La invasión

Durante muchos años el país más poderoso del mundo se sintió vulnerable ante los inmigrantes que venían de México. Muchos estadounidenses decían que se trataba de una “invasión” de mexicanos o, peor aún, de una “reconquista” de los territorios que perdió México frente a Estados Unidos en 1848. Bueno, eso se acabó.

Durante 4 décadas México envió a Estados Unidos más inmigrantes que cualquier otro país en la historia. Pero en un hecho que ha tomado a muchos por sorpresa, esa tendencia se ha detenido por completo. Los mexicanos, en lugar de venir a Estados Unidos, se están regresando a México.

El Pew Hispanic Center acaba de reportar que el número de mexicanos en Estados Unidos bajó de 12.6 millones en el 2007 a 11.9 millones en el 2011. Esto es absolutamente inusitado, sobre todo si tomamos en cuenta que en el año 2000, por dar un ejemplo, llegaron a Estados Unidos 770 mil mexicanos. Ya no.

La pregunta de fondo es ¿por qué se están regresando? Aquí, inmediatamente, han salido muchos políticos a dar su sesgada visión de los hechos. El presidente Felipe Calderón se tomó el crédito y dijo que “estamos creando oportunidades de empleo y de educación para los jóvenes en México.”

La realidad es que el gobierno de Calderón no pudo crear un millón de empleos al año, como prometió en su campaña. Y si no pudo dar trabajo y buenas escuelas a miles de jóvenes en México, mucho menos lo ha hecho para los que se regresan de Estados Unidos.

El centro Pew es más objetivo. Los mexicanos en Estados Unidos se están regresando a México debido a “la debilidad del mercado laboral en Estados Unidos y a que no hay trabajo en la construcción, a que hay más vigilancia en la frontera, al aumento de las deportaciones, al creciente peligro de cruzar ilegalmente, a la reducción de la tasa de natalidad en México y a mejores condiciones económicas en México.”(*)

Lo sorprendente de este regreso de mexicanos a su país es que prefieren una nación marcada por la violencia y 50 mil muertos en 5 años a quedarse en Estados Unidos donde se sienten perseguidos y discriminados. Es decir, prefieren arriesgarse a los balazos de los narcos en Michoacán y Sinaloa a los policías actuando como agentes migratorios en Alabama, Georgia y Arizona.

Nunca, en los más de 25 años que llevo viviendo en Estados Unidos, había visto un clima antiinmigrante tan hostil y destructivo como ahora. El presidente Barack Obama ha deportado a más inmigrantes mexicanos que ningún otro mandatario norteamericano, separando a miles de familias.

Los Republicanos han impuesto leyes estatales contra inmigrantes en varios estados, se oponen al Dream Act y a una reforma migratoria, y su candidato presidencial, Mitt Romney, insiste en la ingenua idea de “autodeportar” a millones.

Ser inmigrante es cada vez más difícil en Estados Unidos. La frontera entre ambos países está más segura y vigilada que nunca. Y es un argumento falso el decir que (*) Pew Hispanic: “The standstill appears to be the result of many factors, including the weakened U.S. job and housing counstruction markets, heightened border enforcement, a rise in deportations, the growing dangers associated with illegal border crossings, the long-term decline in Mexico’s birth rates and broader economic conditions in Mexico.”

Se necesita proteger la frontera antes de pensar en una legalización de indocumentados.

Es posible que el número de mexicanos en Estados Unidos vuelva a aumentar cuando terminé aquí la crisis económica y se vuelva a necesitar, como antes, su mano de obra. Pero por ahora la tasa es cero o menos.

Este es, entonces, el momento perfecto para una reforma migratoria. Ya que se tiene controlada la frontera y se ha reducido el número de mexicanos, es necesario ayudar y legalizar a los 11 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos. Seguir haciéndoles la vida imposible es injusto e inhumano.

Los países verdaderamente grandes se miden por la manera en que tratan a los más vulnerables, no a los más poderosos. Es una contradicción enorme el que Estados Unidos tenga en su declaración de independencia que todos somos iguales y que, al mismo tiempo, trate tan mal y de una forma denigrante a millones de inmigrantes.

No hay invasión ni reconquista. Lo que sí hay es un odio horrible e injustificado en contra de los que tanto hicieron por sacar adelante a Estados Unidos en sus momentos más difíciles.


Somos muchos, pero no tenemos nombre

Haga el siguiente experimento: junte en Estados Unidos a cinco hispanos o latinos y pídales que se identifiquen. El resultado será, inevitablemente, una ensalada de culturas, razas y orígenes. Lo que pasa es que los hispanos no sabemos cómo llamarnos.

Mi hijo, por ejemplo, es puertocubanomexicanoamericano. Aunque él simplemente se identifica como un ‘American’ nacido en Miami y que prefiere hablar inglés. Yo, en cambio, me identifico como un inmigrante nacido en México, adoptado generosamente por Estados Unidos, que prefiere hablar español, con un pasaporte verde y otro azul, y el insólito derecho a votar en dos países.

Lo sé. Esto de las definiciones es divertido y natural (para nosotros) y frustrante y confuso (para los otros).El Pew Hispanic Center acaba de sacar un maravilloso e ilustrativo estudio que confirma lo que todos escuchábamos en la casa y en la calle: que la mayoría de los hispanos o latinos no se quiere llamar a sí mismos hispano o latino.

Aproximadamente 51 por ciento de los hispanos en la nación prefiere identificarse según el país de origen de su familia – mexicano, cubano, dominicano, puertorriqueño, etcétera – en lugar de recurrir a términos pan-étnicos. (El estudio está disponible en bit.Ly/HfQAGo.)Sólo un 24 por ciento de los encuestados dijo que emplea más frecuentemente la designación ‘hispano’ o ‘latino’, según Pew.

Además, apenas 21 por ciento dijo que prefiere describirse como ‘americanos’ (lo que causa horror entre los conservadores de derecha más extrema en este país, estoy seguro). Esto no significa, sin embargo, que no deseemos ser estadounidenses, ni que deseemos crear una nación separada dentro de ésta.

Amamos a este país, y nos integramos muy rápidamente. Setenta y nueve por ciento de los encuestados dijo que “si tuvieran que hacerlo de nuevo”, vendrían a Estados Unidos.En mayor grado que algunos grupos de inmigrantes que llegaron antes que nosotros, los hispanos hemos logrado mantener muchas de las costumbres y tradiciones culturales, incluyendo nuestra religión y días de fiesta. La característica primaria que nos une, por encima de todo, es el lenguaje español.

