay que cuidar a los que ya llegaron. Regresar a Eduardo y a Zaira a Tegucigalpa podría ser una sentencia de muerte.

Con los niños en la frontera, la primera orden es no hacer más daño. Ya luego veremos qué sigue.


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Perder la misma guerra dos veces

Jorge RamosEs el momento de la venganza en Irak. El juez, Raouf Abdul Rahman, que sentenció a la pena de muerte al ex dictador Saddam Husssein en el 2006 fue detenido y ejecutado por rebeldes sunitas mientras huía de Bagdad disfrazado, supuestamente, de bailarín. Imposible confirmarlo pero fue reportado por fuentes creíbles.

Saddam, un sunita, es considerado como un mártir por el grupo ISIS que intenta derrocar al gobierno del chiíta de Nouri Hasan al-Maliki. Este es el Iraq que nos dejó el ex presidente norteamericano George W. Bush.

La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.

Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.

Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.org) y casi 4,500 soldados norteamericanos.

Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.

El letrero de “Misión Cumplida” que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.

Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak “soberano, estable y autosuficiente”. No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí.

Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas –chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.

Y ante un Irak que se autodestruye –y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.

El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue “la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es”. ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.

Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que “va a haber otro ataque” terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será “más mortífero” que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.

Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.

Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil. No hay guerra buena.


Sálvese Quien Pueda

¿Para qué necesita España un rey en pleno siglo XXI? Para nada

Jorge RamosLa democracia española está perfectamente consolidada, tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no requiere de un nuevo rey para garantizar su futuro. Los españoles pueden vivir sin rey.

La abdicación del rey Juan Carlos I de Borbón tomó a muchos por sorpresa. Pero había una creciente presión para un cambio. En un país con unos seis millones de parados –donde tener menos de 25 años es casi una condena de desempleo- no es fácil justificar los gastos de un rey que se va a cazar elefantes o los abusos y complicidades de su yerno, Iñaki Urdangarín, para enriquecerse.

Nadie cuestiona el papel fundamental del rey Juan Carlos en la transición hacia la democracia. Pero ya no. Su rol no es esencial.

Hoy la mayoría de los españoles quiere un cambio. Un 62 por ciento, según una encuesta del diario El País, desearía “en algún momento” un plebiscito para redefinir su forma de gobierno y escoger entre monarquía o república. Pero, para variar, los políticos tradicionales no están escuchando.

El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, cortó cualquier posibilidad de cambio en el actual sistema de gobierno. “El debate tiene un objetivo único”, dijo, “la abdicación, de eso se trata.” Y como su partido, el Popular, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) controlan más del 80 por ciento de los puestos en el parlamento, el asunto de una verdadera y final transición hacia la democracia quedó archivado. Pero les volverá a brincar.

Tener reyes no es moderno, moral, deseable o aleccionador. Es un terrible prejuicio histórico. Nadie debería tener un puesto solo por ser hijo del rey. Esa no puede ser una regla universal. En una sociedad en que premiamos el talento, el esfuerzo, la creatividad y el valor, lo menos cool es ser príncipe o rey por tu día de nacimiento en una familia privilegiada.

La monarquía parlamentaria es la forma política del estado español. El rey reina, dicen, pero no gobierna. Es su peculiar manera de separar los poderes. Pero tiene una contradicción intrínseca; ¿manda la mayoría o manda uno? Monarquía parlamentaria es un término tan confuso y ambiguo como el “estado libre asociado” en Puerto Rico o el “Partido Revolucionario Institucional” en México.

Apoyar la monarquía va en contra del principio de igualdad que promueve la mayoría de las constituciones del mundo. “Todos los hombres fueron creados iguales”, dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Los franceses establecieron lo mismo en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.” Y Naciones Unidas refrenda en 1948, casi con las mismas palabras, el concepto de que nadie nace superior a los otros.

Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad. España pudo en este 2014 definir su futuro buscando mayor igualdad. Pero, por ahora, prefirió ser un país de desiguales.

