La guerra de los números

Jorge RamosNunca en casi tres décadas habíamos estado tan cerca de legalizar a la mayoría de los indocumentados que viven en Estados Unidos y que, según los últimos cálculos, rondan por los 11 millones. Y sabemos que nos estamos acercando por la cantidad de ataques que están recibiendo los inmigrantes.

El ataque más reciente es de los que creen que legalizar a los indocumentados va a costar mucho dinero. Muchísimo. Un estudio de la Fundación Heritage (http://herit.ag/YpRLxi) concluyó que a lo largo de toda su vida esos inmigrantes le costarían 6.3 billones de dólares (trillions, en inglés) al gobierno de Estados Unidos por servicios sociales, médicos, educativos y muchos otros.

Pero ese estudio tiene dos problemas. Uno, no calcula todos los trabajos que los inmigrantes legales crearían –hasta 900 mil al año, de acuerdo con un estudio del profesor Raúl Hinojosa de UCLA para el Instituto William C. Velazquez. Además, los trabajadores legales suelen gastar más y ahorrar más, invierten más y no temen, como los indocumentados, el iniciar nuevas empresas. Ya no tienen que esconderse. El profesor Hinojosa calculó también que, cada año, esos inmigrantes legalizados contribuirían hasta 5,400 millones de dólares en nuevos impuestos. Es decir, los ex indocumentados serían un negociazo para Estados Unidos.

El otro problema con el estudio de la Fundación Heritage es quién lo hizo. Uno de sus autores, Jason Richwine, tuvo que renunciar a la Fundación luego que se conociera que en su tesis de doctorado para Harvard en el 2009 escribió que “en promedio, el coeficiente intelectual de los inmigrantes en Estados Unidos es substancialmente menor que el de la población blanca y así se mantendrá por varias generaciones (…) y nadie sabe si los hispanos alguna vez tendrán la capacidad mental de los blancos.” Richwine parece estar cargado de prejuicios.

Si tú crees, de entrada, que los hispanos no pueden ser tan listos, tan capaces y tan educados como el resto de la población, entonces tus conclusiones nunca podrán ser objetivas y creíbles. Además, comparar a los hispanos con los blancos es un gravísimo error ya que los latinos no son una raza. Hay, desde luego, muchos latinos blancos.

El estudio de la Fundación Heritage quedó opacado por la controversia que generó uno de sus autores. Pero aún así queda abierta la pregunta: ¿los inmigrantes indocumentados contribuyen más de lo que toman de la sociedad? La respuesta es un categórico sí.

Un ejemplo. Tomemos el caso del sistema de salud de Estados Unidos. La escuela de medicina de la universidad de Harvard quería saber si los inmigrantes habían sido una carga para el programa de Medicare, que ayuda a los mayores de edad. La frecuente acusación de los más conservadores es que los inmigrantes abusan de los programas sociales que ofrece el gobierno.

Bueno, la conclusión fue exactamente la opuesta. Del 2002 al 2009 los inmigrantes le generaron al Medicare una ganancia de 115,000 millones de dólares. En cambio, los nacidos en Estados Unidos le ocasionaron una pérdida al gobierno durante el mismo período de 28,000 millones de dólares.

Esta es la guerra de los números. Por cada estudio, como el de la Fundación Heritage, que acusa a los inmigrantes de ser una carga para la economía de este país, hay otro que sale argumentando exactamente lo opuesto. ¿A quién le creemos?

Dejemos los números a un lado y déjenme contarles lo que yo he visto en mis 30 años en Estados Unidos. Los indocumentados que yo conozco han venido a este país a trabajar, no a robar ni a abusar de los programas gubernamentales. No son criminales ni terroristas. Muchos de ellos tienen dos y hasta tres trabajos.

Quieren que sus hijos estén mejor educados que ellos y hacen cualquier esfuerzo por sacarlos adelante.

Pagan impuestos –cada vez que compran algo y lo que les retienen en sus empleos sin ningún beneficio. Pero si estuvieran legales pagarían aún más impuestos ya que no tendrían que esconderse ni hacer todas sus transacciones en efectivo. Tan pronto como puedan salir de las sombras, esos indocumentados van a ser los primeros en abrir cuentas de banco, en crear pequeñas empresas, en regularizar su situación fiscal y en comprar casa y coche. Además, enviarán más dinero a sus países de origen. Es decir, todos ganan.

Los indocumentados no le quitan el trabajo a nadie. El Immigration Policy Center concluyó en un estudio que “los inmigrantes no son los causa del desempleo en Estados Unidos”. De hecho, crean empleos y no suelen competir por los mismos puestos de trabajo que los nacidos en este país.

Que no le digan, que no le cuenten. La maravillosa diversidad y fuerza de Estados Unidos se basa en que fue creada por inmigrantes. Este es un país que está unido, no por raza, religión o idioma, sino por la idea de que todos somos iguales, vengamos de donde vengamos. Este experimento social ha dado extraordinarios resultados: hay muy pocos países en el mundo con una democracia multirracial, multiétnica y multicultural como la de Estados Unidos.

No podemos, no debemos, cambiar lo que ha funcionado tan bien por más de dos siglos. Más allá de los números, hay que darle la bienvenida a los que vienen detrás de nosotros. Es exactamente lo mismo que hicieron los que llegaron antes que nosotros.


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Lecciones de la China y de la India

Jorge RamosMientras en Estados Unidos sus políticos se pelean y se tratan de poner de acuerdo –desde el presupuesto, Libia e inmigración- en China y en la India no paran de crecer y ver hacia adelante. Y cuando nos demos cuenta, será ya muy tarde y nos habrán rebasado irremediablemente.

En los últimos dos meses estuve viajando por China y la India y no dejo de maravillarme por la vitalidad, energía y clara dirección que muestran esos dos países en su crecimiento económico. Más aún cuando comparas los avances chinos e indios con la recesión europea y la indecisión estadounidense.

Lo primero que me llamó la atención tras aterrizar en Shanghai fueron sus carreteras. Desde el modernísimo y eficiente aeropuerto –donde puedes calificar con una carita feliz o una enojada al agente migratorio que te atiende- hasta el centro de la ciudad, lo recorrí en carreteras construidas en segundos pisos. Pero eso no fue la excepción.

A donde voltees a ver parece haber edificios levantándose. Literalmente, el cielo es el límite para los chinos.

