Mexicanos sospechosos

Jorge RamosNo es fácil ser mexicano estos días. Si vives en México, estás en uno de los países más violentos del continente y, quizás, uno de los más corruptos. Y si vives en Estados Unidos es muy posible que alguna vez te hayan discriminado y hasta perseguido, si no tienes permiso de trabajo, visa o tarjeta de residencia.

Hay poco que celebrar. Pero cuando lo hay, nadie nos para. Por eso llama la atención la fiesta cibernética por los cuatro Oscares ganados por el director de cine, Alejandro González Iñárritu (3) y el director de fotografía, Emmanuel Lubezki (1). Estos Oscares siguen a los dos ganados el año pasado por el mismo Lubeski y por el director Alfonso Cuarón.

Los mexicanos somos buenos para las fiestas. Nuestras fiestas son inversamente proporcionales a nuestras broncas; mientras más problemas haya, más las disfrutamos. “Es significativo que un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas”, escribió Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad. “Entre nosotros la fiesta es una explosión, un estallido…No hay nada más alegre que una fiesta mexicana.”

Pero en este 2015 la fiesta de los mexicanos, más que en Hollywood, fue en las redes sociales. Hubo, literalmente, millones de felicitaciones en Twitter y Facebook a los ganadores del Oscar. Pero, también, nuestras fiestas son una forma de protesta. Las aprovechamos para quejarnos y desahogarnos. Otra vez Paz: “En el remolino de la fiesta nos disparamos. Más que abrirnos, nos desgarramos.”

El discurso de Iñárritu al aceptar uno de los Oscares canalizó el enojo y frustración que sentimos muchos mexicanos en ambos lados de la frontera. “Quiero dedicar este premio a mis compatriotas mexicanos, a los que viven en México”, dijo Iñárritu, “y rezo para que podamos encontrar y construir el gobierno que nos merecemos.”

El hashtag #ElGobiernoQueNosMerecemos se hizo tendencia en México. La crítica al actual presidente fue clara. Más de 37 mil mexicanos han sido asesinados desde que Enrique Peña Nieto llegó el poder; esa es la “mexicanización” y el “terror” que tanto teme el Papa Francisco para su Argentina. Además, con una elección cuestionada por trampas y graves acusaciones de conflicto de intereses, Peña Nieto no es un presidente de Oscar. Si tenemos dos directores de cine de Oscar ¿por qué no hemos podido encontrar a un buen director de país?

La segunda parte del discurso de Iñárritu, sobre los inmigrantes mexicanos viviendo en Estados Unidos, fue igualmente fuerte. “Solo rezo para que sean tratados con la misma dignidad y respeto”, dijo el director de Birdman, “como los que llegaron antes y construyeron esta increíble nación de inmigrantes.” La crítica no pudo haber llegado en mejor momento.

Más de la mitad de los 11 millones de indocumentados en Estados Unidos, son mexicanos. Viven perseguidos y en la oscuridad. Y actualmente congresistas y gobernadores Republicanos, en su mayoría, están tratando de bloquear la acción ejecutiva del presidente Barack Obama que ayudaría a millones de estos mexicanos. Es duro y desesperante ser mexicano y no tener papeles en Estados Unidos.

La broma de Sean Penn al entregar el Oscar a Inarritu –“¿Quién le dio su tarjeta de residencia a este bastardo?”- cayó tan mal porque refleja la xenofobia y rechazo de muchos norteamericanos a los inmigrantes mexicanos. No hizo reír a nadie. Es la misma frase que se escucha en los campos de cultivo, en hoteles y restaurantes, en sitios de construcción y en cualquier lugar donde trabajen mexicanos.

En una entrevista de televisión, luego del premio, le preguntaron a Iñárritu sobre lo extraño de que dos mexicanos, consecutivamente, hayan ganado un Oscar como mejor director.

“Eso es sospechoso”, respondió con humor. Pero, efectivamente, estos Oscares destruyen muchos de los estereotipos sobre los mexicanos.

No es fácil ser mexicano, ni dentro ni fuera de México. Pero cuando las cosas son difíciles, los triunfos son más ricos, tienen más impacto y las fiestas son un reventón. Por ahí, entre tequilas y tuits, volví a oír la frase: el éxito es la mejor venganza.


Sálvese Quien Pueda

El país de las filas

Jorge RamosVenezuela, que fuera la nación más rica de América Latina, es ahora el país de las filas más largas. El venezolano tiene que calcular en su día las horas que pasará esperando para comprar comida y los productos de necesidad básica. Las filas es lo que hoy define a Venezuela.

Venezuela es un país que espera, en pausa, frustrado con el presente e incapaz de imaginarse un futuro mejor a corto plazo. No hay salida. Por ahora. “Pudimos detectar que de cada 10 venezolanos, seis deben hacer colas para comprar alimentos, independientemente de la clase social”, dijo hace poco el presidente de la Alianza Nacional de Usuarios y Consumidores (ANAUCO). Y hacer fila no garantiza comprar lo que uno quiere. “En los abastos y supermercados están limitando la cantidad de productos que se pueden vender.”

Esto ha creado una nueva profesión: los “coleros”. Ellos hacen la fila por otros a cambio de unos bolívares. Venezuela debería producir médicos e ingenieros, no “coleros”.

Estamos hablando de varias horas al día haciendo filas para comprar pollo, maíz, leche y papel del baño. “Es que las colas en Venezuela para comprar comida pueden durar siete, ocho, nueve horas”, me dijo en una entrevista el ex presidente de Colombia, Andrés Pastrana.