Noventa y cinco por ciento de los hispanos entrevistados por Pew cree que es importante que las generaciones futuras sigan hablando español (aunque 87 por ciento también creemos que si deseamos tener éxito, los inmigrantes en Estados Unidos debemos aprender inglés).El término ‘hispan’ quizá haya sido útil en su origen, pero ha dejado de serlo.

El gobierno estadounidense puso en práctica este término general en la década de los 70, como reacción al incremento en nuestro número generado por el flujo de inmigrantes latinoamericanos después de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, ser llamado ‘hispano’ es, para muchos, como tener que vivir con un nombre que no les agrada particularmente. (Yo, sin duda, sé cómo se siente eso: fui bautizado como ‘Jorge Gilberto’, pero odio ‘Gilberto’ y nunca lo uso.) ¿Podemos, entonces, cambiar el nombre colectivo que nos han dado? ¿Y cambiarlo a qué? Jesse Treviño, un periodista en Texas y exescritor de discursos en la Casa Blanca, cree que sí es posible.

“Para mí, ‘hispanolatino’ es suficiente” escribió en su sitió, HispanicLatino.com, donde está reuniendo apoyo para un cambio de nombre. “Acomoda a todos, combina todo. De hecho, el futuro muy posiblemente demande que nos hagamos más hispanolatinos y más americanos simultáneamente”. Su objetivo es generar unión dentro de una comunidad marcada por sus diferencias políticas y culturales.

Pero todavía no hay ningún político importante a nivel nacional que use ese término. La verdad es que somos muy difíciles de clasificar; venimos de muchos países y por razones muy distintas. Mexicanos y centroamericanos están preocupados por la cuestión migratoria y suelen votar por el partido Demócrata.

No es el caso de los cubanos, que votan Republicano y que llevan más de cinco décadas dedicados a terminar con el régimen de Fidel y Raúl. Y aunque todos compartimos el español a veces ni siquiera nos ponemos de acuerdo en cómo llamar las cosas más sencillas. Es delicioso – e imposible de entender para los que aprenden español – que un autobús sea ‘guagua’ para los cubanos y que ‘guagua’ sea un bebé para los chilenos.

Además somos de todas las razas. En el Caribe, Colombia y Venezuela hay una enorme influencia africana. Hay presencia indígena en prácticamente todos los países del continente. Decir hispano no es suficientemente específico. La necesidad de una especificidad más allá de un término genérico también se está tornando necesaria con respecto a supuestos que se hacen en los medio de comunicación acerca de la etnicidad.

Vea los artículos noticiosos posteriores a la muerte de Trayvon Martin, un adolescente de Florida que murió al ser baleado por George Zimmerman, miembro de un grupo de vigilancia de barrio, que aseguró haber actuado en defensa propia. Zimmerman fue identificado originalmente como un hombre blanco, y después como un hombre hispano.

Ahora los medios lo describen como ‘hispano blanco’ porque su madre es peruana. Como bien dijo el Pew Hispanic Center en su reporte, las etiquetas no funcionan y cuatro décadas después de imponerse burocráticamente el término ‘hispano’ todavía la mayoría no lo quiere usar.Somos muchos – quizá muchos más de los 50 millones que dice el censo, porque los indocumentados no suelen contestar cuestionarios y porque muchos habitantes de este país no se quisieron identificar como ‘hispano’ o ‘latino’ – pero todavía no tenemos un nombre que nos guste. Quizá tendrán que pasar otros cuarenta años más para que nos pongamos de acuerdo.


El candidato enfermo

Hugo Chávez no es un candidato normal. Controla prácticamente todo en Venezuela -incluso al organismo que contará los votos en las elecciones presidenciales del 7 de octubre- y aspira a quedarse un par de décadas más en el poder. Pero hay un problema: tiene cáncer.

Su anuncio desde la Habana, donde fue operado por segunda ocasión, me sorprendió. Nunca había visto que alguien se alegrara tanto porque le encontraron un tumor maligno. Pero está claro que Chávez quiere dar la impresión que está curado, que no hay metástasis, que sí podrá hacer campaña electoral y que gobernará hasta el final de los tiempos.

Sin embargo, la realidad es esta: Chávez es un candidato enfermo. ¿De qué exactamente? Bueno, esa es otra cuestión.

“Cuando uno es presidente de un país, la vida privada de uno ya no le pertenece”, me dijo en una entrevista Henrique Capriles, el gobernador del estado Miranda y candidato único de la oposición, cuando le pregunté si él sabía de qué estaba enfermo el presidente Chávez. “Estos son temas que deben manejarse con la más absoluta transparencia. Esto se ha manejado siempre con una dificultad en la información, a cuentagotas.”

Pero Capriles, de 39 años y que irradia esa personalidad casi hiperactiva del que no necesita muchas horas de sueño, fue más allá. La Repúblicana Bolivariana no es pareja con todos. “¿Qué puede esperar nuestro pueblo si el jefe de estado, la persona que tiene mayor poder en el país, dice que tiene una enfermedad –cáncer- y dice que en el país no están dadas las condiciones para atender su salud?

¿Qué queda para el ciudadano común? ¿Qué puede pensar si el presidente tiene que ir a atenderse a otro país?” Twitter es muy chismoso. Es muy útil para enterarse de las últimas noticias pero es poco confiable para saber del secreto mejor guardado del estado venezolano. Capriles, por ahora, ha decidido creer la versión oficial.

“Yo soy cristiano”, me dijo, vía satélite desde Caracas. “Valga la palabra (de Chávez) por delante. A mí me costaría creer que una persona sería capaz de jugar con su salud. Yo deseo que tenga una pronta recuperación y larga vida. El es la persona que me gustaría enfrentar en las elecciones de octubre. Queremos que él pueda ver con sus propios ojos los cambios que vamos a generar en Venezuela.”

No tan rápido. La última encuesta de la empresa Hinterlaces y publicada por la agencia EFE le da una clara ventaja a Chávez (52%) frente a Capriles (34%). La encuesta fue realizada luego de la selección de Capriles como candidato de la oposición. Pero él le restó importancia. “Nosotros tenemos una última foto”, aclaró. “En las últimas elecciones que hubo en nuestro país, el gobierno llegó a un 48 por ciento y nosotros obtuvimos un 52 por ciento.” Y el ex alcalde de Baruta cree que ese resultado se puede repetir en las votaciones presidenciales.