Sorprende que nunca paran de trabajar –hay hasta tres turnos seguidos en la construcción de obras públicas y rascacielos- y es obvio que invierten gigantescas cantidades de dinero en este tipo de obras.

El capitalismo de estado de los chinos -con un solo partido político, control absoluto del ejército y la policía, y claras restricciones a la libertad de prensa- ha generado una economía extraordinariamente dinámica donde no se vale cuestionar la dirección que lleva el país. Shanghai ya no es tan distinto a Hong Kong, que apenas dejó de ser británico en 1997 y sigue siendo un impresionante puerto e impulsor financiero para el resto de Asia.

Algo que los chinos han entendido muy bien es que, en una nación con 1,360 millones de personas, es preciso tener un sistema que emplee y de un razonable estándar de vida a la mayoría. Sus salarios y derechos son mínimos, comparados con los países más desarrollados, pero al final de cuentas China crece. Y mucho.

Me llevé al viaje el libro Oriente de Pablo Neruda -¡genial!- y sus descripciones de la endrogada y sexualizada Shanghai de 1928 contrastan con la ciudad limpia y próspera de hoy en día. “Lo importante era ver qué pasaba en Shanghai por la noche”, escribió el poeta chileno, que en ese momento era cónsul (muy) pobre de su país. “Las ciudades de mala reputación atraen como mujeres venenosas. Shanghai abría su boca nocturna para nosotros, provincianos del mundo, pasajeros de tercera clase con poco dinero…”

La China que me encontré hoy en Shanghai y Hong Kong hablan de un país que hace mucho decidió que para sobrevivir y dominar había que crecer económicamente, emplear a su población y no cuestionar casi nunca esa dirección.

La India, en cambio, es la democracia más grande del mundo y se nota. Cuando llegas a la India tienes esa abrumadora sensación de que has llegado al lugar más diverso, intenso y misterioso del planeta. No hay nada como perderse en los olores y colores de una anónima multitud mientras buscas el sagrado río Ganges en Varanasi. Nada impresiona tanto como un par de vacas que vi comiéndose las cenizas, aún calientes, de un incinerado.

Nada te maravilla, al extremo de abrir imperceptiblemente la boca, como el notar todas las tonalidades de blanco que pinta el sol sobre los mármoles del Taj Mahal en Agra. La India te chupa tanta energía en las tareas más sencillas (como caminar en el mercado público de Nueva Delhi, ir a un templo hindú o buscar comida) que resulta casi imposible concentrarse en algo fuera de ahí.

El reto de la India es incomparable: ¿cómo salen adelante 1,200 millones de seres humanos en un país donde conviven los pobres más pobres que he visto y una ferviente y extendida religiosidad? India, como China, ha entendido que para sobrevivir es preciso emplear su exceso de mano de obra y vender esa capacidad textil y manufacturera al mundo. Más de una vez me ha contestado alguien en la India cuando llamo con una pregunta a una empresa local.

Pero la India ha dado un paso más allá, poniendo un extraordinario énfasis en la educación de científicos e ingenieros. Es imposible pensar en otro país que, como la India, está tan amarrado al pasado y, al mismo tiempo, surfea en el mismísimo borde del desarrollo digital.

Dejé China y la India con la misma sensación de asombro. Qué manera de crecer y entender el futuro, pensé.

Pero también es preciso concluir que si Estados Unidos no corrige rumbo, y rápidamente, el liderazgo tecnológico, económico y militar que ha ejercido en más de medio siglo está en peligro de desaparecer. Lo peor de todo, creo, es que los estadounidenses –tan absortos en sus propios problemas- ni siquiera se han dado cuenta que China y la India están a punto de sobrepasarlos. Eso es lo que aprendí por allá.


Sálvese Quien Pueda

Cuando no le crees al presidente

Jorge RamosLos presidentes de México y Venezuela tienen algo en común: millones de sus compatriotas creen que ganaron con trampa las pasadas elecciones y, por lo tanto, consideran que sus presidencias son ilegítimas. Esta falla de origen ha marcado los gobiernos de Enrique Peña Nieto y de Nicolás Maduro. Por eso, muchas de sus acciones están destinadas a tratar de demostrar que sí se merecen el puesto y la autoridad que tienen.

En México, aunque muchos no estén de acuerdo todavía, el debate sobre la legitimidad de Peña Nieto ha ido pasando a segundo plano. Ya es noticia vieja las acusaciones de que usó muchos más recursos que sus contrincantes para ganar la elección. Y la reciente visita de Barack Obama a México –aunque exprés y hasta apresurada- le da el visto bueno a Peña Nieto y le permite concentrarse en otras cosas.

Pero nada, en realidad, ha cambiado en México. El número de muertos por la narcoviolencia durante los primeros cuatro meses de Peña Nieto es casi idéntico al de los últimos cuatro meses del gobierno de su predecesor, Felipe Calderón. La economía no se ha disparado y millones de mexicanos siguen pensando en irse del país.

Lo que sí ha cambiado, sin embargo, es el mensaje. Ni Peña Nieto ni su gobierno hablan públicamente de los muertos y de la violencia, en claro contraste con lo que hacía el ex presidente Calderón. México es el mismo –violento, con áreas fuera de control de la policía, con narcos mandando amplias zonas- pero el cambio en la estrategia de comunicación oficial quiere hacer creer que el país ya cambio. Y eso no es cierto.

Varios medios de comunicación, tanto en México como en el extranjero, han comprado y publicado la historia oficial (la que dice que México no es el de la violencia sino el del desarrollo económico). Pero este mensaje se va a desinflar pronto si no hay resultados concretos en la lucha contra la narcoviolencia. Los muertos siempre huelen y no se pueden ocultar.

El caso de Venezuela es muy distinto pero también lo protagoniza un presidente, Nicolás Maduro, que lucha por justificar su poder. Fue designado como candidato por Hugo Chávez, por dedazo y poco antes de morir, y la oposición ha impugnado la elección que él asegura haber ganado. Pero es imposible creer en un sistema en que el organismo que cuenta los votos y el jefe del ejército apoya al candidato oficialista. Por eso se resisten a mostrar las actas de votación.

Maduro, comparado con Chávez, es un presidente muy chiquito. De hecho, mientras más trata de parecerse a Chávez –con sus discursos gritados, con sus insultos y descalificaciones a sus opositores, con una informalidad que cae en la improvisación- más claro está que no es de su nivel.