En Venezuela hay que esperar para todo. Pastrana y el ex presidente de Chile, Sebastián Piñera -en una reciente visita a Venezuela- tuvieron que esperar horas, sin éxito, para ver en la cárcel de Ramo Verde al preso político y líder opositor, Leopoldo López. Al final, la espera no sirvió de nada. No los dejaron verlo. “En Venezuela hay presos políticos”, me dijo un frustrado Pastrana. “¿A esto le podemos llamar democracia?”

Leopoldo López, líder del partido Voluntad Popular, lleva ya un año en la cárcel. El régimen de Nicolás Maduro lo acusó de incitar a la rebelión. Después que López se entregara, las manifestaciones masivas contra el gobierno perdieron fuerza. Pero la lucha no terminó ahí. López se está convirtiendo en el Nelson Mandela de Venezuela y el régimen de Maduro lo sabe. Por eso no lo sueltan.

Carlos Vechio también debería estar preso. El es el número dos del partido Voluntad Popular y, al igual que López, tenía una orden de captura. Pero Vechio se escondió durante 108 días en Venezuela y, finalmente, pudo escapar. Actualmente vive en el sur de la Florida, donde conversé con él.

“A mí me fueron a buscar de manera violenta”, recuerda Vechio. “Y ahora me tocó en clandestinidad esta nueva etapa.” Vechio no quiere a Maduro en el poder pero rechaza cualquier proceso de transición que no sea democrático. ¿Un golpe de estado? ¿Invadir Venezuela? “Esa es una locura”, me dijo, “un absurdo.”

Vechio cree que la sociedad venezolana está viviendo “un cambio irreversible que no lo va a parar nadie.” ¿Cuál es la salida a la crisis actual? El cree que puede haber una renuncia de Maduro, un referendo revocatorio el próximo año e, incluso, una enmienda que recorte el mandato presidencial. Pero para eso, me dijo, se necesita del “chavismo democrático.”

¿Qué es eso? le pregunté. “El chavismo democrático es un grupo de venezolanos que creyeron en el proyecto (de Hugo Chávez) y que ahora están defraudados por una élite corrupta”, me explicó Vechio. “No hay transición posible en Venezuela sin ese grupo de venezolanos.” Su teoría es que el chavismo solo se acaba con la ayuda de algunos chavistas.

Venezuela está viviendo, me dijo, “una tormenta perfecta.” Se refería a la inflación más alta del continente, a los bajos precios del petróleo, a la violencia, al desabastecimiento de alimentos, al permiso que tiene el ejército para disparar contra manifestantes, a los 12 mil millones de dólares que guardó el gobierno chavista en cuentas suizas, a la frustración de la gente y a la incapacidad de Maduro para liderar. Quizás.

Pero lo nuevo en Venezuela es el hambre. No hay ni pan ni circo. Y filas muy largas. Eso sí acaba con cualquier gobierno y con la paciencia de los más aguantadores.

El ex presidente Pastrana cree que se puede venir una crisis humanitaria sin precedentes. Si al final de las filas no hay nada que comer, Maduro podría ser el postre. Ni siquiera los propios chavistas saldrían a defenderlo. Las ideologías no se comen.


Sálvese Quien Pueda

Déjenla morir en paz

Jorge RamosPor: Jorge Ramos

Hay muertos a quienes los vivos nunca dejan en paz.
Este es el caso de Brittany Maynard, quien se quitó la vida el pasado primero de noviembre, luego de ser diagnosticada con un cáncer cerebral incurable. Tenía solo 29 años de edad. Su muerte se sigue debatiendo en Estados Unidos. Hay muchos que creen que nunca debió suicidarse con ayuda médica y que debió, en cambio, dejar que la enfermedad la matara lenta y dolorosamente.

El tumor inoperable de Brittany estaba alojado en la parte del cerebro que controla la memoria, el lenguaje y la toma de decisiones. Dos doctores, que no se conocían, concluyeron de manera independiente que ella tenía menos de seis meses de vida.

En ese momento Brittany hizo dos cosas: primero, una lista con todo lo que tenía pendiente –incluyendo una visita al cañón del Colorado- y, dos, un plan para morir en sus propios términos, antes que el cáncer afectara seria e irremediablemente sus facultades mentales.

Ella y su esposo Daniel Díaz, de origen cubano, se mudaron de California a Oregón -uno de los tres estados norteamericanos que sí permiten la eutanasia o “suicidio asistido”- y buscaron ayuda médica para que Brittany pudiera quitarse la vida con medicamentos.

Hace unos días conocí a Daniel. Lleva todavía el anillo de casados. Cada vez que habla de ella, casi como un reflejo, los ojos se le llenan de lágrimas. Daniel es un hombre en luto, de esos que cargan un dolor inocultable.

¿Cómo se quitó la vida Brittany? le pregunté. “El primero de noviembre nos levantamos, desayunamos, fuimos a caminar con la familia y amigos”, me dijo Daniel. “Al llegar a la casa ella supo que ya era el momento.

El dolor que ella estaba sufriendo era cada día peor… Estaba acostada en la cama –el paciente tiene que tomar cuatro o cinco onzas de líquido.” Ese líquido es una potente combinación de sedantes y depresores del sistema respiratorio. “A los cinco minutos se durmió y a los 30 minutos las respiraciones bajaron a un punto que murió, tranquila, en paz.”