Si Chávez utiliza la confrontación y el insulto para atacar a sus opositores, Capriles prefiere la diplomacia y la lógica. Hace unas semanas Chávez le dijo lo siguiente a su contrincante político: “Por más que te disfraces, majunche, tienes rabo de cochino, tienes oreja de cochino, roncas como un cochino, eres un cochino.” Pero Capriles no le contestó. Esa es su estrategia.

“Yo no voy a contestar insultos y calificaciones”, me explicó. “Los venezolanos estamos cansados de la confrontación, de la pelea estéril; de utilizar la confrontación para ocultar los verdaderos problemas que tenemos en nuestro país. Venezuela es el país más violento de toda nuestra América. Tenemos la mayor tasa de inflación y problemas de empleo e inversión, en escuela y hospitales. Imagínate que perdiera yo el tiempo contestando insultos.”

Además de que esa es la preferencia de Capriles, está el riesgo político de atacar personalmente a alguien que está enfermo. Podría perder votos por parecer insensible y aprovechado.

Creo que Hugo Chávez no es un demócrata. Sí, ha ganado elecciones pero ha destruido el balance del poder en Venezuela, ha abusado de su puesto y hecho las leyes a su antojo, ha regalado a su discreción el principal patrimonio nacional –el petróleo- y ha fallado la prueba de fuego.

Y esa es: ¿está hoy mejor Venezuela que hace 13 años? La respuesta inequívoca es no. Basta ver los altísimos niveles de criminalidad e inflación -que están entre los peores del continente- y la división en la que ha sumido a su nación.

Así que es preciso ganarle por las buenas y con votos. De ninguna otra manera. La verdadera muerte política de Chávez vendrá cuando sus opositores demuestren que no es indispensable y que Venezuela puede funcionar perfectamente sin él.

Chávez está herido, física y políticamente, pero va a luchar hasta el final y hasta su última gota de energía. Estos especímenes autoritarios no funcionan a medias. América latina ha parido a muchos caudillos así y lo quieren todo, todo el tiempo.

Chávez sabe que no hay chavismo sin él y, aún enfermo, su único interés está en mantener y acumular su poder y en colarse en la historia. Como me dijo hace poco el ex presidente de Perú, Alan García, hay políticos que no buscan dinero ni nada sino la gloria. Chávez es de esos.

El candidato enfermo no se dará por vencido. Ni con cáncer. Nunca lo hará. Quiere asegurarse que vivirá para siempre. Twitter @ jorgeramosnews


Por qué ningún partido habla nuestro lenguaje

Por Jorge Ramos Avalos

Publicado en la Revista TIME (marzo 5, 2012)

Nadie puede culpar a los latinos por sentirse solos o por sentir que viven en una nación dentro de otra. Tanto el partido Demócrata como el Republicano han fracasado en su intento de entender y conectar con nosotros. Hay 12 millones de votantes hispanos en busca de un candidato que los represente pero, hasta el momento, no lo han encontrado.

El presidente Barack Obama rompió una importante y simbólica promesa de campaña. Y parece que los Republicanos están haciendo un esfuerzo extraordinario para perder el voto hispano.

Si los Republicanos no pueden conseguir al menos el 33 por ciento del voto hispano, no van a recuperar la presidencia. Desde Ronald Reagan, todos los candidatos Republicanos que obtuvieron más de la tercera parte del voto latino ganaron su elección. Y todas las encuestas sugieren que Mitt Romney, Rick Santorum o Newt Gingrich no se podrían acerca a esas cifras para noviembre.

Los Republicanos están en camino de perder las elecciones presidenciales porque han rechazado todas las propuestas razonables para resolver el problema de la inmigración indocumentada. Por primera vez en una generación, los Republicanos tendrán a un candidato presidencial que no apoya un camino a la ciudadanía para los indocumentados.

Reagan, Bush, padre e hijo, y McCain apoyaron un plan de legalización. Pero el rechazo actual de los Republicanos a una reforma migratoria y a siquiera considerar el Dream Act para estudiantes es la fórmula perfecta para perder al grupo de votantes de más rápido crecimiento en Estados Unidos.

A pesar de lo anterior, el tema migratorio no es el más importante para los latinos, según las encuestas. Están más preocupados por conseguir un buen trabajo, escuelas para sus hijos y tener acceso a doctores y hospitales. Pero sí hay que reconocer que el asunto de los inmigrantes indocumentados es muy, muy personal para nosotros. Es un símbolo.

Si tú atacas a los indocumentados, nos estás atacando a todos. Ellos son nuestros vecinos y compañeros de trabajo, sus hijos van a la escuela con nuestros hijos y pelean en las guerras por nosotros, toman los trabajos que nadie más quiere, pagan impuestos y, en general, hacen de Estados Unidos un mejor país.

Pero empecemos por lo básico. Por principio no les llamen “ilegales”. Ningún ser humano es “ilegal” y hacerlo demuestra mucha hipocresía y una doble moral. Nadie le llama “ilegales” a las compañías norteamericanas que contratan a indocumentados. Las palabras importan. Hay que cuidarlas.

Segundo, nadie se cree los discursos de los Republicanos de que hay que asegurar aún más la frontera con México. El número de indocumentados ha bajado de 12 millones a 11 millones según el Pew Hispanic Center. Las ciudades a lo largo de la frontera con México son algunas de las más seguras de toda la nación. Y la idea de un muro es absurda. ¿Para qué quieren muros tan altos cuando cuatro de cada 10 indocumentados llegan por avión, con una visa, y luego se queda?

Tercero. Si su plan es hacer de los Estados Unidos un lugar tan represivo y tan poco hospitalario para los inmigrantes –como las nuevas leyes antiinmigrantes han hecho de Alabama y Arizona- olvídense del voto latino.

Los Republicanos están desaprovechando una oportunidad histórica para recuperar el voto de los hispanos. Los latinos están muy desilusionados con el presidente Barack Obama porque él rompió una importante promesa de campaña. “Lo que sí puedo garantizar es que tendremos en el primer año una propuesta migratoria que yo pueda apoyar con fuerza”, me dijo en una entrevista en Denver el 28 de mayo del 2008. Pero rompió su promesa. Los latinos le llaman “La promesa de Obama”. No cumplió su palabra.

Además de eso, el gobierno de Barack Obama es responsable por la separación de miles de familias hispanas cuyos hijos son ciudadanos de Estados Unidos. Obama ha deportado a más inmigrantes –más de 1.2 millones- que cualquier otro presidente en la historia. Y aunque últimamente sus políticas migratorias se han concentrado en deportar a criminales, su programa de Comunidades Seguras ha afectado negativamente a muchos trabajadores inocentes que no han cometido ningún crimen.