Este asunto, ciertamente, no es personal. Conocí al príncipe Felipe en 1998 en Honduras, tras el paso del destructivo huracán Mitch. Y se metió a las zonas más peligrosas y afectadas, compartiendo y ayudando a los más pobres de los pobres. Me impresionó su actitud; fue sencillo y directo, afectivo y efectivo.

Lo volví a ver hace unos meses, durante su visita a las instalaciones de las cadenas Univision y Fusion en Miami. Dudo que haya alguien mejor preparado que él –con inigualables cualidades militares, lingüísticas y diplomáticas- para ser rey. (Y hasta tiene sentido del humor; se tomó una selfie, sonriente, con una de nuestras periodistas.)
Pero en esta época nadie debe ser súbdito de nadie. Insistir en reyes y reinas es el mensaje equivocado. En el siglo XIX hubo más de 250 monarquías en el mundo. El diario The Washington Post calculó que ahora solo quedan 26.

Sospecho que Felipe y su esposa Letizia, por su juventud, formación e inteligencia, también apoyarían un plebiscito si no formaran parte de la familia real. Pero lo democrático, lo verdaderamente moderno, es que si Felipe o cualquier otro español quiere ser jefe de estado, que se lance como candidato y se ponga a votación. No se vale apelar a tu acta de nacimiento.

La monarquía ya tuvo su lugar en la historia de España. Esta es la era de las repúblicas, de la democracia, de la igualdad y de los ciudadanos.


Sálvese Quien Pueda

Brasil no está listo

Jorge RamosBrasil no está listo para la Copa Mundial de Futbol. Ni lo estará. Hay demasiadas cosas pendientes. Pero no se preocupen. La pelota va a rodar a partir del 12 de junio y por 90 minutos a la vez se nos va a olvidar todo lo que está mal.

Mientras escribo esta columna todavía hay estadios sin terminar, policías metiéndose en las favelas para evitar violencia -y una mala imagen al mundo- y protestas de quienes creen que los 11 mil millones de dólares gastados en futbol hubieran estado mejor utilizados en escuelas y hospitales. Ya es demasiado tarde hasta para quejarse. La mayoría de los equipos ya están entrenando en Brasil y yo ya compré mis boletos para la final.

Me ha tocado cubrir cuatro mundiales como periodista: Estados Unidos, Corea del Sur/Japón, Alemania y Sudáfrica. Siempre ha habido reportes de que el país sede no está listo y, al final, siempre se realiza el torneo y los problemas se superan (o en el peor de los casos se improvisan soluciones). En Brasil está pasando lo mismo.

Cuando faltaban 157 días para el Mundial, el presidente de la FIFA, Sepp Blatter, fue cortante. “Brasil empezó a trabajar demasiado tarde”, dijo. “Ningún país ha estado tan atrasado en sus preparaciones desde que yo estoy en la FIFA.”

Brasil tuvo siete años para prepararse para el Mundial pero, reforzando ese estereotipo tan latinoamericano, dejó todo para el final. Y se les acabó el tiempo.

“Es una vergüenza”, dijo el ex futbolista Ronaldo en una entrevista con Reuters, criticando los retrasos en la organización del evento. “Estoy avergonzado. Este es mi país y lo quiero mucho. No deberíamos difundir esta imagen en el exterior.”

Pero la presidenta, Dilma Rousseff, no se dejó meter un gol y le replicó al delantero. “No hay razón alguna para avergonzarse de nada”, insistió Rousseff, “ni tenemos por qué tener un complejo de inferioridad.”

Al contrario. Si algo caracteriza a los brasileños, al igual que a los texanos, es que les gusta hacer las cosas en grande. Son el segundo país del mundo, después de México, que se ha atrevido hacer un Mundial y unas Olimpíadas con solo dos años de separación.

Genial. Pero la burocracia brasileña es para arrancarse los pelos y no ha estado a la altura de las circunstancias. El Mundial rápidamente los rebasó.