Hace unos días Maduro ordenó a todos los canales de televisión transmitir dos cadenas a nivel nacional. Las vi y fueron bochornosas. En lugar de hablar del violento ataque a diputados de oposición dentro de la Asamblea, Maduro intentó ocultar el incidente hablando ampliamente sobre un circo –sí, sobre un circo- y reinaugurando un teatro que tiene más de 50 años.

Hablar de circos y de teatros cuando tu país se está cayendo a pedazos no es de estadistas. El problema de Nicolás Maduro es muy sencillo: la elección no le dio legitimidad, al contrario, lo presentó como cómplice del fraude, pocos creen lo que dice, tiene un país dividido a la mitad y está enfrentando una seria crisis de gobernabilidad. La oposición le aguantó muchas cosas a Chávez. Pero Maduro no es Chávez.

Los problemas de Peña Nieto y de Maduro para ejercer el poder me remiten inmediatamente al último libro de Moises Naim, The End of Power (o El Fin Del Poder, que será publicado en español y 15 idiomas más este otoño). Naim argumenta que el poder ya no es lo que era antes. Es más difícil alcanzarlo y más fácil perderlo, me dijo Naim en una entrevista en Miami.

Peña Nieto no tiene la autoridad y la fuerza que caracterizó a los presidentes priístas de 1929 al 2000. Maduro no es ni la sombra de Chávez (aunque se llame su “hijo”) ni tiene el dominio del país que presumieron adecos y copeyanos durante cuatro décadas. (La misma pérdida de poder ha ocurrido con corporaciones, iglesias y otras instituciones, explica Naim, y se está relocalizando en calles, redes sociales y grupos de insurgentes que cuestionan fuertemente la autoridad tradicional utilizando las nuevas tecnologías y mucha creatividad.)

Es decir, Peña Nieto y Maduro, además de enfrentar serios problemas de legitimidad debido a procesos electorales sumamente irregulares, lideran presidencias muy debilitadas en contextos adversos. Ambos luchan fuertemente para no ser vistos como mini presidentes.

Cuando millones no le creen al presidente, cuando suponen que ganó con trampa, cuando cuestionan su capacidad para dirigir, entonces la tarea de gobernar es monumental y los países sufren. La única manera de salir adelante de semejante aprieto –y de callar a los críticos como yo- es demostrar con acciones y resultados que sí pueden gobernar.

Mientras esto se define, México y Venezuela (tristemente) han puesto en pausa su futuro.


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Nadie está seguro

Jorge RamosDespués de una tragedia, los sicólogos recomiendan que hablemos con nuestros hijos y les digamos que están seguros.

Que eso que ocurrió (y que vieron por televisión o en la computadora) no les va a pasar a ellos y que nosotros, sus padres y maestros, los vamos a proteger. El problema con ese mensaje es que no es cierto.

Estoy seguro que eso le dijeron muchas veces a Martin Richard, el niño de ocho años de edad, que murió cerca de la meta del maratón en las recientes explosiones de Boston. Martin, su hermana Jane de siete años, su mamá y su papá fueron a comer un helado a las dos y media de la tarde del lunes 15 de abril. Luego, se acercaron a la meta para ver a los corredores del maratón.

Veinte minutos después Martin estaba muerto y su hermana y su madre estaban seriamente heridas. En una foto del niño Martin Richard publicada por el diario Boston Globe en sus manos aparece un cartel que dice: “No lastimemos más a la gente. Paz.” Lo hizo en su escuela, con el dibujo de dos corazones rojos, después de no sé qué tragedia. Pero esa foto se ha convertido en el doloroso símbolo de la masacre de Boston.

Imposible no filosofar un poco. Cuando ocurren cosas así nos sentimos muy vulnerables porque, la verdad, la familia Richard pudo haber sido la familia Ramos o la tuya. Los actos de terrorismo tienen, precisamente, esa característica: afectar a civiles que no tienen nada que ver con una causa política.

No se me ocurre nada que los padres de Martin o sus maestros podrían haber hecho para salvar su vida. Nada. Pero en la misma semana de su muerte, el Senado de Estados Unidos tuvo la oportunidad de salvar la vida de miles de niños y adolescentes y decidió no hacerlo.

Cuarenta y seis senadores rechazaron una propuesta de ley que habría obligado a revisar los antecedentes penales de todas las personas que compran un arma.

Eso evitó que se consiguieran los 60 votos necesarios para una nueva ley. La propuesta de prohibir rifles similares a los usados en las guerras de Irak y Afganistán nunca tuvo apoyo. Tampoco la de reducir la cantidad de balas que se usan en los cargadores.

Lo que esto significa es que nada ha cambiado en Estados Unidos desde que en diciembre fueran asesinados 20 niños y 6 educadores en una escuela de Connecticut. Hoy sigue siendo tan fácil y legal el conseguir el mismo tipo de armas como las que causaron esa matanza.

Parte del problema, es cierto, es la enorme influencia que ejerce la Asociación Nacional del Rifle (NRA). Pocos políticos se atreven a ir en su contra. Eso significaría enfrentarse a campañas multimillonarias en la próxima elección. Y no es fácil sobrevivir con enemigos así.

Pero el fondo del problema es mucho más complicado. Los estadounidenses, sencillamente, no están dispuestos a sacrificar sus armas por una vida más segura. La segunda enmienda de la constitución –que permite la compra y el uso de armas- es parte del ADN de la sociedad norteamericana y ninguna tragedia parece ser capaz de cambiar esa tradición de siglos.

Después de la masacre en Newtown, Connecticut –que pudo haber sido evitada o limitada con leyes más estrictas- muchos políticos aseguraban que Estados Unidos había cambiado, que había (por fin) recibido el mensaje y que pronto habría nuevas leyes contra el uso de armas. Lo mismo escuché después de las masacres en una escuela de Columbine, en la universidad de Virginia Tech y en un cine de Aurora, Colorado. Pero nada pasó entonces y nada ha pasado ahora.

Hay vidas que quizás no se pueden salvar, como la de Martin en Boston. Hay otras que sí se podrían haber salvado, como la de los 20 niños de la escuela Sandy Hook. El Senado tenía en sus manos la posibilidad de cambiar las cosas y poner a salvo la vida de miles de niños. Pero no lo hicieron y eso tiene graves consecuencias.

Es triste decirlo así pero muy pronto otra matanza va a ocurrir en Estados Unidos. Lo más grave de todo es que se tratará de una masacre que el Senado pudo haber evitado.