“Los latinos”, decía Ronald Reagan, “son Republicanos pero todavía no lo saben”. De hecho los latinos comparten con los Republicanos muchas cosas: se oponen al aborto, desconfían de los gobiernos que abusan de su poder y tienen valores familiares y religiosos muy tradicionales.

Los Republicanos podría haber usado estas similitudes con los latinos –y atacar la contradictoria política migratoria de Barack Obama- para crear una nueva alianza con los hispanos. Pero no lo hicieron. Echaron todo a perder.

Los latinos no tienen la representación política que se merecen. Deberíamos tener al menos 15 senadores pero solo tenemos dos. Somos 50 millones y seguimos creciendo. Y muy pronto tendremos a nuestro propio presidente. El primer presidente hispano.

Mientras tanto, los latinos tenemos la difícil decisión de tener que votar por un presidente que rompió una importante promesa o por un candidato Republicano que no nos entiende ni respeta. No se suponía que fuera así; el 2012 iba a ser el año de la esperanza hispana.

Twitter @ jorgeramosnews


Internet libre libre libre

Estamos mal acostumbrados a ser totalmente libres en la internet, a decir lo que queramos sin consecuencias, a conseguir gratuitamente cualquier información, a bajar videos y canciones sin costo, a que no haya censura y a destruir en Twitter y Facebook la reputación de cualquiera que proponga restricciones cibernéticas. Pero hay notables esfuerzos de gobiernos autoridades en todo el mundo para tratar de restringir nuestra libertad internetiana.

Las rebeliones en Túnez, Egipto, Libia y Siria han sido posibles gracias al poder multiplicador de Twitter. Un grito de protesta se convierte en millones con un click del celular. Hace cinco años había el mismo descontento en esos países pero no había Twitter.

Las protestas estudiantiles en Chile, los indignados de España, y los manifestantes por la paz en México tienen en la internet su principal aliado. Ya no hay un Pinochet, un Franco o un PRI que censure, detenga y mate por decir en voz alta lo que se dice en la cama y en la cocina.

Las redes sociales le han dado un medio de comunicación a cada ciudadano. Esto es nuevo y bienvenido. Los cantantes, escritores y políticos que tanto decían saber lo que quería la gente ya no tienen especular e inventar; basta con que lean en su laptop lo que dicen de ellos –incluyendo los insultos más burdos y los chismes más disparatados- en tiempo real sus fans, lectores y gobernados. Esto es retroalimentación a la N potencia.

Pero nos equivocamos al creer que la internet es totalmente libre. De hecho, es más libre en algunos países que en otros. Traten de hablar, por ejemplo, de la represión en el Tibet y verán como el gobierno chino bloquea esos mensajes en mandarín y cantonés. Los comentarios anticastristas de la valiente periodista Yoani Sanchez son tolerados en Cuba debido a que muy pocos cubanos pueden leer su blog y sus tweets dentro de la censurada isla. Y la dictadura Siria está bloqueando los videos de su represión contra opositores en la que ya se llama “la primera guerra por youtube.”

En Arabia Saudita está en la cárcel un periodista de 23 años, Hamza Kashgari, por escribir cuatro tweets dirigidos al profeta Mahoma. En uno dice: “He amado tu rebeldía.” En otro: “No me gustan los halos de divinidad en torno a ti. No debería rezar por ti.” Bueno, por eso Kashgari fue arrestado, mientras trataba de escapar via Malasia, y enfrenta la pena de muerte en la horca por “blasfemia”. Hay una campaña mundial para salvar su vida.

En Alemania está prohibido publicar por cualquier medio de información que defienda o promueva el movimiento Nazi. Muchos países castigan fuertemente cualquier tipo de pornografía infantil cibernética y hay constantes presiones gubernamentales para evitar que sitios de internet se conviertan en prostíbulos virtuales. Y tanto el congreso de Estados Unidos como el de México han considerado nuevas leyes contra la piratería cibernética.

En Corea del Sur acaban de acusar formalmente a un activista de 23 años de edad por retwitear varios mensajes del gobierno comunista del Corea del Norte. Lo que para él fue un caso de “sarcasmo” y de libertad de expresión, el gobierno surcoreano lo considero como difusión de propaganda enemiga. Y ni se les ocurra hablar mal del rey de Tailandia.

Acabo de pasar unos días en Bangkok y hay fotografías del rey Bhumibol Adeulyadej por todos lados. Sorprende, sin embargo, que nadie crítica al rey en Tailandia a pesar de haber estado en el poder 65 de sus 84 años de edad. Insultar al rey significa cárcel. Esa es la ley dentro y fuera de las redes sociales. La rebeldía cuesta caro en Tailandia.

La realidad es que Twitter, Facebook, Google y YouTube, entre otras empresas, prohíben mensajes e información catalogada como “ilegal” por distintos gobiernos. Twitter, en un esfuerzo por ser más transparente que otras compañías, tiene una nueva política en que avisa cuando borran un comentario (reemplazándolo por un mensaje que diga Tweet Withheld).

Pero si esta política de censura de Twitter se hubiera impuesto antes de la primavera árabe, no estoy tan seguro que el dictador Hosni Mubarak estaría ahora en una cárcel en Egipto y Mohamar Kadafi muerto. Twitter puede tumbar dictadores y monarquías y por eso a sus regímenes les interesa restringirlo.

La tecnología es neutral. La energía atómica puede generar electricidad en millones de casas o destruir las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Todo depende de cómo se use. Lo mismo ocurre con la internet. La gran diferencia es que el uso de las armas y tecnología nuclear sigue en manos de los gobiernos mientras que las redes sociales están ya por todos lados y da la impresión que nadie las controla.

La idea de una Internet absolutamente libre es muy atractiva y hasta revolucionaria. Estoy a favor de limitaciones mínimas; para proteger a niños de la pornografía, evitar el tráfico de seres humanos y proteger el trabajo intelectual y artístico. Pero me preocupan mucho los nuevos esfuerzos por limitar políticamente la Internet y las redes sociales.

Las democracias del futuro dependen de un flujo libre de información y de un debate totalmente abierto.

¿Internet libre, libre, libre? Sí, sí, sí.