Tengo un ejemplo cerca de casa. El consulado de Brasil en Miami ha sido un verdadero desastre para atender a las miles de personas que quieren ir al Mundial y necesitan una visa. Hace varias semanas fui a solicitar una visa de turista para mi hijo, que me acompaña a Brasil. Llegué poco después de las 9 de la mañana y tuve que esperar más de tres horas para que me atendiera uno de los dos funcionarios disponibles. El consulado no estaba preparado para el Mundial.

La atención fue pésima y malhumorada, el sitio de internet para solicitar la visa es tan confuso que genera más preguntas que respuestas, no aceptan tarjetas de crédito y nadie contesta el teléfono en el consulado para agilizar el proceso. Es tan frustrante que vi salir de ahí a dos adultos llorando.

Por supuesto, con un sistema tan malo, ineficaz y limitado, muchas personas tienen que regresar varias veces con documentos, pagos y absurdas solicitudes de dos fatigados burócratas que, con su pedacito de poder, le hacen la competencia a El Castillo de Franz Kafka. Fatal. El consulado de Brasil en Miami ha dado una muy injusta imagen de su país. Ojalá no sea un augurio. En lugar de darnos la bienvenida, su mensaje parecía ser: no queremos que vayan a Brasil.

Todo esto, espero, lo vamos a olvidar tan pronto veamos los primeros partidos de futbol. He estado en varias ocasiones en Brasil y es una nación extraordinaria. Nunca me he ido de ahí desilusionado. Pero esta es la prueba de fuego.

¿Cómo medirán los brasileños el éxito de su Mundial? Estoy casi seguro que no será en reales sino en goles. Si la selección del juego bonito gana el campeonato mundial por sexta ocasión, todo habrá valido la pena para ellos. Hasta los manifestantes, estoy seguro, dejarían sus protestas el día de la final.

No, Brasil no está listo para el Mundial pero, la verdad, no importa. Se nos olvida que lo único verdaderamente importante en un Mundial es el futbol. Nada más.


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La última entrevista de Bárbara Walters

Jorge RamosEs, quizás, la periodista más famosa del mundo. Y con razón. Lleva más de cinco décadas entrevistando a los personajes que hacen historia y a las celebridades que hacen noticia. Por eso es tan extraño escucharla decir que se retira del periodismo.

Pero, la verdad, un periodista nunca deja de serlo. “Ya no voy a regresar cada semana a hacer una entrevista”, me dijo en una entrevista en las oficinas de The View, el programa que fundó en 1997. “Pero si el Papa me da una entrevista, seguro que regreso”. Lo mismo haría si puede conversar con la reina Isabel II. Y posiblemente también si Mónica Lewinsky decide hablar con ella una vez más.

La entrevista televisiva que le hizo Barbará Walters a Mónica Lewinsky en marzo de 1999, sobre el affair que tuvo con el presidente Bill Clinton, fue vista por más de 70 millones de personas. Ninguna otra entrevista ha tenido más audiencia en la historia de la televisión en Estados Unidos. “Todavía estoy en contacto con Mónica”, me confió y luego, sin temor, me dio su opinión de esta mujer de 40 años: “Es una mujer inteligente y una mujer buena.”

Bárbara Walters no solo cubrió eventos históricos sino que hizo historia. Fue la primera mujer conductora (anchor, en inglés) de un programa matutino a nivel nacional y la primera en presentar el noticiero nocturno. Así abrió el camino para otras mujeres, dentro y fuera de Estados Unidos. “Ese es mi legado”, reflexionó, “todas estas mujeres jóvenes que hay en las noticias. Cuando yo comencé había muy pocas… El hecho de que pude abrir algunas puertas, inspirar, es un legado maravilloso”.

Pero a sus 84 años Bárbara no lo tiene todo. “No creo que las mujeres lo pueden tener todo”, me dijo, refutando la teoría del libro Lean In de Sheryl Sandberg, la jefa de Facebook. “Ni los hombres lo pueden tener todo tampoco…Es muy difícil balancear tu vida profesional con tu vida privada, y cada vez más las mujeres tienen que enfrentar esto.”