Llevo 30 años viviendo en Estados Unidos y, sin duda, es un país de extraordinarias libertades. Pero una de las cosas que nunca he logrado entender es lo poco dispuestos que están los norteamericanos a controlar las armas que los están matando.

El razonamiento es incomprensible: sí, estas armas nos están matando pero no vamos a hacer nada al respecto. Punto. Por eso, aquí, nadie está seguro. Los actos terroristas de Boston nos quedarán grabados para siempre. Pero son las armas que el Senado no quiso sacar de la calle las que terminarán matando a mucha más gente.


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El chavismo sin Chávez

Jorge RamosLa pregunta en Venezuela es si puede haber chavismo sin Chávez. La historia está repleta de ejemplos en que, una vez muerto o desaparecido el caudillo o dictador, se acaba su régimen y su legado. Pero el experimento chavista en Venezuela no parece haber muerto con Chávez el pasado 5 de marzo y lucha por su sobrevivencia en las elecciones del próximo 14 de abril.

El chavismo venezolano se está comportando como el viejo PRI (Partido Revolucionario Institucional) mexicano. Está tratando de demostrar que el partido y sus ideas pueden superar cualquier obstáculo, incluyendo la muerte de su líder. Chávez, como todos los presidentes priístas desde 1929 al 2000, escogió a su sucesor con un dedazo. Y el escogido –Nicolás Maduro- no tuvo más mérito que haberle caído bien a su jefe.

Maduro, aclaremos, no es Chávez. Pero sabe que la única manera de ganar es presentándose ante los electores como más chavista que Chávez.

Chávez era mucho Chávez. Para bien o para mal pero tenía una fuerza política pocas veces vista en un líder. Nunca pasaba desapercibido. Vivía el momento pero tenía una idea muy clara de cómo transformar la historia. Chávez no cabía en sí mismo y su abrumadora personalidad arrolló a Venezuela y a muchos países que se dejaron.

Maduro, en cambio, es un político muy chiquito. Lo poco que tiene a favor es que se ha arropado de Chávez. Además, Maduro le quiere hacer creer a los venezolanos que él aún tiene una comunicación con el fallecido hombre fuerte de Venezuela.

En declaraciones que primero dan risa (y luego hasta vergüenza ajena), Maduro ha dicho que Chávez, desde el cielo, influyó para escoger al primer Papa sudamericano. Luego, su gobierno autorizó la difusión de unos dibujos animados en los que Chávez se va al paraíso a reunirse con Simón Bolívar, el Ché y Salvador Allende, entre muchos otros.

Y lo último fueron sus declaraciones de que Chávez se le había aparecido como un “pajarito chiquitico”, que le había hablado y dado instrucciones, y que él, Maduro, “había sentido el espíritu” de Chávez en ese animal.

Un doctor, amigo mío, me dijo que eso se llaman “alucinaciones”. En Twitter alguien lo describió como un “delirio místico”. Pero Maduro no es tan tonto. El sabe perfectamente que Chávez no escogió al Papa Francisco, ni sabe si se fue al cielo y desde luego que no habla con pajaritos. Maduro, conscientemente, está creando una narrativa político-religiosa que lo ligue a un Chávez santificado y que le ayude a ganar las próximas elecciones.

Maduro -quien era seguidor del líder religioso de la India, Sai Baba, a quien visitó en varias ocasiones- quiere vender el cuento de que el espíritu de Chávez le habla a él desde el más allá y, por lo tanto, lo ha ungido para ser el próximo presidente. Maduro quiere hacerle creer a los votantes que Henrique Capriles, el candidato único de la oposición, no tiene contactos tan altos ni tan bien colocados. Maduro es como un globo: solo el recuerdo de Chávez lo infla; sin él, está aplanado y en el piso.

Pero ciertamente Maduro parece un candidato desesperado a pesar de aún estar adelante en las encuestas. Las bromas y torpezas de Maduro son el click de cada día en la internet; hay sitios dedicados a burlarse de él. Y cuando un candidato compara a su opositor con Hitler, como lo hizo Maduro, uno sabe que ha llegado al extremo de su creatividad.

Pero para que gane Capriles tiene que darse un escenario parecido al de Nicaragua en 1990 cuando Violeta Barrios de Chamorro le ganó con un amplísimo margen a los Sandinistas. Una elección muy cerrada, con todos los organismos del gobierno apoyando a Maduro. –incluyendo el que cuenta los votos- no desembocaría nunca en una victoria de la oposición.

¿Es posible el chavismo sin Chávez? Parece ser que sí. Los que vivimos en Miami, por muchas décadas nos creímos el dogma de que la dictadura castrista moriría con la desaparición o la enfermedad de Fidel Castro. Pero Fidel se enfermó, casi desapareció del mapa político y no pasó nada en Cuba.

Lo mismo ha ocurrido en Venezuela (ante el horror de su exilio en el sur de la Florida). Por años estuvieron esperando la muerte de Chávez. “No”, me aseguraban, “ese gobierno no se sostiene sin Chávez; no hay quien lo reemplace.” Pero vino la sorpresiva muerte de Chávez y el dramático cambio que tanto habían estado esperando no llegó. Maduro tomó el poder, el líder de la asamblea, Diosdado Cabello, bajó la cabeza y espera su turno, los militares mordieron fuerte y no se movieron, y todo sigue igual.

Lo único que puede cambiar a Venezuela es que la oposición salga a votar el domingo 14 de abril de una manera contundente y masiva. Pero, antes, se tienen que sacudir de la cabeza esa terrible sospecha de que nunca le podrán ganar a Chávez, vivo o muerto


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Cómo Chávez escogió al nuevo Papa

Por esas extrañas cosas de la vida, yo estaba en el río Ganges en la India mientras el gobierno de Venezuela hacía planes para embalsamar a su caudillo, Hugo Chávez. El contraste no podía ser mayor: en la India entendían que el cuerpo no es lo importante mientras que en Venezuela pretendían que el cadáver de Chávez fuera preservado para la eternidad (y, de paso, para tratar de ganar las elecciones presidenciales del 14 de abril).

Las ceremonias de cremación en el Ganges son impresionantes. Vi dos. Son pocas las familias hindúes que pueden darse el lujo de pagar unos 200 dólares y llevar el cuerpo de su familiar a la ciudad de Varanasi para la cremación en menos de 24 horas, como dice la tradición.