Este método –en que el paciente se quita su propia vida- no tiene los problemas legales que enfrentó, por ejemplo, el doctor Jack Kevorkian. Él le administraba medicamentos para morir a sus pacientes y eso lo llevó a la cárcel varias veces. En el caso de Brittany, ella recibió las recetas de un doctor y ella se encargó, personalmente, de tomar esa dosis mortal.

Como Britanny dio entrevistas antes de su muerte –promoviendo el derecho a morir con dignidad- algunos creían que no estaba tan enferma. Pero Daniel me cuenta que las convulsiones la paralizaban por horas, no podía hablar y que su deterioro físico era patente.

La iglesia católica se opuso abiertamente al plan de Brittany. El Papa Francisco había dicho lo siguiente sobre la eutanasia: “Que gran mentira…inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.” Y se lo leí a Daniel.

“Mi esposa nunca fue muy religiosa”, me dijo. “Pero ella fue muy buena persona. Fue maravillosa. Trabajaba con niños. Fue muy cariñosa. Así que, si hay cielo, San Pedro o Dios le dirían: ‘Tú no tienes que sufrir para estar aquí con nosotros. Bienvenida. Entra.”

Daniel me dijo que la mayoría de las personas desearían morir mientras duermen y sin dolor. Y eso, según él, es exactamente lo que hizo Brittany. “Lo único que hizo Brittany fue controlar el dolor y evitar una muerte muy horrible.”

A Daniel no le gusta dar entrevistas para la televisión y, claramente, es un hombre que está sufriendo por la pérdida de su esposa. Todavía está, literalmente, viviendo para ella. Llevaban apenas un año de casados cuando Brittany fue diagnosticada con cáncer cerebral.

Pero Daniel no quiere dar vuelta a la página. Me pareció que era un hombre que seguía casado con su mujer. “Yo estoy haciendo esto porque le hice una promesa a Brittany; tratar de pasar una legislación en California para que los californianos no se tenga que mudar a otro estado para morir en paz,” me dijo.

Brittany, me asegura Daniel, murió en paz. Los que no se quedaron en paz son quienes se sintieron con el derecho de decirle a Brittany cómo vivir…y cómo morir.


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Republicanos: esto es personal

Jorge RamosEs imposible no verlo como un ataque personal.

Si los Republicanos se salieran con la suya, más de cinco millones de indocumentados perderían la protección migratoria que les dio el presidente Barack Obama con su orden ejecutiva. El peligro de deportación volvería a caer sobre ellos y perderían sus permisos de trabajo.

Los Republicanos en la cámara de representantes votaron –por 236 contra 191- para revocar la acción ejecutiva de Obama que beneficia, sobre todo, a los Dreamers (estudiantes indocumentados) y a los padres (sin documentos) de niños que nacieron en Estados Unidos. Están, dicen, contra la decisión “inconstitucional” de Obama.

Pero muchos latinos no lo vieron así. “Esto significa un ataque personal contra mí y contra mis padres”, dijo en una entrevista Cristina Jiménez, directora de United We Dream, la organización de estudiantes indocumentados más grande del país.

La propuesta republicana no pasará el Senado -donde los Republicanos no tienen los 60 votos necesarios para su aprobación- ni sobreviviría un veto presidencial. Es decir, lo hicieron solo para que quedara constancia de su oposición al presidente. Pero no se dan cuenta de que el mensaje para los inmigrantes latinos fue terrible: estamos contra ustedes. (La acción ejecutiva de Obama tuvo 89 por ciento de aprobación entre los hispanos, según una encuesta de Latino Decisions.)

El partido Republicano se ha quejado últimamente de que algunos periodistas latinos –yo incluido- solo les queremos preguntar sobre inmigración. Dicen, con razón, que temas como la economía, la salud y la educación son más importantes, de acuerdo con las encuestas.

Pero lo que no entienden los Republicanos es que el tema migratorio es simbólica y emotivamente el más influyente para nosotros. Define quienes están con nosotros y quienes están en contra. Además, les preguntamos sobre inmigración porque son los Republicanos quienes están bloqueando una reforma migratoria en el congreso y porque es un asunto sin resolver.

Los Republicanos no parecen haber aprendido nada de su derrota electoral en el 2012. Su propio análisis de esa derrota decía: “Si los Hispanos creen que no los queremos aquí, ellos van a cerrar sus oídos a nuestras políticas.” Absolutamente cierto. Pero el mensaje de su voto en la cámara de representantes hace unos días fue clarísimo: no los queremos aquí.

Así van a perder, otra vez, el voto latino y la Casa Blanca en el 2016. El propio senador Republicano, Lindsey Graham, dijo recientemente que las posibilidades de su partido de ganar la presidencia son “casi inexistentes” a menos que hagan algo para resolver el problema migratorio. Lejos de resolverlo, lo tienen bloqueado en el congreso y siguen atacando a los inmigrantes.

Casi todos sus posibles candidatos a la presidencia tienen posiciones anti-inmigrantes. Y si Mitt Romney decide volver a lanzar su candidatura, volverá a perder el voto latino. Su política de “auto deportación” lo marcó negativamente entre los hispanos y por eso solo obtuvo el 27 por ciento del voto latino en la última elección presidencial.

Ahora, una aclaración. Como periodista y como inmigrante he criticado tanto a los Republicanos como a los Demócratas. Critiqué duramente al presidente Obama por no cumplir su promesa electoral –de presentar una propuesta de reforma migratoria en su primer año de gobierno- y lo volví a criticar a finales del año pasado por haber deportado a más de dos millones de indocumentados y por no detener antes las deportaciones. No es un asunto partidista. Es, sencillamente, un asunto de derechos humanos, pendiente y urgente.