Ha entrevistado a todos los presidentes estadounidenses desde Richard Nixon, a líderes mundiales (como Vladimir Putin y Fidel Castro), y a casi todos los actores del momento. Sus preguntas son cortas y maravillosamente claras, como cuchillo. No hay duda de lo que quiere saber. Su mantra: no hay pregunta prohibida.

¿Cuál es su secreto? “Hago mucha tarea”, me dijo, como si apenas empezara su carrera. “Creo que es muy importante. Algunas veces yo sé más de la persona que lo que ellos mismos saben.” Y se nota. Ha hecho llorar a muchos y temblar a más de uno.

Hay mil anécdotas. Pasó 10 días con Fidel Castro pero “no me acerco mucho a nadie”, me contó. Y hasta pudo haber sido “la señora de Clint Eastwood”, confesó. “Me gustaba mucho (el actor) Clint Eastwood y, después de la entrevista, me invitó a cenar. Pero yo le dije ‘no, no, no’”.

Terminé la entrevista con dos preguntas que ella, frecuentemente, le hace a sus entrevistados:

-¿Hay alguna idea falsa sobre usted? pregunté. “La más importante idea falsa sobre mí es que soy muy seria y autoritaria por el tipo de entrevistas que hago.”

-¿Cómo quiere ser recordada? “Como una buena periodista, una buena madre y una buena persona.”

Se acababa mi tiempo con ella y el honor de hacerle preguntas a la campeona de las preguntas. Era mediodía pero aún tenía un montón de cosas pendientes. Bárbara Walters no estaba dando ninguna muestra de que estaba a punto de retirarse.

¿Qué va a hacer el día después de su retiro? alcancé a soplar al final. “Dormir. Voy a dormir. Y el día siguiente también”. Pero tengo la sospecha de que, cuando se despierte, Bárbara Walters volverá a hacer preguntas. Muchas preguntas.


Sálvese Quien Pueda

El gran secreto

Jorge RamosTodos lo saben pero no se habla mucho de eso. Es algo vergonzoso. Da pena. El gran secreto de Estados Unidos es que, a pesar de todas las leyes para evitar la discriminación, todavía hay mucho racismo. Una cosa es lo que dicen las leyes y otra muy distinta lo que pasa en la calle.

El dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de Los Ángeles, Donald Sterling, dijo en la cocina de su casa lo que no se atrevía a decir en público. No quería que su novia, V. Staviano, llevara a jugadores afroamericanos a los juegos de su equipo. Ni siquiera la leyenda del basquetbol, Magic Johnson, sería bienvenida. Pero le grabaron la conversación, la hicieron pública y ahora fue suspendido de por vida de la NBA (National Basketball Association). Eso es lo que pasa cuando lo muy privado se hace muy público.

Los comentarios de Sterling son, desde luego, racistas, estúpidos e hipócritas. Su equipo –y sus ganancias- dependen en gran medida de sus jugadores y de sus entrenadores afroamericanos. Pero para Sterling una cosa es pagarles para que jueguen y otra, muy distinta, hacer vida social con ellos. Es la famosa mentalidad de plantación. Es el típico caso de las personas que dicen que no son racistas pero que no quisieran que uno de sus hijos se casara con un hispano o miembro de una minoría.

No vivimos todavía en una época post-racial. Muchos creían que la elección en el 2008 del primer presidente afroamericano, Barack Obama, significaba una reivindicación y un gran cambio después de décadas de esclavitud, racismo y discriminación. Fue, sin duda, un avance enorme.
Histórico. Pero está claro que en Estados Unidos aún hay muchas personas que siguen juzgando y discriminando a otros simplemente por el color de su piel.

El caso de Sterling no es único. El ranchero de Nevada, Cliven Bundy, se convirtió en héroe de muchos conservadores por su pelea con el gobierno de Barack Obama. Bundy no quería pagarle al gobierno en Washington para que sus vacas pastaran en terrenos federales. Eso es debatible. Pero el problema fue cuando, de pronto, dio su opinión sobre los “negros”.