El cadáver es incinerado con unos 300 kilos de madera seca; los hombres boca arriba y las mujeres boca abajo. Al final del proceso, las cenizas y los huesos son tirados al río. Aunque a mí me tocó ver como una vaca (sagrada) se comía alegremente los restos grisáceos y calientes de un recién cremado.

No hay lágrimas (consideradas como un contaminante de la ceremonia religiosa) porque existe la convicción de que el muerto reencarnará en una vida mejor o que, finalmente, se irá a la felicidad permanente del nirvana. Para los hindúes la vida y la muerte es como el Ganges, siempre fluyendo, siempre en movimiento, es un ciclo que no se detiene.

Para los chavistas, en cambio, la muerte de su líder fue el fin del mundo. Eso es lo que pasa con los dictadores y los caudillos; se sienten indispensables y, cuando faltan, sus seguidores no saben qué hacer. Así que a los chavistas se les ocurrió la más infantil e inverosímil idea: no dejemos morir a Chávez, embalsamemos su cuerpo, hagámoslo eterno y, al mismo tiempo, que nos ayude a mantener el poder (usando su imagen, sin parar, para las próximas votaciones).

Pero hasta los embalsamados se hacen chiquitos. Lenin, en la plaza Roja de Moscú, me pareció del tamaño de un niño. Y Chávez, embalsamado o no, se iría haciendo chiquito también, física y simbólicamente. Esos gritos de “vivirás para siempre” solo se dan en los funerales. Luego, los gritos desaparecen y hasta los personajes más trascendentales de la historia recobran su dimensión humana. Ahí están Lincoln y Ghandi de ejemplo, dibujados en toda su fragilidad por Hollywood.

La idea de embalsamar a Chávez y convertirlo en show mediático y electoral chocó, seguramente, con los deseos de algunos miembros de su propia familia y de su círculo más cercano. Así que encontraron una vaga excusa científica –que ya era demasiado tarde para embalsamarlo- y enviaron su féretro al museo 4 de febrero. Pero ahí no quedó la historia.

Está claro que Nicolás Maduro no puede ganar la presidencia sin Hugo Chávez. Maduro, sin Chávez, no es nadie. Está ahí por dedazo. No hubo ninguna elección para escogerlo. Tampoco es presidente temporal y candidato por méritos propios. Está ahí –hay que reconocerlo- porque Chávez quiso y punto.

El talento de Maduro ha sido el reconocer que todo se lo debe a Chávez y que sin él no ganará las elecciones presidenciales del 14 de abril. Por eso, primero trató de embalsamarlo y hacerlo eterno. Y cuando ese plan le reventó en las manos, se inventó otro: convertir a Chávez en un santo.

Maduro, sin ninguna pena, anunció que la selección del argentino Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa había sido motivada por el propio Chávez.

“Nosotros sabemos que nuestro comandante ascendió a esas alturas, está frente a frente a Cristo, y alguna cosa influyó para que se convoqué a un Papa sudamericano”, dijo Maduro. “Así nos parece.”

Maduro –en aparentes alucinaciones o con convicciones religiosas muy peculiares- aseguró, también, que Cristo le habla a Chávez muerto y que, desde las alturas, el comandante aún decide lo que pasa aquí en la tierra. Es decir, si Chávez decidió que un argentino iba a ser el nuevo Papa, sin importar lo que votaran 115 cardenales en el cónclave, entonces claramente puede escoger con su dedo divino al ganador de las elecciones presidenciales en Venezuela.

Maduro, en su pensamiento mágico, se ha inventado a un Hugo Chávez santificado, milagroso, compinche de Jesucristo y, lo más importante, que lo va a ayudar a ganar la elección. En sus presentaciones públicas Maduro sorprende al hablarle a Chávez como si estuviera vivo e incluso le ha prometido ganar con más de 10 millones de votos.

Chávez, para Maduro y para los chavistas más recalcitrantes, no ha muerto. El problema para ellos es que si reconocen que Chávez murió, sus carreras políticas también morirán. Por eso han tratado de mantenerlo vivo –embalsamándolo y, luego, haciéndolo un santo milagroso.

Tarde, muy tarde, los chavistas se darán cuenta de lo obvio: que los muertos están muertos. Pero por ahora está claro que los chavistas no son hindúes ni van a dejar que su caudillo se convierta en cenizas.

En la única reencarnación que quieren creer los chavistas en estos momentos es en que Chávez se reencarne en Maduro. Pero eso es físicamente imposible: hay mucho Chávez en tan poco Maduro.


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Carta al nuevo Papa

Bueno, la verdad, no espero que lea esta carta. Sería mucho pedir. Pero, igual, hay que decirlo. El nuevo Papa no puede –no debe- ser como Benedicto XVI. Eso sería trágico y peligroso.

El papado de Benedicto XVI, además de su extraordinaria renuncia, será recordado por encubrir miles de casos de abuso sexual contra menores de edad por parte de sacerdotes católicos. Benedicto XVI fue el Papa que se quedó callado ante estos crímenes y que se negó a oír los gritos que pedían transparencia dentro de la iglesia.

Por lo tanto, lo primero que esperaría del nuevo Papa es congruencia: si de verdad está con las víctimas y con los más desprotegidos, lo menos que podemos esperar es que denuncie públicamente y entregue a las autoridades civiles a los sacerdotes que, hasta hoy, están protegidos por la política de silencio y complicidad del Vaticano.

Benedicto XVI protegió hasta sus últimos días a Marcial Maciel, el monstruoso fundador de los Legionarios de Cristo, responsable de innumerables crímenes sexuales en México. Ojalá el nuevo Papa no haga lo mismo con Benedicto XVI. Que el ex Papa quiera una vida de oración a sus 85 años es muy respetable. Pero si encubrió a sacerdotes pederastas como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (1981-2005) y luego como pontífice, debe responder ante las cortes. Y el nuevo Papa debe ayudar a que esto sea posible y se haga justicia.

Sí, resulta casi risible este argumento. Un ex Papa a juicio. Parece imposible. Pero es una oportunidad histórica, moral y cristiana. Si Juan Pablo II y luego Benedicto XVI bendijeron y lideraron la operación de protección a miles de sacerdotes pedófilos, entonces el nuevo Papa debería tomar partido con las víctimas de estos crímenes y marcar una sana distancia con sus predecesores.