El presidente Barack Obama ha hecho, ya, todo lo que podía hacer. No irá más lejos. Ahora les toca a los Republicanos actuar. Y no lo están haciendo.

No es, para nosotros, una cuestión abstracta. La mitad de todos los hispanos (mayores de 18 años de edad) son inmigrantes. Por eso, cuando los Republicanos atacan a un grupo de inmigrantes, el impacto es enorme entre todos los latinos, legales o no.

Los Republicanos, con toda la razón, están preocupados. Nadie puede llegar a la Casa Blanca sin el voto latino. Y cuando pidan el apoyo de los latinos para las elecciones presidenciales del 2016, les vamos a recordar todas las veces que han votado en contra de los inmigrantes. Son muchas: desde su oposición al Dream Act, pasando por el bloqueo que su líder John Boehener hizo de la reforma migratoria por más de 500 días, hasta la votación de la semana pasada en el congreso. Nunca se olvida cuando alguien te dice que no en tu cara.

Los Republicanos no acaban de comprender que la migración es, para nosotros los latinos, un asunto del alma. Y mientras no lo entiendan –y hagan algo al respecto- van a seguir perdiendo nuestro voto y las elecciones más importantes del país. Sí, los Republicanos tienen un problema latino y menos de dos años para resolverlo…o volverán a perder.


Sálvese Quien Pueda

Volar es un acto de fe

Jorge RamosVolar en un avión es lo más parecido a la religión. Exige un triple acto de fe: en el piloto, en las condiciones de la aeronave y en el clima propicio el día del vuelo. En la mayoría de los casos no hay manera de verificar el entrenamiento del piloto, el mantenimiento de la nave, ni los mapas de navegación. Y, aún así, nos subimos. Por pura fe. Eso mismo hicieron las 162 personas que murieron hace unos días en el accidente del avión de AirAsia cerca de Indonesia.

Lo confieso: no soy religioso pero tengo fe en los aviones. No es una fe ciega. Vivo plagado de dudas, sobre todo cuando hay turbulencia. Pero generalmente confío en que los aviones me pueden llevar del punto A al B sin matarme. Hasta hoy no me han fallado; una aerolínea me acaba de enviar una tarjeta que comprueba que he volado con ellos más de dos millones de millas.

Soy un viajero frecuente irredimible, un pecador del aire y le rezo más a los ingenieros que a dios. Cuando hay problemas en el aire no digo: “virgencita sálvame de esta”. Sino: “espero que el técnico que reparo el motor derecho del avión sea muchísimo más listo que los presidentes que he conocido.”

Por mi profesión -y por esas malditas ganas de viajar lejos del lugar donde nací- le he dado la vuelta al mundo varias veces. Pero llevo bien cargada mi maleta de sustos. Hace poco viví uno de los más grandes. Me fui a Bora Bora, en la mitad del océano pacífico, para las vacaciones de fin de año. Es, sin duda, la isla más bella del planeta y una de las más aisladas.

Casi el paraíso. Mi equivocación fue no darme cuenta que decidí viajar en plena temporada de lluvias. Me subí en un gigantesco y moderno Boeing 777 de Los Ángeles a Papeete, la capital de Tahiti. Casi nueve horas después, en medio de una tormenta y cuando estábamos a solo unos metros de la pista del aeropuerto internacional, el piloto abortó el aterrizaje y aceleró con furia para volver a tomar altura. “Vientos muy fuertes”, dijo con calma.

Aterrizamos sanos y nerviosos en el segundo intento. Eso, lo sabría después, era solo un adelanto del horror de la tarde. Hice la conexión para volar en un avión de hélices los 45 minutos que separan a Papeete de la isla de Bora Bora. Luego de un retraso de siete horas y tras una lluvia torrencial, despegamos a las cinco de la tarde.

Grave error. La visibilidad era casi nula y la turbulencia constante. Volamos, los cerca de 60 pasajeros, entre nubes grises y amenazantes. Aterrizar en medio de un tropical y feroz aguacero parecía imposible; regresar un suicidio. El piloto trató de aterrizar en la pequeña pista de Bora Bora pero al darse cuenta que íbamos al desastre abortó el intento.

Era mi segundo del día. El piloto, con una aeronave que parecía desbaratarse, se volvió a incrustar en las nubes cargadas de rabia y agua. Fuera de mi ventana solo veía blanco y gotas de lluvia, como balas, golpeado el vidrio. Apreté mi cinturón de seguridad hasta que no dio más.

Perdí el sentido de la orientación mientras unos pasajeros lloraban y otros gritaban. Si el infierno existiera, así sería: una angustia creciente que no acaba de reventar. No sabía si íbamos hacia arriba o hacia abajo. Me sentía como frijol en licuadora. Esperaba un golpe, tremendo, en cualquier momento.

Le recé al piloto: “ojalá que él si sepa dónde estamos”, y a quienes hicieron ese avión: “que no le falle el radar, por favor, por favor, y que no se rompa por la mitad”. Fueron unos 15 minutos de absoluta agonía. Mis rezos funcionaron. Los instrumentos de navegación pusieron al avión, una vez más, frente a la pista de Bora Bora y el piloto, con bravura y burlando la tormenta, lo bajó sin estrellarse. Yo, claro, fui el primero en aplaudir con las palmas empapadas.

Decenas más me siguieron. Nada es igual después de vivir una experiencia así. Te prometes no volver a quejarte nunca más en la vida. Este es mi tercer gran susto aéreo: el primero fue durante la guerra del golfo pérsico en 1991 cuando dejó de funcionar uno de los motores de un avión C-130; el segundo en el 2000 cuando una avioneta –que me llevaba en Venezuela a entrevistar al presidente Hugo Chávez- se llenó de humo y tuvo que aterrizar de emergencia.