Josefina: “no sere mas de lo mismo”

Josefina Vázquez Mota quiere hacer historia. Brasil, Chile, Argentina, Costa Rica, Nicaragua y Panamá han tenido mujeres en la presidencia. México no y Josefina, como muchos le dicen, quiere ser la primera. Pero sabe que ser mujer no es suficiente para ser presidenta.

“Ser mujer, sin duda, es un desafío en México”, me dijo al comenzar la entrevista la candidata del Partido Acción Nacional (PAN) a la presidencia, reconociendo los problemas de machismo y discriminación en el país. “Pero confío en que seré la primera presidenta de México.”

El principal problema de Josefina no es de género. Tiene nombre y apellido: Felipe Calderón. Muchos mexicanos no están dispuestos a darle 6 años más al PAN –ya lleva 12 en el poder- y quieren a alguien diametralmente opuesto al presidente Calderón, responsable de una política anti-narco que ha generado más de 50 mil muertos.

Pero cuando le pregunté a Vázquez Mota si estaría dispuesta a calificar como un fracaso esa política y romper con Calderón, no quiso hacerlo. “Yo no soy ni seré más de lo mismo”, me contestó, “lo cual no significa romper con el presidente Felipe Calderón…En la agenda de seguridad y de justicia, transitaré a una segunda fase con mejores policías, con una mejor impartición de justicia y cadena perpetua a los políticos cómplices del crimen.”

Esta es una contradicción que Josefina tendrá que resolver si quiere ganar. No quiere ser “más de lo mismo” pero esa es precisamente la impresión que da al negarse a romper con Calderón.

La primera vez que hablé con Josefina, el 7 de marzo del 2011, se destapó: “Sí quiero”, me dijo tras preguntarle si buscaría la presidencia. Era la primera vez que lo decía y tenía todo en contra. Incluso al mismo presidente que apoyaba a otro candidato, Ernesto Cordero. Pero ganó la nominación de su partido y tras cientos de entrevistas, ya aprendió a hablar en “sound bites”.

Ya tampoco cae en trampas fácilmente. Se rehusó a llamar tonto o ignorante al candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, como famosamente lo había hecho antes el escritor Carlos Fuentes. Pero fue igual de dura al hablar del puntero en las encuestas. Peña Nieto “es un hombre que no conoce a fondo los problemas del país y que tiene muchos compromisos”, me dijo.

Pero Peña Nieto se ha convertido en un candidato Teflón; todo se le resbala. No supo decir cuáles eran los tres libros que más lo influyeron. Tampoco pudo explicar con claridad de qué murió su primera esposa ni sabía cuál era el salario mínimo o el precio de las tortillas. Y a pesar de esos grandes errores mediáticos, sigue adelante en las encuestas.

¿Cómo lo explica? “Esa brecha se ha cortado y la campaña no ha empezado aún”, me dijo. “Peña Nieto ha perdido puntos y ha demostrado su vulnerabilidad”. Ella está dispuesta a debatir “abiertamente y las veces que sea necesario” con Peña Nieto y con el candidato del Partido de la Revolución Democrática, Andrés Manuel López Obrador.

Otros temas. Vázquez Mota se mostró abierta a una tercera o cuarta cadena de televisión. “México debe abrir competencia, no solo en esto, sino en otros mercados. Es indispensable. Si queremos un país próspero y un país más justo, la competencia tiene que darse prácticamente en todos los sectores.”

Sobre los casinos, que son usados por narcotraficantes para lavar dinero, “tenemos que revisar a fondo esa normatividad”, me explicó. “No pueden ser espacios de corrupción ni de impunidad o de lavado de dinero.”
Vázquez Mota, católica y de misa los domingos, está en contra de los matrimonios entre homosexuales -para ella el matrimonio es solo entre un hombre y una mujer- y en contra del aborto. Pero ese es un tema que duele. El año pasado hubo 800 mil abortos clandestinos en México, según cálculos de la organización CLACAI (Consorcio Latinoamericano Contra El Aborto Inseguro).

“Lo que yo quiero confirmar nuevamente es que estoy a favor de la vida”, me dijo, “pero estoy absolutamente en contra –y esto quiero dejarlo muy claro- que se criminalice a las mujeres.” Muchas mujeres en México han sido perseguidas y hasta encarceladas tras someterse a abortos.

Josefina ha aprendido a no prometer mucho. Vicente Fox me dijo que crearía un millón de empleos al año y no cumplió. Felipe Calderón me dijo que sería “el presidente del empleo” creando más de un millón de trabajos anuales y también rompió su palabra. Ella ya no pone cifras pero en cambio habla de tres prioridades: “una educación de calidad, fortalecer el mercado interno y una reconstrucción de la paz en el país.”

Cada vez que una mujer se lanza a la presidencia surge el nombre de Margaret Thatcher. Su esposo Sergio, un ingeniero en informática y padre de sus tres hijas, ha guardado un perfil muy bajo, al igual que el esposo de la ex primera ministra británica. ¿Quiere ella ser la dama de hierro de México? Su aspiración, más bien, es un balance entre la fuerza y la compasión.

“Yo quiero ser una presidenta fuerte, decidida, valiente. Yo seré una digna comandante en jefe de las fuerzas armadas. Y al mismo tiempo, sabré cuidar a las familias con la sensibilidad que se requiere. Habrá fuerza pero habrá también comprensión.”

El reto ya está escrito. Si Josefina quiere ser la primera presidenta de México, primero tendrá que separarse del legado funesto de Felipe Calderón y de sus muertos. Y luego está obligada a ganarle a la bien aceitada maquinaria priísta de Enrique Peña Nieto, que busca la revancha. Si sobrevive políticamente a estos dos desafíos, Josefina Vázquez Mota habrá recibido el mejor entrenamiento posible para el que es, sin duda, uno de los trabajos más difíciles del mundo.


Newt y Mitt llegan tarde a la fiesta

Sin el voto latino ni Newt Gingrich ni Mitt Romney podrán llegar a la Casa Blanca. Esa es la nueva regla de la política en Estados Unidos. Y como van las cosas, a menos que cambien su postura sobre los indocumentados, ambos van en camino a perder frente a Barack Obama.

Entrevisté a Gingrich y a Romney recientemente y por separado en un foro organizado por Univision, la Cámara Hispana de Comercio y el Miami Dade College, y sus estilos son diametralmente opuestos.