Ni inmunidad ni impunidad para Joseph Ratzinger.

Escribo como un ex católico rodeado de católicos. Hace décadas que perdí la fe y así vivo muy bien, gracias. Pero no puedo dejar de ver cuando una figura de autoridad, como el Papa, y una de las instituciones más poderosas de la historia, el Vaticano, abusan de su posición y se sitúan por encima de la ley.

No creo que el Papa sea infalible. En su último ángelus como Papa, en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI dijo “la palabra de Dios está dirigida a mí; el señor me llama a dedicarme aún más a la oración.” Qué lástima que durante su papado Dios no lo llamó, también, para hacer públicos los documentos oficiales de la iglesia donde hay evidencias inapelables de miles de violaciones sexuales de sacerdotes contra niños en todo el mundo. Ese fue un grave error.

Resulta irónico que una institución como la iglesia católica, que prohíbe el sexo a sus líderes, esté tan preocupada por regular los que hacen los demás en la cama. El rechazo a integrar a los homosexuales plenamente a la iglesia es una muestra palpable de discriminación y prejuicio. Esa falta de equidad se extiende, también, a las mujeres.

No hay absolutamente ninguna directiva de Jesucristo para evitar que las mujeres se conviertan en sacerdotes. La decisión de no permitir la ordenación de mujeres es algo muy posterior a su muerte. Siglos. En el año 494 el Papa Gelasio I envió una carta a los obispos italianos para prohibirlo y, más recientemente, en mayo de 1984 lo hizo Juan Pablo II en una carta apostólica:

“Declaro que la iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir ordenación sacerdotal a las mujeres y este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la iglesia.” Pero esas son decisiones erróneas y machistas de dos hombres y que pueden ser modificadas por otros hombres y mujeres.

El celibato es también una decisión tomada por la iglesia mucho tiempo después de la muerte de Cristo. Si los sacerdotes quieren tener relaciones sexuales, mejor que las tengan con sus esposas y no con menores de edad. Ese cambio urge.

Sé que no hay consenso para la iglesia católica acepte el aborto, es decir, el derecho de cualquier mujer de hacer con su cuerpo lo que quiera. Pero prohibir el uso de condones en la época del sida es absolutamente retrógrado y mortífero. Un cambio de lineamientos de la iglesia sobre el uso de condones en Africa habría evitado muchas muertes y sufrimiento en las últimas décadas. Ese es un ejemplo de cómo una orden autoritaria e irracional de la iglesia produce muerte.

Sería trágico que el nuevo Papa sea como el anterior. Defendió a los de arriba y a los que estaban a su lado pero no a los de abajo, a los niños abusados sexualmente y a sus familias. Envió el mensaje equivocado: defiendo y encubro a los sacerdotes solo porque son sacerdotes.

Pero si el nuevo Papa es como el anterior sería sumamente peligroso. Primero, porque continuaría extendiendo una política de inmunidad e impunidad para los religiosos criminales en todo el mundo. Y segundo porque, con su rechazo a la igualdad de los gays y las mujeres dentro de la iglesia, seguiría promoviendo una cultura machista, discriminatoria y de rechazo a la diversidad. Eso tiene enormes consecuencias incluso fuera de la iglesia católica.

Espero, por lo tanto, que el nuevo Papa oiga. Y que se atreva a ser el líder moral que Benedicto XVI nunca se atrevió a ser.


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El Papa que se quedó callado

El Papa Benedicto XVI será recordado por su renuncia y por haber protegido a miles de sacerdotes pederastas. Y por muy poco más. Joseph Ratzinger pasará a la historia como el Papa que, al enfrentar el principal reto de su pontificado, se quedó callado.

Pudo haber pasado a la historia por proteger a miles de niños que fueron abusados sexualmente por sacerdotes católicos. Pero no lo hizo. Prefirió guardar silencio y encubrir a pederastas criminales. Su silencio destruyó las vidas de menores de edad en todo el mundo.

La renuncia de Benedicto XVI es bienvenida. Dijo que lo hacía por “el bien de la iglesia” y en eso sí tiene razón. Si no tuvo el coraje y la fuerza para denunciar a la justicia civil a los criminales que hay dentro de la misma iglesia, lo mejor es que se vaya. Lo menos que podemos esperar es que el próximo Papa no se quede callado como él.

Joseph Ratzinger desaprovechó todas las oportunidades que tuvo durante décadas para hacer lo moralmente correcto. Desde 1981 al 2005 fue el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe y, literalmente, cayeron sobre su escritorio miles de casos de abuso sexual a menores de edad cometidos por sacerdotes católicos. Ni una sola vez –ni una- denunció a alguno de esos religiosos a la policía.

En los últimos 50 años se han denunciado más de 9 mil casos de abuso sexual a menores por parte de curas católicos, según la investigación del escritor Jorge Llistosella, autor del libro Abusos Sexuales En La Iglesia Católica. Pero él mismo aclara que esa cifra solo incluye las denuncias que se hicieron públicas. Muchas más quedaron enterradas y escondidas. Y sobre eso, Benedicto XVI no hizo nada.

En febrero del 2004, 14 meses antes de que Benedicto XVI fuera elegido Papa, la Conferencia Episcopal Católica informó que solo en Estados Unidos, de 1950 al 2002, hubo 4,450 sacerdotes católicos involucrados en casos de abuso sexual a menores. Benedicto XVI lo sabía. Al llegar al papado pudo haber ordenado que esos archivos fueran entregados a la policía para meter en la cárcel a esos pederastas. Pero no hizo nada. Permitió que muchos de esos sacerdotes, simplemente, fuera cambiados de ciudad y de parroquia.

Esto no es nuevo. Benedicto XVI actuó con la misma pasividad y complicidad cuando fue obispo de Munich. El fue una de las personas que recibió un documento en 1980 que informaba del cambio de parroquia (de Essen a Munich) del sacerdote pedófilo, Peter Hullerman.

En 1986 Hullerman fue declarado culpable por abusar sexualmente de otros niños en la nueva parroquia. El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, aseguró a la prensa que Ratzinger “no tuvo conocimiento” del traslado del cura Hullerman. Cierto o no, su comportamiento futuro tanto como Papa como al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe- demuestra que nunca acostumbró entregar a las autoridades civiles a religiosos pederastas.