A pesar de todo, sigo volando. El avión, para mí, es el más maravilloso invento de la humanidad. Es, casi, una máquina del tiempo. Te encierras unas horas y apareces en otro lado del mundo.

Me enteré de la desaparición del vuelo de AirAsia minutos antes de treparme en un avión por casi cinco horas. No dudé en subirme. Llevo toda mi vida apostando a que mis aviones –y los de mi familia- no se van a caer. Esa es mi fe. En eso creo. Mostré mi pase de abordar y me metí al avión. Pero al sentarme, junté mis palmas y me di cuenta que ya me estaban sudando.


Sálvese Quien Pueda

La mano de Obama

Jorge RamosNashville, Tennessee. Esta es la tierra de la música country. La calle que cruza esta pujante ciudad por la mitad está inundada de bandas tocando música en vivo y de gente buscando fiesta. Este no era el lugar ideal para hablar con el presidente Barack Obama sobre tortura, racismo e inmigración. Pero los presidentes no lo pueden controlar todo.

Es falso que los presidentes son todopoderosos. En mi carrera he entrevistado a decenas de mandatarios y la principal queja que escucho es la misma: la gente se sorprendería del poco poder que tienen los presidentes en una democracia. Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo, no es la excepción.

El presidente, me consta, hubiera querido una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Pero no pudo. Los Republicanos lo bloquearon. Por eso tomó una “decisión ejecutiva” de proteger de la deportación a más de cuatro millones de indocumentados. “No vamos a separar familias”, me dijo. “Nos vamos a concentrar en los criminales, en nuestras fronteras, en los que quieran venir ahora.”

Primero el agradecimiento: 89 por ciento de los votantes latinos apoya la decisión del presidente. Pero a nivel personal (y esta es solo mi opinión) ojalá Obama hubiera tomado esa decisión antes de deportar a más de dos millones de indocumentados en seis años -más que cualquier otro presidente y destruyendo miles de familias- y se lo dije. El, en cambio, cree que no he reconocido su esfuerzo. Y me lo dijo. “Cuando lo presentas de esa manera”, me aclaró, “es un equívoco porque supones que el proceso político depende de una sola persona, y así no funcionan las cosas.”

Esta imposibilidad presidencial de cambiar las cosas a su antojo también se aplica al racismo. Las recientes muertes de dos jóvenes afroamericanos -Michael Brown y Eric Garner- a manos de policías blancos demuestran que, triste y trágicamente, en Estados Unidos el color de piel sigue importando. “Los prejuicios raciales y la discriminación están metidos muy profundamente en nuestra sociedad”, me explicó. Pero el primer presidente afroamericano cree que ha habido una notable mejoría en los últimos 20 años.

“¿Usted ha sido discriminado?” le pregunté. “Por supuesto”, me contestó. “Sería muy difícil crecer en Estados Unidos sin haber tenido la experiencia de la discriminación. Pero lo que sí sé es que en mi vida las cosas han mejorado y van a continuar mejorando.”

Y si bien es cierto que hay muchas cosas que los presidentes no pueden cambiar de la noche a la mañana –como las actitudes racistas y antiinmigrantes- hay otras en las que sí pueden influir inmediata y directamente, como el prohibir la tortura. Un reporte del Senado norteamericano establece que después de los actos terroristas del 2001, la CIA y el gobierno del presidente George W. Bush torturaron a decenas de detenidos: hubo piernas rotas, simulacros de ahogamiento, los alimentaban por el recto y hasta una persona murió de frío, luego de pasar horas mojado y encadenado a una plancha de cemento.

En la entrevista el presidente Obama describió esto como “actividades brutales.” Luego añadió que “hicimos algunas cosas que traicionan lo que somos como nación.” Por eso tomó la controversial y difícil decisión de permitir que el reporte sobre la tortura se hiciera público.

A los días de haber llegado a la Casa Blanca en el 2009, la tortura fue prohibida por el gobierno de Obama. “Puedo decir categóricamente que cualquiera que esté involucrado en una conducta como esta (-tortura-) estaría violando mis órdenes como presidente de Estados Unidos, sería acusado y estaría rompiendo la ley”, me dijo.

Esto es un gran cambio. Esto es algo que un presidente sí puede y sí debe hacer. Esto es algo que va a diferenciar claramente la presidencia de George W. Bush frente a la de Barack Obama. En ambas tuvieron que enfrentar el racismo. En ninguna de las dos se logró una reforma migratoria. Pero en una se torturó y en la otra no. Esa es la mano de Obama.

No, los presidentes no tienen todo el poder que quisieran. Pero las cosas que sí pueden hacer se miden en vidas humanas y en dignidad personal. Y ese poder es más que suficiente.


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No seas neutral

Jorge RamosAmo ser periodista. Es la única profesión en el mundo que tiene como descripción el ser rebelde e irreverente. Es decir, el periodismo te obliga a ser joven toda tu vida. El escritor colombiano Gabriel García Márquez tenía razón: es el mejor oficio del mundo. Pero podemos y debemos usar el periodismo como un arma para un mejor propósito: la justicia social.

Lo mejor del periodismo se da cuando nos atrevemos a tomar postura, cuando cuestionamos a los que están en el poder y evitamos que abusen de su autoridad, cuando denunciamos una injusticia. Lo mejor del periodismo ocurre cuando tomamos partido con las víctimas, con los más vulnerables, con los que no tienen derechos. Frente al abuso del poder, el periodismo tiene que ser contrapoder.