Romney llegó por detrás del escenario y se fue por el mismo lugar sin tomarse fotos con los asistentes. Cuando respondió preguntas de la audiencia, se paró y nunca se movió del mismo lugar. Casi no improvisa respuestas y la audiencia nunca se prendió. El ex gobernador de Massachussets se mantiene siempre en su mensaje. Su equipo de comunicación y de seguridad no tiene nada que pedirle al del presidente Obama. Es más, Romney se comporta casi como presidente.

Gingrich es mucho más informal e imprevisible. Entró por el centro de la audiencia, hizo un saludo en español y antes de partir se tardó casi 20 minutos tomándose fotos con todos los asistentes.

Disfruta el intercambio de ideas, tanto que a veces habla de más. Sabe entusiasmar a su audiencia y se conecta emocionalmente con ellos. Su campaña no tiene la disciplina ni el dinero de la de Romney. Y se nota: llegó con muchos menos asistentes y guardaespaldas que Romney. Gingrich se comporta como…Gingrich.

A Romney le pregunté cuánto dinero tenía y, como suele ocurrir con la gente muy rica, no supo darme una cifra exacta. “Bueno, es entre 150 millones de dólares y unos 200 millones, algo así. Esos son los cálculos” y luego me explicó que él no había heredado nada del dinero de sus padres.

A pesar de que el padre de Romney nació en México él no se considera latino. “No creo que la gente pensaría que soy honesto si les dijera que son mexico-americano”, me dijo y agregó con humor: “Pero agradecería si se lo dejaras saber a la gente.”

Romney cree que Dios hizo a Estados Unidos para liderar el mundo y así lo ha repetido en, al menos, dos ocasiones. Ese tipo de comentarios, desde luego, no han caído bien en el resto del mundo donde han sido catalogados como arrogantes e ignorantes.

A Gingrich tenía que preguntarle si no fue hipócrita el criticar y perseguir legalmente al entonces presidente Bill Clinton por su affair con Mónica Lewinsky. Cuando Gingrich era el líder del congreso él tuvo, al mismo tiempo que Clinton, una relación fuera del matrimonio con su actual esposa, Calistra.

“Yo no hice lo mismo”, me contestó. “Yo nunca mentí bajo juramento. Nunca cometí un crimen. Y él sí lo hizo.” El asunto, desde luego, no es una cuestión legal sino moral. Pero Gingrich no consideró que su actitud era de hipocresía.

Desde luego, los dos candidatos sabían que les preguntaría sobre su política migratoria. Muchos hispanos los ven a los dos como antiinmigrantes y antilatinos por rechazar una reforma migratoria –que legalizaría a 11 millones de indocumentados- y por oponerse al Dream Act –que daría residencia legal a unos 2 millones de estudiantes que llegaron aquí muy pequeños con sus padres.

Gingrich -que había acusado de “antiinmigrante” a Romney en un comercial de radio- me dijo que era una “fantasía” su plan de “auto-deportación” de millones de indocumentados. “Mitt Romney no va a conseguir que el país acepte la idea de expulsar a abuelas y abuelos.”

Romney cree que si se implementa un estricto programa de identificación de las personas que sí pueden trabajar legalmente y se sanciona con dureza a los que contraten indocumentados “con el tiempo, la gente (sin documentos) ya no estará atraída a quedarse aquí porque no pueden encontrar empleo: y eso es lo que se llama “auto deportación”.

En cambio, la política migratoria de Gingrich se ha suavizado. Aunque es un fiel seguidor de Ronald Reagan –que en 1986 dio una amnistía a tres millones de personas- él no le daría la ciudadanía a los indocumentados pero sí la residencia a aquellos que llevaran viviendo en el país, sin cometer un crimen, por más de 20 años.

Pero lo novedoso del plan de Gingrich es que ofrecería un “permiso de trabajo” a los indocumentados que llevan en Estados Unidos menos de 20 años. Cuando le dije que las actuales leyes no permiten eso, me respondió: “Podemos aprobar una nueva ley que les permitiría a los indocumentados un permiso de trabajo.”

Es decir, Gingrich no ofrece ni residencia ni ciudadanía a la mayoría de los indocumentados pero sí “un permiso de trabajo” y poco de esperanza.

Y ese poquito de esperanza es lo que necesitan darle los Republicanos a 12 millones de votantes latinos para no perder la próxima elección. Cualquier candidato Republicano necesita al menos una tercera parte de los votos latinos para llegar a la Casa Blanca. Y la última encuesta de Univision, ABC y Latino Decisions indica que Obama le ganaría fácilmente el voto latino a Romney (67% contra 25%) y a Gingrich (70% contra 22%).

Tanto Romney como Gingrich se han tardado mucho en entender la importancia del voto latino. Lo que han dicho en la campaña para obtener la nominación Republicana les ha hecho mucho daño entre los hispanos. Y es muy posible que, aunque ahora cambien de discurso, lleguen demasiado tarde a la fiesta.


Se acabo del amor

Estos son otros tiempos. Hace cuatro años los candidatos Republicanos a la presidencia de Estados Unidos se morían por los votantes latinos. Les hacían promesas, los enamoraban y hasta trataban de pronunciar una o dos palabritas en español. Pero ahora ya ni siquiera tratan. Se acabó el amor.

Parece ser que los candidatos Republicanos quieren llegar a la presidencia sin el apoyo de los latinos. Pero eso, temo decirles, es imposible. La nueva regla de la política norteamericana es que nadie puede llegar a la Casa Blanca sin el voto latino. Punto.

Y los candidatos Republicanos están haciendo todo lo posible para perder el voto latino. Suenan como las voces antiinmigrantes más radicales –Joe Arpaio, Tom Tancredo, Pat Buchanan y Pete Wilson- y así han asustado a millones de hispanos.

Ninguno está a favor de una reforma migratoria que legalizaría a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Es más: ni siquiera se atreven a decir exactamente qué harían con ellos. Algunos, absurdamente, hasta sugieren expulsarlos en masa. Tampoco favorecen, con notables excepciones, el Dream Act, que legalizaría a los estudiantes indocumentados que terminen dos años de universidad o que se metan a las fuerzas armadas.

No es que la cuestión migratoria sea la más importante para los votantes hispanos. No lo es. La economía, la educación y la salud son asuntos más vitales, según varias encuestas. Pero la migración sí es un tema simbólico y emocional. Nos dice, como latinos, quien está con nosotros y quien está contra nosotros.

La migración, para nosotros los latinos, no es una cuestión abstracta. Todos conocemos, vivimos e interactuamos diariamente con indocumentados. Son nuestros amigos, nuestros vecinos y compañeros de trabajo; son los que limpian nuestras casas y cuidan a nuestros hijos, los que nos atienden en hoteles y restaurantes; son tíos, parejas, van a clase con nuestros niños en la escuela. Los queremos y nos quieren. Así que atacarlos a ellos es igual que atacarlos a nosotros.