Bundy dijo que los “negros” abortaban a sus hijos, ponían a sus jóvenes en la cárcel y se preguntó si no estarían mejor como esclavos. De nuevo, un comentario racista y doblemente estúpido; primero, por pensarlo y, segundo, por decirlo en público.

Y hoy Twitter es, muchas veces, una gigantesca máquina de odios y prejuicios. La gente dice cosas en un tweet que jamás se atrevería a decir en persona.

Los latinos nos sabemos este juego de memoria. Son pocos los que alguna vez no han sido rechazados por su apellido, país de origen, acento o tez morena. A veces es obvio, otras no tanto. Pero siempre duele.

Hasta la Corte Suprema de Justicia tiene sus prejuicios raciales. Hace poco, con una votación de 6 a 2, terminó con los programas de acción afirmativa en las universidades de Michigan. En el pasado esos programas ayudaron a que miles de estudiantes de minorías pudieran entrar a la universidad. Ya no será así.

Esa decisión de la corte sería correcta en una sociedad sin racismo. Ese no es el caso de los Estados Unidos. “La raza importa”, escribió la jueza Sonia Sotomayor, criticando la decisión de la mayoría en la Corte Suprema, “…debido a la persistente desigualdad racial en nuestra sociedad”. Sonia Sotomayor, que aún utiliza el metro en Nueva York y en Washington, sabe que el racismo sigue presente.

Si no es por racismo, entonces ¿cómo podemos explicar que las mujeres latinas ganan en Estados Unidos 54 centavos por cada dólar que gana un hombre blanco? ¿Cómo explicar que la policía en Arizona detenga a un conductor solo porque les parece que es indocumentado? ¿Cómo explicar que las cárceles de Estados Unidos tienen altísimos porcentajes de latinos y afroamericanos pero no ocurre lo mismo en el congreso en Washington y en Wall Street en Nueva York?

¿Cómo entender que el dueño de un equipo de basquetbol que gana millones de dólares gracias a sus jugadores afroamericanos no los quiera sentados a su lado o juntos en una fotografía de Instagram? “Todos los hombres fueron creados iguales”, dice la declaración de independencia de Estados Unidos.

Es una frase contundente, maravillosa. Y los que no actúen así, como Sterling, ahora ya saben cuáles son las consecuencias.

A pesar de todo, soy optimista. Creo que las cosas están mejorando. Hace solo unos años, los comentarios de Sterling hubieran sido una colorida anécdota en los medios de comunicación sin ninguna consecuencia. Ya no. Recibió una multa de dos millones y medio de dólares, una prohibición de por vida en cualquier evento de la NBA, seguramente tendrá que vender a los Clippers y, lo peor, la humillación pública por ser un racista.

Qué triste tener 80 años y no haber aprendido nada. El gran secreto ha dejado de serlo.


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Mi desayuno con Gabo

Jorge RamosLa verdad nunca le llamé Gabo o Gabito. Hubiera querido.Pero nunca fui parte de ese privilegiado círculo de amigos y escritores que se reunían frecuentemente con el novelista más importante de nuestros tiempos. Es más, ni siquiera lo conocía en persona.

Crecí, como millones, con él. Leyéndolo, analizándolo, tratando de llegar hasta el hueso de cada una de sus frases perfectas. Su carpintería era única; siempre parecía encontrar la palabra exacta para decir lo que quería. Y eso requería mucho trabajo, mucho talento y muchas páginas en la basura. (Se nos olvida ya que la computadora es post-Aureliano Buendía y su descubrimiento del hielo.)

En mi época universitaria García Márquez ya era García Márquez, el genio de Cien Años de Soledad y el mejor exponente del realismo mágico –esa manera tan nuestra del ver el mundo. Macondo es América Latina. Y en este rincón del planeta donde todo es posible –dictadores que no mueren, niños con colas, mujeres que flotan, amores eternos y fantasmas más vivos que los vivos- García Márquez fue el primero en darle voz y legitimidad.