Creo en los principios básicos del periodismo. No tengo nada en contra de la objetividad y el balance. Eso tiene que ser como un reflejo: ser obsesivo con los datos y presentar todos los puntos de vista. Sin embargo, eso no es suficiente para contar toda la verdad.

Frente a los poderosos, debemos tomar partido. Si tenemos que escoger entre ser amigo o enemigo del presidente, del político, del general o del dictador, la decisión es muy sencilla: soy reportero, no quiero ser tu amigo.

Cuando me toca hacer una entrevista con alguien importante, siempre doy por hecho dos cosas: una, que si yo no le hago las preguntas duras e incómodas nadie más lo va a hacer; y dos, asumo que nunca más volveré a ver y a entrevistar a esa persona. Las peores entrevistas que me ha tocado ver son cuando el periodista trata de quedar bien y hace preguntas flojas para mantener su acceso a sus fuentes. Eso es autocensura.

Estoy a favor del periodismo con un punto de vista. Se vale tomar una posición antagónica antes de una entrevista o reportaje. Esa es una decisión moral. Es perfectamente válido el no ser neutral. Nuestro oficio no se da en un vacío. Tenemos opiniones y códigos de ética -por la democracia, por la libertad, por la pluralidad- y eso debe estar reflejado en nuestro trabajo.

Hay grandes ejemplos de valientes periodistas que decidieron no ser neutrales y enfrentaron al poder. Edward R. Murrow luchó contra el prejuiciado senador Joe McCarthy, Walter Cronkite contra la guerra de Vietnam, y los reporteros del Washington Post en contra del corrupto presidente Richard Nixon. Christiane Amanpour se peleó con el presidente Bill Clinton por su cambiante posición en la guerra en Bosnia y Anderson Cooper demostró la incapacidad del presidente Bush tras el paso del huracán Katrina. Gracias a estos periodistas, los poderosos no se salieron con la suya.

Ahora nos toca a nosotros denunciar la sanguinaria y casi eterna dictadura de los Castro en Cuba, y los asesinatos de estudiantes en México y Venezuela con complicidad de sus gobiernos. Igual nos tocó en su momento enfrentar al presidente Barack Obama por no cumplir su promesa migratoria y por deportar a más de dos millones de indocumentados, y al líder Republicano, John Boehner por la hipocresía de decir que estaba a favor de una reforma migratoria y (al mismo tiempo) bloquear un voto en la cámara de representantes.

No creo en ser partidista. Soy fieramente independiente. Pero como periodistas, hay que tomar partido. Como lo dijo el sobreviviente del holocausto y ganador del premio Nobel de la paz, Elie Wiesel: “Debemos tomar partido. La neutralidad solo ayuda al opresor, nunca a la víctima.”

Lo peor en nuestra profesión es cuando nos quedamos callados ante una injusticia o abuso de poder. Tristemente nos quedamos callados antes de la guerra de Iraq y, por lo tanto, murieron innecesariamente miles de soldados norteamericanos y decenas de miles de civiles iraquíes.

No soy menos periodista por tomar una posición. Al contrario. Hay veces en que la única manera honesta de hacer periodismo es dejando de ser neutral y confrontando a los poderosos. El silencio es el peor pecado en el periodismo. No seas neutral.

Posdata. Aquí está el discurso dedicado a los periodistas asesinados recientemente en Siria y en México: “Ustedes fueron nuestros ojos; ahora son parte de nuestra alma.”


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México no aguanta dos volcanes

Jorge RamosLo peor de la actual crisis de violencia, impunidad y corrupción en México es esa espantosa sensación de que no va a pasar nada. Nada.

Es el temor, bien fundado, de que no habrá justicia en el caso de la matanza de 43 estudiantes en Guerrero, ni habrá tampoco una investigación oficial sobre cómo se financió la casa de siete millones de dólares de la familia presidencial. Indigna sospechar que todo seguirá igual.

Ya nos ha pasado antes. Nadie pagó por la masacre de estudiantes de 1968. Nadie ha investigado oficialmente cómo nuestros ex presidentes se han hecho millonarios. Y ahora el México del presidente Enrique Peña Nieto es el paraíso de los delincuentes; casi nadie reporta los crímenes -por desconfianza en la justicia- y casi todos los delitos que sí se reportan quedan impunes (INEGI).

¡Cómo extraño a Carlos Fuentes! Cada vez que había una crisis grave en México, iba a la casa-guarida del fallecido escritor y me lo trataba de explicar. Pero la última vez, tras analizar no sé qué momento en la historia reciente del país, me dijo como conclusión una frase terrible: “México aguanta dos volcanes”.

Se refería, por supuesto, a los dos volcanes que vigilan y amenazan permanentemente a la ciudad de México, el Popocatepetl y el Ixtaccihuatl. Pero también a esa capacidad tan mexicana de aguantar las tragedias y los abusos de sus gobernantes.

No entiendo, de verdad, cómo pueden haber sido asesinados 43 estudiantes y no culpar de eso a la fallida estrategia contra el crimen de Peña Nieto. “Desde luego que fue un crimen de estado”, me dijo en una entrevista José Miguel Vivanco de Human Rights Watch. Participaron policías, militares y políticos. Y el presidente, en un pasmoso acto de omisión e incapacidad, se ocultó -primero- y luego actuó con negligencia y sin asumir ninguna responsabilidad. Por eso crecen los pedidos, en las calles y en las redes sociales, para que renuncie. “Lárgate EPN” leí en una pared del palacio nacional.