Otro caso. Benedicto XVI recibió miles de documentos sobre los múltiples casos de abuso sexual de Marcial Maciel, el monstruoso fundador de los Legionarios de Cristo. Pero en el 2006, en lugar de convertirlo en un caso ejemplar, lo apartó de “todo ministerio público” y lo protegió de la justicia hasta su muerte. En su viaje a México en el 2012, el Papa se negó a reunirse con las víctimas de Maciel. Todo gesto papal es simbólico y el mensaje de Ratzinger fue inequívoco: sabemos perfectamente de los crímenes de Maciel pero no vamos a hacer nada al respecto.

El Papa, así, creo en la práctica dos sistemas de justicia: un cura católico abusa de un menor de edad y solo es cambiado de parroquia; un civil hace lo mismo y termina en una prisión. Es incomprensible que el máximo jerarca de una iglesia de 1,200 millones de feligreses haya tomado la decisión de proteger a los pederastas y no a sus víctimas. Eso va en contra de los mismos preceptos del catolicismo.

No creo en la infalibilidad del Papa. Tampoco creo que en este tema actuó con sabiduría. Por el contrario, creo que Benedicto XVI se equivocó garrafalmente el tratar de encubrir uno de los peores escándalos en la historia reciente de la iglesia católica. Benedicto XVI, lejos de estar por arriba de los hombres (como suponen muchos católicos), demostró ser un líder temeroso, acobardado y pésimo ejemplo para otros sacerdotes. Lo que hizo Ratzinger con los casos de abuso sexual no debe ser emulado por nadie, religioso o no religioso.

Benedicto XVI se quedó corto. No pudo ni quiso. Solo su renuncia lo reivindica un poco. Joseph Ratzinger, está claro, no es indispensable y ojalá sea reemplazado por alguien que sí tenga el valor moral de confrontar y denunciar a los muchos criminales que todavía hoy están protegidos por el Vaticano.

Lo peor que puede hacer un Papa es quedarse callado ante una injusticia. Y Benedicto XVI se quedó callado ante una injusticia monumental. Ese es su pecado y así, tristemente, será recordado. Y por irse en la mitad del escándalo…


Sálvese Quien Pueda

Luna de miel en México

Fue un ataque brutal. No habían dado las tres de la madrugada y todos dormían cuando un grupo de cinco hombres armados y encapuchados se metieron a una casa de renta para turistas en playa Bonfil, Acapulco. Amarraron con cables de celulares y cordones de trajes de baño a siete hombres y luego procedieron a violar a las seis españolas que los acompañaban. El ataque duró poco más de dos horas.

El día anterior el alcalde de Acapulco, Luis Walton, se había levantado de buenas. Le habían informado que el domingo la ocupación hotelera en la zona turística había superado el 93 por ciento y así lo tuiteó. “AcapulcoPUEDE” presumió.

Pasarían solo unas horas para demostrar que, en realidad, Acapulco no puede. Acapulco es la segunda ciudad más violenta del mundo, según el Consejo Ciudadano para La Seguridad Pública y Justicia Penal. El año pasado hubo 1,170 homicidios en el puerto. Solo San Pedro Sula es más peligrosa; Caracas es la tercera más violenta. (Aquí está la lista http://bit.ly/VKrQ4e )

El alcalde de Acapulco, desde luego, no quería que las violaciones afectaran el turismo. Tenía claras sus prioridades. Y por eso, torpemente, declaró: “Bueno, esto sucede en cualquier parte del mundo.”

Su intento de minimizar el terrible crimen, menospreciando el trauma que habían sufrido las víctimas, no dio resultados. Sus declaraciones fueron criticadas por estúpidas, insensibles y falsas en Twitter y Facebook. Al poco tiempo se disculpó en los medios de comunicación. Pero el daño ya estaba hecho.

No, no es cierto que esto “sucede en cualquier parte del mundo”. Hace años que no se reporta la violación de seis extranjeras en otra parte del mundo. Eso no ha ocurrido recientemente en París, Nueva York, Buenos Aires, Bangkok o Marrakesh. Pero sí en Acapulco.

“Habla bien de Aca”, dice un famoso eslogan para promocionar el turismo en el puerto más conocido (y violento) de México. Pero no se puede hablar bien de Acapulco cuando, claramente, la criminalidad está fuera de control, cerrando centros nocturnos, restaurantes y poniendo en peligro la vida de residentes y turistas. Esa es la realidad.

Hablaremos bien de Acapulco cuando ahí dejen de matar gente y de violar turistas. La impunidad es lo que reina en el puerto y ni el alcalde ni el gobernador de Guerrero han logrado cambiar nada.

Lo interesante es que este incidente en particular, y las cientos de muertes que siguen ocurriendo en el resto de México, no han salpicado todavía al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Todavía.

He estado revisando las cifras (y la nota roja) y no hay ningún cambio –ninguno- entre los últimos dos meses de Felipe Calderón en la presidencia y los primeros dos de Peña Nieto. México sigue siendo tan violento y sufriendo tanta impunidad como antes. Pero lo que sí es distinto es que los mexicanos le están regalando una luna de miel al nuevo presidente al darle un tiempo razonable para que ponga en práctica sus nuevas estrategias.

Por ejemplo, nadie culpó indirectamente a Peña Nieto por las violaciones de las seis españolas en Acapulco. Está claro que sus nuevas políticas de seguridad aún no se han implementado. Pero cometería un grave error si cree que los mexicanos lo van a esperar mucho más.

En Estados Unidos los norteamericanos, tradicionalmente, esperan cambios concretos y el anuncio de nuevas medidas en los primeros 100 días de gobierno. Por eso Barack Obama ya está empujando por un cambio en las leyes migratorias y de control de armas.

Peña Nieto no tiene mucho tiempo más. Si su gobierno, como el de Calderón, empieza a arrojar unos mil muertos por mes, las protestas y las críticas van a acumularse. La luna de miel con Peña Nieto durará solo un poquito más. El nivel de tolerancia es bajo. No puede olvidar que la mayoría de los mexicanos votaron contra él.

Peña Nieto parece estar consciente de esto. En una entrevista con Patricia Janiot de CNN en Español, el presidente dijo que la violencia “es un tema sensible y de prioridad para los mexicanos” y que esto “nos lleva a cambiar de estrategia que se concentre en atender las causas del delito y la violencia.” Pero el presidente se equivoca si cree que los mexicanos van a esperar a que disminuyan los niveles de pobreza para que caiga la criminalidad.