Así que cuando un colega periodista, Elías Freig, me invitó en el 2004 a un evento en Los Cabos, México, donde García Márquez iba a dar un discurso, acepté con una condición: preséntamelo. Ese día me levanté emocionado, me encontré con Elías dispuesto, como siempre, a cumplir su promesa y, de pronto, ahí estaba el escritor; desayunando con su esposa Mercedes en la esquina del restaurante de un enorme hotel y saludando a tanta gente con la mano que parecía que espantaba moscas.

Me mordí la vergüenza de molestarlo y me acerqué mientras él le metía el tenedor, creo, a unos huevos estrellados. Me presenté y, para mi sorpresa, me dijo: “Ven, siéntate aquí, a ver si así dejan de molestar.” Y me apartó una silla junto a él. Elías se sentó a mi lado y durante años guardó celosamente el contenido de esa conversación.

Lo que unos días antes hubiera sido absoluta ficción, estaba ocurriendo; desayunaba con García Márquez. Para Mercedes, sospecho, yo era una peste más y me lo hizo saber con su mirada de aguijón. Pero aguanté los picotazos y me quedé a conversar. Había que matar dos horas y tenía a García Márquez a mi lado. No lo iba a desaprovechar.

Pero el primero en preguntar fue él. Quería saberlo todo sobre Univision, la cadena de televisión donde trabajo, y sobre los cubanos en Miami. Le conté pero yo lo que quería era oírlo a él. Busqué la pausa y le dije: no entiendo su amistad y apoyo a Fidel Castro. Y ahí brincó Mercedes, como hablando por los dos.

“Lo conocemos hace mucho tiempo, es nuestro amigo y ya es muy tarde para cambiar”, me dijo ella. El asintió. Para él la amistad y la lealtad iban antes que la política. “Los que hablan de política son Mercedes y Fidel”, apuntó él. Pero no es ningún secreto que García Márquez intercedió con Fidel para liberar a algunos presos políticos cubanos y, quizás, algo más.

El escritor mexicano Carlos Fuentes me contó sobre una cena en septiembre de 1994 junto con García Márquez y el entonces presidente Bill Clinton en Martha’s Vineyard. ¿Le pidió Clinton a García Márquez que hablara con Fidel para buscar un acercamiento entre los dos líderes?

El propio Clinton, el año pasado, me dijo que nunca le pidió en esa cena a García Márquez que actuara como mediador con Fidel. Pero cualquier posibilidad posterior de un acercamiento entre Estados Unidos y Cuba a través del escritor colombiano quedó destruida tras el derribo por parte de la fuerza aérea cubana de dos avionetas del grupo Hermanos Al Rescate en 1996.

Nuestro desayuno, sin embargo, lidió más con literatura y periodismo que con política. García Márquez, en ese momento, estaba concentrado en la creación de una nueva generación de reporteros a través de la Fundación Nuevo Periodismo. Pero, reconozco, había momentos en que García Márquez perdía el interés y se iba de la conversación, quien sabe a dónde.

Le pude decir, casi como confesión, que para mí su mejor novela era El Otoño del Patriarca y, como respuesta, su bigote espumoso subió como ola. Y no, él nunca había dicho que Cien Años de Soledad no podría haberse escrito en ese momento en que los lectores buscaban novelas más cortas.

El desayuno concluyó cuando nos llamaron al evento. Me tomó del brazo, caminamos juntos y luego lo perdí en un mar de alabanzas y seguidores. Nunca nos dijimos adiós. Así fue mejor.

Para mí, por mucho tiempo, ese fue el realismo mágico: sentarme a desayunar con Gabriel García Márquez. Imposible, impensable y sin embargo ahí estuvimos.