La “casa blanca” de la familia presidencial es otra historia increíble. La periodista Carmen Aristegui y su equipo denunciaron con valentía y precisión que una corporación -que recibió contratos millonarios del gobierno del estado de México y una licitación (ahora revocada) de un tren rápido- es la dueña de la casa que adquiere a plazos Angélica Rivera, la esposa del presidente Peña Nieto.

La pregunta es si Peña Nieto y su familia se han beneficiado económicamente por estar en la presidencia. No conozco a ningún mexicano o mexicana a quien un ex contratista gubernamental le financie una casa así. Niguno. La casa fue valuada en siete millones de dólares pero ¿cuánto en realidad se está pagando por ella? Esto es un gravísimo conflicto de interés y un serio error de juicio presidencial.

¿Qué pasaría en Estados Unidos si una empresa privada, que recibió contratos del gobierno y del partido político en el poder (PRI), financiara en secreto la casa privada de la primera dama, Michelle Obama? Habría, les aseguro, audiencias en el congreso, investigaciones independientes -para determinar si hubo actos de corrupción y encubrimiento- y el mismo presidente correría el peligro de perder su puesto.

Ni la suma de todos los salarios de funcionario público en la vida de Peña Nieto alcanzarían para pagar esa casa en Las Lomas. En dos entrevistas, en 2009 y 2011 le pregunté a Peña Nieto cuánto dinero tenía y si era millonario. “No lo soy”, me contestó. Su problema es demostrar que ahora, en la presidencia, tampoco lo es y que su familia no se ha enriquecido injustificadamente.

Finalmente, me resisto a creer que los mexicanos hemos caído en un estado de “desesperanza aprendida”. Más bien, quiero creer que, después de tantos abusos, hemos aprendido a no dejarnos más. Los próximos días serán clave para que México cambie y a fondo. Si dejamos pasar este momento, estaremos condenados a lo que tenemos. A pesar del respeto y admiración que siempre le tuve, espero que en este caso Carlos Fuentes no tenga razón.

Posdata a tiempo. El presidente Obama hizo dos promesas a los latinos. Ahora es el momento de cumplir. A pesar de las amenazas de los Republicanos, debe ayudar a millones de indocumentados con una acción ejecutiva. Be bold (sea contundente) le han pedido los Dreamers. Beneficie a más de siete millones, le piden. Pero el verdadero riesgo es quedar mal con todos: con los Republicanos por hacerlo y con los latinos por ser demasiado tímido.


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La renuncia de Pena Nieto

Jorge RamosComo periodistas estamos obligados a reportar que hay muchos mexicanos que están pidiendo la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto. No reportarlo sería mentir, hacerle el juego al gobierno o, peor aún, autocensura.

Miles han pedido su renuncia de la presidencia en las múltiples protestas por la desaparición de 43 estudiantes y en las redes sociales. Los testimonios, los videos y los tweets ahí están. No estamos inventando nada. Así que hablémoslo.

¿Por qué piden su renuncia? Por incapaz, por no poder con la violencia que aterra al país, por los altísimos índices de impunidad y corrupción, por tener una política de silencio frente al crimen y, sobre todo, por la terrible y tardía reacción ante la desaparición de 43 estudiantes en Guerrero.

Peña Nieto actuó con incomprensible indiferencia y negligencia: se tardó 11 días en hablar en público desde que ocurrieron las desapariciones; se ha negado a realizar una sola conferencia de prensa o una entrevista con un periodista independiente –de hecho, no ha respondido a una sola pregunta sobre el tema; y tuvieron que pasar 33 días para reunirse con los padres de los estudiantes desaparecidos. Todos errores. Eso es precisamente lo que un presidente no debe hacer nunca.

Un presidente nunca debe esconderse y Peña Nieto se ha escondido. No ha querido dar la cara. Me ha tocado cubrir muchas crisis internacionales y los mandatarios, generalmente, salen en público, responden preguntas y toman responsabilidad de los hechos. No es el caso de Peña Nieto. Y cuando el presidente no preside y se achica, deja al país a la deriva.

En México los presidentes no renuncian. Hay muy pocos casos en nuestra historia. Se quedan seis años en el poder, pase lo que pase. Pero la constitución sí contempla una salida.

El artículo 86 de la constitución mexicana dice: “El cargo de presidente de la república solo es renunciable por causa grave, que calificará el congreso de la unión, ante el que se presentará la renuncia”. ¿Es “causa grave” lo que está pasando en México respecto a la inseguridad, impunidad e incapacidad para gobernar?

Datos. Una encuesta del INEGI confirma que el primer año de Peña Nieto fue peor que los últimos dos de Felipe Calderón. En el 2013 hubo 10.7 millones de hogares que sufrieron algún delito (33.9% de la población). Datos. El 67 por ciento de la población dice que vivir en su ciudad es “inseguro”. Datos.

El 93.8 por ciento de delitos no se denuncian, en su mayoría, por desconfianza a la autoridad. Datos. Hubo más secuestros en el primer año de Peña Nieto que en cualquiera de los seis de Calderón, según la Secretaría de Gobernación. Y el 2014 también viene mal. Ve aquí los datos oficiales http://bit.ly/1moTYql

¿Cuántos mexicanos quieren la renuncia de Peña Nieto? No hay, todavía, ninguna encuesta que se haya atrevido a preguntarlo. Lo que sí es cierto que para millones de mexicanos Peña Nieto no ganó limpiamente la elección del 2012 y esa percepción de ilegitimidad complica su mandato. Además de tener una elección cuestionada y un apoyo minoritario –solo 38% del voto- ahora no puede con el puesto. Le quedó grande. Eso es grave.