Y eso es precisamente lo que han estado haciendo los candidatos Republicanos: atacar a los indocumentados. Eso es sinónimo de atacar (y no comprender) a la comunidad latina en general. Qué curioso: lo que le permitirá a un Republicano ganar la nominación de su partido le costará la elección general. Es una simple cuestión de números.

Los latinos somos más del 15 por ciento de la población. En Estados Unidos hay más gente de apellido García, Rodríguez, Martínez o López que apellidados Anderson, Taylor, Johnson o Harris.

Se calcula que al menos 12 millones de votantes hispanos irán a las urnas el martes 6 de noviembre. (Esto será un aumento de los 9.7 millones de latinos que votaron en el 2008 y el 7.6 millones en el 2004.) El presidente Barack Obama, no queda la menor duda, ganará otra vez el voto latino. Obtuvo el 67 por ciento de los votos hispanos hace 4 años. Históricamente el partido Demócrata siempre ha tenido más votos latinos que el Republicano.

Pero los Republicanos no necesitan tantos votos latinos para ganar la presidencia. Necesitan solo uno de cada 3 votos. Pero si siguen con su retórica antiinmigrante ni siquiera conseguirán eso.

Esta es la simple historia. Todo candidato Republicano que obtenga 33 por ciento del voto hispano o más gana la Casa Blanca. Ronald Reagan ganó en 1984 con el 37 por ciento del voto hispano, George Bush padre en 1988 con el 33 por ciento, y George W. Bush con 34 por ciento en el 2000 y 44 por ciento en el 2004.

John McCain apenas consiguió el 29 por ciento del voto hispano en el 2008 y perdió. Y la última encuesta del Pew Hispanic Center indica que Mitt Romney, quien va adelante en las encuestas y en delegados, apenas tiene el 23 por ciento. Así va a perder la Casa Blanca.

Romney se echó encima a los latinos cuando dijo que, si ganara la presidencia, vetaría el Dream Act. Y rápidamente fue puesto en la lista de los que atacan a los latinos. Romney, estrictamente, es mexicoamericano; su padre nació en México y vino a Estados Unidos a los 5 años de edad.

Con esta interpretación, Romney podría ser el primer presidente hispano. Pero lo sorprendente es que Romney no ha demostrado ningún interés por utilizar a su favor sus raíces mexicanas ni por ganar el voto hispano.

Una aclaración. Los latinos también están muy molestos con el presidente Barack Obama. Primero, porque no cumplió su promesa de presentar una propuesta migratoria durante su primer año de gobierno. Y segundo, porque ha deportado a más indocumentados que cualquier otro presidente en la historia; más de un millón.

Sin embargo, Obama ha hecho su esfuerzo por ganar el voto hispano. Está abiertamente a favor de una reforma migratoria y del Dream Act, y recientemente hizo un cambio en la ley que hará más fácil y rápido que ciudadanos norteamericanos soliciten a hijos o padres indocumentados sin que esperen fuera del país tres años o más.

Los Republicanos se la pusieron fácil a los Demócratas. El votante hispano tiene que escoger entre el que dice que los apoya, aunque no haya cumplido (Barack Obama) frente al que los ataca (cualquiera de los candidatos Republicanos). Y están prefiriendo al presidente, de acuerdo con todos los sondeos.

Los Republicanos están desperdiciando una oportunidad histórica para ganar el voto hispano. Bastaba suavizar un poco su postura migratoria –como ofrecer residencia sin ciudadanía- y enfatizar que comparten con los latinos ciertos valores, como su rechazo al aborto, la importancia de la familia tradicional y su sospecha de los gobierno grandes.

Pero no lo están haciendo. A los Republicanos se les acabó el amor por los latinos. Y si no se vuelven a enamorar pronto perderán la próxima elección presidencial y la que sigue, y la que sigue…

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Esto definirá el 2012

El continente americano quedará definido en este 2012 por lo que ocurra en las elecciones en Estados Unidos, México, Venezuela y República Dominicana. Pocas veces coincide que países tan cruciales para la región deciden al mismo tiempo.

Esa decisión colectiva nos marcará por muchos años.

Empecemos con el grandote. Estados Unidos se debate entre reelegir al presidente Barack Obama o cambiar de rumbo y escoger a un Republicano para la Casa Blanca. Obama puede presumir por la ejecución de Osama bin Laden, de la muerte del líder libio Mohamar Kadafi y del fin de la guerra en Irak. Pero eso no llenará de votos ninguna urna el 6 de noviembre.

El tema central de la campaña en Estados Unidos será la economía. Con 13 millones de desempleados, pocos pueden decir que las cosas están mejor hoy que hace cuatro años. Y el argumento de los Demócratas de que heredaron una terrible crisis económica de manos de George W. Bush es una simple cuestión académica.

Obama tiene a su favor un nuevo seguro médico para millones. Pero no cumplió con su promesa electoral del 2008 de presentar una reforma migratoria durante su primer año de gobierno. Newt Gingrich y Mitt Romney tienen que demostrar que, más allá de su tradicionalismo moral y económico, pueden ser mejores líderes que Obama y ofrecer soluciones muy concretas a los problemas que más duelen a los estadounidenses.

En México no hay reelección. Pero el Partido Acción Nacional (PAN) lleva ya dos sexenios en el poder y el desgaste se nota. Con 50 mil muertos, parte del territorio nacional en manos de los narcos y una violencia fuera de control, en México nadie quiere más de lo mismo.

Los tres candidatos panistas –Josefina Vázquez Mota, Santiago Creel y Ernesto Cordero- están obligados a distanciarse del presidente Felipe Calderón si no quieren quedar enterrados en las urnas.

La frustración ante la criminalidad y la impunidad, la terrible desigualdad económica, el desgaste del PAN y la división en la izquierda explica la ventaja del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en las encuestas. Pero el candidato priísta Enrique Peña Nieto aún no ha demostrado que puede con el país ni que está preparado para ser presidente.

Su candidatura ha estado plagada de olvidos y errores; parece agarrada de hilitos. Si Peña Nieto no prueba más allá de toda duda que es un político capaz y no una simple invención mediática, su imagen tan cuidada por años se puede desplomar para las votaciones del primero de julio.