Cada semana estamos rifando iPads, Laptops, TVs cada semana y la rifa de un Nissan Versa Note en Agosto del 2015

La rebelión del pajarito

Jorge RamosNicolás Maduro, el líder autoritario de Venezuela, está rodeado de pajaritos. Un “pajarito chiquitico” le silbó una vez y él creyó que era el espíritu del fallecido Hugo Chávez. Pero, además, Maduro está rodeado de otros pajaritos, azules –los de Twitter- que le están haciendo la vida imposible.

Aunque tenga su cuenta abierta @NicolasMaduro odia Twitter. Le ha llamado a Twitter “esas máquinas imbéciles”, según nos recordó hace poco el historiador Enrique Krauze. Maduro censura brutalmente los medios tradicionales de comunicación –TV, radio, diarios- pero con las redes sociales y el internet no puede.

“Autorizo a las Fuerzas Armadas a responder a los twiteros” ordenó Maduro hace poco. Espero que no sea con balas. Dice que no mata ni reprime pero, con un clic, aparecen cientos de videos en YouTube.com que lo contradicen.

Es la rebelión del pajarito. O, como lo describió el New York Times, “la globalización del desafío”. Censurar la prensa y tratar de que el mundo no se entere de los abusos del poder en Venezuela es inmaduro y estúpido.

“Hay que asumir la idea de que hay 3 mil millones de personas en el planeta con cámaras de televisión en sus manos”, me dijo en una reciente entrevista el profesor Jeff Jarvis, el gurú del periodismo del futuro.
“Este es un momento muy interesante para reinventar la televisión.”
Es cierto. Como periodista no puedo competir contra miles de testigos de las rebeliones en Caracas y Kiev. Así que, lejos de rechazar todo el material que suben a la internet y las redes sociales, hay que aceptarlo, identificarlo, verificarlo, ponerlo en perspectiva y destacar lo que es relevante. Esa es parte de nuestra nueva labor periodística. Pero eso no lo entiende Maduro, quien se formó con las ortodoxias y abusos del propio Chávez.

Lo que pasa es que Maduro todavía gobierna y reprime a la antigüita. Denuncia como “fascistas” a quienes se oponen a su régimen totalitario pero Maduro no se da cuenta que se parece tanto al dictador Augusto Pinochet cuando ordena a sus milicos y a la Guardia Nacional detener, torturar y matar a los estudiantes.

Digámoslo con absoluta claridad: los soldados y la Guardia Nacional no podrían haber disparado contra los manifestantes en el último mes y medio sin la autorización tácita del comandante en jefe, Nicolás Maduro. Justificando sus brutales acciones, Maduro dijo en una entrevista con Christiane Amanpour de CNN que en Estados Unidos, como en Venezuela, no se permitiría un movimiento que buscara derrocar al presidente. Pero en
Estados Unidos no podría estar en el poder un presidente que manda matar estudiantes. En Venezuela sí.

Ningún demócrata –ninguno- puede apoyar o promover un golpe de estado. Y, por lo tanto, una salida democrática al régimen de Maduro no está a la vista. El Artículo 350 de la constitución bolivariana claramente establece que “el pueblo desconocerá cualquier autoridad que… menoscabe los derechos humanos.”

Pero la Asamblea, controlada por chavistas, no va a sacar a Maduro del poder. Hoy Maduro perdería un referéndum revocatorio pero la ley no lo prevé hasta el 2015.

Las protestas en las calles no pueden seguir aguantando tantos muertos. Por eso una editorial el diario español El País dijo que “las protestas podrán irse extinguiendo por la represión y el cansancio. Pero es solo cuestión de tiempo que vuelvan a rebrotar y con más fuerza.”

Es posible que Maduro caiga por su propio peso -por sus muertos y por su obvia incapacidad para manejar el país- y que sean los propios chavistas quienes le pongan la zancadilla. Pero, tarde o temprano se irá: no puede ser presidente alguien que mata a sus propios jóvenes. Punto. Esto nos lo dijo un pajarito.