Eso podría tomar décadas. Los mexicanos, calculo, exigirán resultados muy concretos para reducir la violencia antes de fin de año.

Las lunas de miel de los presidentes suelen acabarse cuando ocurren tragedias como la de Acalpulco o la de Newtown. Obama tuvo que actuar para reducir el uso de armas tras la masacre de 20 niños en una escuela de Connecticut. Pero en el caso de Peña Nieto, aparentemente, aún no hay ese sentido de urgencia y sigue disfrutando de su luna de miel.

No, la brutalidad, impunidad e incapacidad burocrática demostrada en los últimos días en Acapulco no pasa en otras partes del mundo. La verdadera tragedia es creer que lo normal es vivir en un país donde se viola y se mata…y luego no pasa nada.

Por Jorge Ramos Avalos.


Sálvese Quien Pueda

Sonia del Bronx: “No me dejé discriminar”

El mejor ejemplo de que el sueño americano es una realidad –y no ha muerto por las crisis económicas y la discriminación- se llama Sonia Sotomayor. Nacida en el Bronx, Nueva York, hace 58 años, Sotomayor lo tenía todo en su contra: pobreza, enfermedad y la muerte de su padre por alcoholismo luego que ella cumplió 9 años. Y a pesar de todo, ella se convirtió en la primera latina en la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos.

Otros, en las mismas circunstancias, fracasaron y hasta murieron, como su primo Nelson. Pero Sonia no. “Hay mucha gente que cree que el latino no tiene la capacidad de hacer las cosas bien”, me dijo en una entrevista en la Corte Suprema de Justicia en Washington. Y luego, en una frase contundente, me da la clave de su éxito: “No me dejé discriminar.”

Sonia Sotomayor es lo más cercano que tenemos en la comunidad latina a una verdadera heroína. Muchos niños y niñas, latinos y no latinos, quieren ser como ella. Pero su vida no fue fácil ni perfecta.

En el libro, Mi Mundo Adorado, la jueza nos cuenta los secretos de la familia Sotomayor. ¿Por qué los expone? le pregunto. “Es la familia de todos nosotros”, me contesta, sin pedir disculpas. “Yo no conozco una familia que es perfecta. No conozco a un individuo perfecto.

Quería que conocieran a la Sonia que es de verdad, que tiene muchas fortalezas y limitaciones.”

Luego de un desmayo a los siete años de edad, Sonia es diagnosticada con diabetes y pronto aprende a ponerse ella misma las inyecciones de insulina, ante la incapacidad o ausencia de sus padres. “El miedo de morir me hizo entender que yo no sabía cuánto tenía en esta vida”, reflexiona, “y que quería hacer todo lo que podía cada día de mi vida.”

Ese deseo de aprender y de vivir al máximo la llevó a devorarse la Enciclopedia Británica y cualquier libro que se cruzara a su paso. Su madre, Celina, le repitió tanto una frase que se le quedó grabada:

“Tienen que obtener una educación; es la única manera de salir adelante en el mundo.” Y así fue.

“La educación abre las posibilidad, no solo de un buen trabajo, sino de crecer como ser humano”, me comentó en un español con un fuerte acento puertorriqueño y muchas veces salpicado de inglés. Está claro que, para ella, el idioma del poder es el inglés y de adolescente, para aprenderlo bien, se propuso memorizar 10 palabras nuevas por día.

Sonia, la del Bronx, se destacó tanto en la escuela que fue becada para asistir a dos de las principales universidades de Estados Unidos. “Me abrieron la puerta en (las universidades de) Princeton y Yale con los programas de acción afirmativa. Esa fue una ayuda tremenda. Pero lo que hice, lo hice yo cuando entré.”

Tras recibirse como abogada, Sonia –quien reconoce haber sido influenciada por la serie de televisión Perry Mason- es nombrada fiscal en Nueva York, trabaja después en una importante firma de abogados y en 1991 es nominada como jueza federal en su estado. En 1997 llega a la Corte Federal de Apelaciones y el 26 de mayo del 2009, en una decisión histórica, el presidente Barack Obama la escoge para una de las nueve posiciones en la Corte Suprema de Justicia. Este será su último trabajo en la vida.

De pequeña a Sonia la apodaron “Ají” por traviesa y revoltosa. Pero también reconoce en su libro que algunos hombres, con quienes ha trabajado, la calificaron de “bruja”. ¿Por qué? “Tengo un carácter fuerte. You don’t push me around. No permito que la gente piense que no tengo valor. Y el valor es el tener orgullo en lo que uno es.”

Sotomayor es muy neoyorquina: es fan del equipo de beisbol de los Yanquis, no espera para cruzar las calles en las esquinas y le gusta que su comida llegue en menos de 15 minutos, como reconoció al diario The New York Times.

También es muy puertorriqueña: “Quiero a mi país de Puerto Rico enormemente. Y digo país en el sentido esotérico, como esa tierra mía.” Pero, ante todo, es latina. “El ser latina es parte de cada partícula de esta piel. Es tanto parte de mí que no hay como separar las dos cosas. No hay una Sonia que no es latina. Y la Sonia que es latina a mí me gusta.”

La principal virtud (y quizás también el principal defecto) de Sotomayor es lo que ella ha llamado “independencia existencial”. Ella aprendió desde pequeña que no podía depender de los adultos y así ha vivido siempre. Un ejemplo. Su ex esposo, Kevin Noonan -con quien estuvo casada solo seis años- le dijo lo siguiente al divorciarse:

“Yo sabía que me querías, pero sentía que no me necesitabas.”

Incluso de sus fracasos, Sonia ha sacado una lección. “Un remedio para el mal de amores, que preparé yo misma, fue aprender a bailar”, escribe en su libro. Y aprendió. Al final de la entrevista para la televisión (este es el link http://youtu.be/ljk961MRhXM) mi productora nos puso música de salsa y para mi sorpresa, la jueza Sotomayor me dijo: “Sí tú te paras a bailar, me paro yo contigo.” Y bailamos.

Ella mucho mejor que yo. Pero es la primera vez en la historia de la Corte Suprema de Justicia que se baila salsa en este sagrado recinto.

Así es Sonia del Bronx. Rompiendo barreras hasta en las cosas más pequeñas. Y con un entusiasmo contagioso. Es imposible no seguirla.

Su hermano Junior tenía razón. El dijo alguna vez: “Sonia vive su vida al máximo. Si muere mañana, morirá feliz.”


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