Andrés Manuel López Obrador, el candidato perredista, se encargará de recordarle al país el desastre que fue el PRI por 71 años –fraudes, corrupción, asesinatos, abusos- y lo poco que ha cambiado el país con el PAN. Pero la pregunta es si él es el candidato del cambio.

Cambio es la esperanza de millones en Venezuela. Esta parece ser la última oportunidad de la oposición para sacar a Hugo Chávez del poder por las buenas, es decir, con los votos. Seis candidatos definirán el 12 de febrero quien se enfrenta al caudillo el siete de octubre.

El problema es muy sencillo. Chávez lo controla casi todo en el país, incluyendo al organismo que cuenta los votos. Habrá que arrancarlo del poder con una victoria contundente o no se irá del palacio de Miraflores. La enfermedad de Chávez, que tantas simpatías le causó en un principio, ahora le pesa.

Muchos venezolanos no saben si contarán con él en el futuro y en Venezuela no hay chavismo sin Chávez. Toda una generación de boliburgueses –chavistas que se han beneficiado del despilfarro oficial- harán lo posible para mantener atornillado a Chávez en la presidencia. Es su linterna mágica.

Pero en República Dominicana nadie parece estar viendo al futuro. Las opciones son solo hacia atrás, según las últimas encuestas. Los dominicanos escogerán el 20 de mayo entre el continuismo –con Danilo Medina y la actual primera dama, Margarita Cedeño como candidata a la vicepresidencia del Partido de la Liberación Dominicana- y el pasado, representado por el expresidente Hipólito Mejía del Partido Revolucionario Dominicano. (Aquí está mi extraña entrevista con Mejía en el 2007 http://bit.ly/qkslZB)

¿Dónde están los candidatos jóvenes, con ideas nuevas, para República Dominicana? ¿Por qué la vitalidad de la comunidad dominicana en Estados Unidos no se ve en la isla?

El continente americano se define en este 2012 con estas cuatro elecciones, aunque siento una desilusión generalizada con las opciones disponibles. Pero, como quiera que sea, será imposible no ser afectados, independientemente del país donde vivas, por lo que decidan norteamericanos, mexicanos, venezolanos y dominicanos.

En este mundo globalizado, todo voto en otro país es, también, un voto a nivel local. Ya nadie vive solo. Para bien y para mal.

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El poder de la calle

La democracia no es suficiente. Votar casi nunca cambia radicalmente a un país. Es, por el contrario, una manera de reafirmar el sistema. No basta votar para cambiar. Cada vez más nos damos cuenta que votamos y las cosas siguen igual.

Por eso las protestas en las calles y parques de Los Angeles, Oakland, Nueva York, México, Madrid y Atenas, entre muchas otras, nos indican que algo no está funcionando bien en la forma en que vivimos.

De entrada, estas protestas han sido mayormente pacíficas. Sí, quieren cambiar la estructura del poder pero no violentamente. No se trata de revoluciones armadas.

Me tocó ser testigo de los campamentos de tiendas de campaña en Madrid, Oakland y Los Angeles. Ya todos han sido desalojados por la policía. Estaban llenos de indignados, frustados y enojados. No había líderes visibles ni tampoco sabían exactamente qué querían. Pero sí tenían muy claro lo que no querían.

No querían que el uno por ciento de la población controlara los destinos del otro 99 por ciento. Había quejas de todo tipo: contra los bancos, los gobiernos, las grandes corporaciones. No les gustaba el sistema educativo ni la forma en que trataban a los inmigrantes.

Querían, en pocas palabras, desechar lo viejo y comenzar de nuevo. Pero el punto en común de todas sus quejas era la desigualdad. No se vale que el salario de uno sea superior al de 99. No se vale que unos se vuelvan billonarios mientras otros se mueren de hambre, están desempleados y pierden sus casas.

No se vale En los tres campamentos me sorprendió el enorme interés –casi obsesión- de sus ocupantes por aparecer en la televisión y en los medios de comunicación tradicionales que tanto criticaban. Pero ahora, con el invierno a punto de entrar y desalojados, tienen que demostrar que no fueron una llamarada de petate. Su gran reto está en transformar ese idealismo en algo que se pueda tocar.

Nos equivocaríamos si los catalogáramos de antisociales u oportunistas. Apuntaron con absoluta claridad lo que no funciona en Estados Unidos y en Europa.

De la misma manera, la marcha por la paz en México–liderada por el poeta Javier Sicilia- y las incontables manifestaciones para detener el número de muertos en la lucha contra el narcotráfico, no acaba con el problema pero si lo define.

El presidente Felipe Calderón puede tener razón al enfrentar a los narcos pero la realidad es que su estrategia es un soberano fracaso. No se le puede llamar éxito a ningún plan que cargue más de 50 mil muertos. Las marchas contra la violencia han servido para demostrar que México no es su gobierno ni sus políticos y que sus ciudadanos están hartos de vivir con miedo.

El poder de la calle en el mundo árabe fue más allá de los gritos y los símbolos.

En una primavera y en un verano los jóvenes árabes, armados con celulares,facebook y twitter, terminaron con cuatro regímenes autoritarios y despóticos en Egipto, Libia, Yemen y Túnes. Y hay otros más en la filita.

Qué maravilla ver a un dictador como Hosni Mubarak tras las rejas de Egipto. Ojalá el destino de Mohamar Kadafi hubiera sido el mismo en Libia. Pero el mensaje es el mismo: no se va a tolerar a más tiranos.

No sé por qué sospecho que los hermanos Castro se hacen como los que no oyen…pero ellos siguen. Tienen un macabro sistema represivo. Sin embargo ¿de verdad creen que los jóvenes cubanos aún no se han enterado por la internet que el planeta ya cambió y que ellos siguen viviendo en 1959?

Algo no está funcionando bien en este planeta. En todos lados los sistemas con los que vivimos durante décadas se están fracturando. Y la tecnología nos trae las revoluciones a nuestra pantalla del celular. Ya todo es local. Cuando no se puede más vivir así es cuando sentimos el poder de la calle.

Todos estos movimientos y revueltas –de Oakland a Madrid y de Tripoli a México- son ejemplos muy concretos del poder de la calle. Cuando los votos no cuentan, cuando la democracia se queda coja, cuando las cortes y la policía solo protegen a los poderosos, cuando las muertes y secuestros quedan impunes, cuando la sociedad toda beneficia solo a unos pocos, cuando la desigualdad se convierte en regla, cuando uno o dos deciden por todos…ese es el momento de salir a la calle.

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