Cada semana estamos rifando iPads, Laptops, TVs cada semana y la rifa de un Nissan Versa Note en Agosto del 2015

César Chávez en la Casa Blanca

Jorge RamosAl menos ocho presidentes pudieron invitarlo -Kennedy, LBJ, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush Sr. y Clinton- pero no lo hicieron. Quizás porque Cesar hacía sentir muy incómodos a los poderosos. O tal vez porque le tenían miedo a alguien que había nombrado a sus perros “Boycott” y “Huelga”.

Una de las mejores cosas de Estados Unidos es esa voluntad de disculparse públicamente y de corregir errores. Por ejemplo, estoy seguro que, tarde o temprano, este país rectificará el gravísimo error de haber deportado a dos millones de personas en 6 años y el haber esperado casi tres décadas para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Eso vendrá. Pero lo que ya ocurrió fue la invitación de Cesar Chávez a la Casa Blanca.

Hace unos días el presidente Barack Obama invitó a los actores de la nueva película “Cesar Chávez” -Michael Peña, America Ferrera y Rosario Dawson- y a su director, Diego Luna, a la Casa Blanca. Junto a ellos estaban Dolores Huerta -la principal aliada de Chávez en el sindicato de campesinos UFW-, Paul Chávez -el sexto de los ocho hijos del líder- y una docena de familiares. Yo estaba de testigo y aquello fue una fiesta. Cesar Chávez, por fin (y aunque de manera simbólica, en un film), había llegado a la Casa Blanca.

Esta es, curiosamente, la primera película que se hace de este héroe hispano. Alguna vez, en los años setentas, Robert Redford se acercó a Chávez para hablar de un posible proyecto pero no se concretó nada. Qué bueno; esa podría haber sido una caricatura de Hollywood.

El Chávez – de carne y hueso, pragmático, inspirador pero lleno de defectos, estudioso del poder, casi Ghandi, terco, celoso y visionario- que nos presenta Diego Luna es el de verdad. Así se lo dijo Dolores Huerta a Rosario Dawson, y su esposa Helen Chávez a America Ferrera y Paul Chávez a mí. A Paul casi se le salen las lágrimas mientras me lo decía; debe ser muy duro ver en una pantalla a tu papá y no poder tocarlo y abrazarlo.

La magia de Chávez radica en haber defendido y organizado a los más discriminados y vulnerables de Estados Unidos: los campesinos. El les llamaba “los menos”. Y al hacerlo abrió el camino para la creciente comunidad latina que tendrá 150 millones de habitantes en el 2050. “Hemos visto el futuro”, dijo Chávez en un discurso en 1984, “y el futuro es nuestro”.

No recomiendo muchas cosas pero hay que ver la película sobre Chávez y leerse la extraordinaria y minuciosa biografía que acaba de publicar Miriam Pawell “The Crusades of Cesar Chávez”. Son dos maravillosas miradas hacia atrás pero, también, una hoja de ruta.

Creo que nuestra presente fascinación con Cesar Chávez radica en que los latinos somos cada vez más y tenemos urgentes problemas por resolver pero no existen suficientes líderes que hablen por nosotros. Hay, por ejemplo, solo tres senadores hispanos.

Pero aún sin Chávez se puede luchar como él. El “sí se puede” de Chávez y de Dolores Huerta –y que luego usó Barack Obama para su campaña electoral- es, en tres palabras, una filosofía para el éxito. Es el sueño americano condensado a su mínima expresión.

¿Qué haría hoy Cesar Chávez? muchos se preguntan, si no hubiera muerto prematuramente a los 66 años. Bueno, mágicamente se ha multiplicado en miles. Ese Chávez y su movimiento son la inspiración para los Dreamers de hoy en día, para los hispanos que rompen las barreras y tieneéxito en política, abriendo negocios y en el arte, y también para quien pronto será el primer presidente latino o presidenta.

Algo curioso ha pasado con Cesar Chávez. Nos ha hecho tanta falta por tanto tiempo que, de alguna manera, ahora ya es parte de todos nosotros.


Sálvese Quien Pueda