Ante la violencia, Peña Nieto ha sido un presidente débil, huidizo. Prácticamente se esfumó ante la matanza del ejército a 22 civiles en Tlatlaya y ante los muertos de Guerrero. Lejos quedaron los discursos triunfalistas por las 11 reformas y la construcción del nuevo aeropuerto capitalino.

Peña Nieto, desde luego, no va a presentar nunca su renuncia. Ni este congreso –con sus complicidades y alianzas- se atrevería a sugerirla. El gobierno seguramente dirá que los pedidos de renuncia al presidente son producto de un pequeñísimo grupo de radicales y resentidos. Pero eso no es cierto. Esto apunta a un vibrante y naciente movimiento cívico y democrático. La marcha al Zócalo del 22 de octubre fue una de las más grandes de este siglo en México. Imposible no verlo.

Es irónico que uno de los presidentes más jóvenes que ha tenido México haya perdido el apoyo de los jóvenes. Dudo que el presidente pueda ir hoy a alguna universidad del país. El futuro ya le dio la espalda a Peña Nieto. Y no habrá viaje internacional sin protestas por las violaciones a los derechos humanos en México.

Pedir la renuncia de Peña Nieto es, por ahora, solo un ejercicio de libertad y de protesta. Y como reporteros lo debemos contar. Cuando hay abusos de poder, el periodismo tiene que ser contrapoder.


Sálvese Quien Pueda

Las masacres y el silencio

Jorge Ramos

“No creo que las imágenes puedan mentir. He visto noticieros, fotografías…”
Octavio Paz en La Noche de Tlaltelolco.

Los muertos en México ya no se pueden esconder. Las masacres de Tlatlaya e Iguala demuestran lo peor del país: el ejército matando civiles y la policía asesinando estudiantes. Es el México Bárbaro. Y gobierno del presidente Enrique Peña Nieto casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.

Tras la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala, Peña Nieto llamó a una inusual conferencia de prensa en la que no permitió que ningún reportero le hiciera una sola pregunta. De hecho, no ha dado ni una sola conferencia de prensa –abierta, sin preguntas o temas pactados- desde que llegó al poder. Error y temor.

El silencio es la política oficial. El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos. Por eso ésta es una crisis creada desde la presidencia. Se pasaron casi dos años escondiendo cifras y diciendo que no pasaba nada. Y luego les explotan estas dos masacres y aparecen fosas con cadáveres por todos lados. Esconder la cabeza, como el avestruz, no borra la realidad.

Y la realidad es que, en materia de seguridad, las cosas están peor con Peña Nieto que con su predecesor, Felipe Calderón. Hay muertos y crímenes por todos lados.

Dos datos concretos: en el 2013 –el primer año de Peña Nieto en la presidencia- hubo más hogares que sufrieron delitos (33.9%) que en los dos últimos años de Calderón (32.4% en 2013 y 30.4% en el 2011). La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es aterradora: en 10.7 millones de hogares hubo al menos una víctima de delito. Además, en 2013 se registraron 131,946 secuestros, 25 por ciento más que en el 2012. Eso no es salvar a México.

Peña Nieto ha querido venderse, dentro y fuera del país, como un presidente reformista. Pero la portada de la revista Time con el titular Salvando a México –Saving Mexico- fue tan prematura y gratuita como darle el premio Nobel de la Paz a Barack Obama antes de los bombardeos a Siria. Mientras sigan matando y secuestrando a mexicanos, no importa cuántas reformas proponga Peña Nieto.

Peña Nieto tiene ante millones de mexicanos un problema de legitimidad y, por lo tanto, está obligado a demostrar que el puesto no le queda grande, que no es débil y que no está perdido. Muchos mexicanos siguen creyendo que ganó la presidencia con trampas -con mucho más dinero y comerciales que sus oponentes- y que no se merece estar en Los Pinos. La única manera de contrarrestar esa falta de legitimidad de origen es con resultados y gobernando bien. Es obvio que todavía no lo ha logrado.

La marca México está muy golpeada. ¿Cómo vas a atraer a compañías extranjeras a invertir en petróleo y telecomunicaciones cuando tu ejército y policía, en lugar de cuidar a sus ciudadanos, los mata? El dinero busca seguridad, no matanzas.

La masacre de Tlaltelolco en 1968 y su total impunidad –nadie, nunca fue arrestado o condenado por esa matanza- fue posible por la complicidad de muchos “periodistas” que nunca se atrevieron a ser periodistas. Pero gracias a Elena Poniatowska y su libro, La Noche de Tlaltelolco, sabemos qué ocurrió. Hoy hay muchas Elenitas en Twitter, Facebook e Instagram -junto a valientes reporteros en los medios más tradicionales- que no van a dejar que vivan tranquilos los responsables de las matanzas de Tlatlaya e Iguala. El silencio funcionó en 1968; ya no funciona en el 2014.

México huele a podrido, huele al viejo PRI. Estudiantes en todo el país, con marchas y protestas, ya no se tragan el cuento oficial de que buscaremos y castigaremos. Las líneas están marcadas: el gobierno, su ejército y la policía no están con los estudiantes, con las víctimas de la violencia, ni con sus familias. México se rompió en Iguala.

Hay que decirlo tal cual: Peña Nieto no ha podido con la inseguridad. Ante las masacres, su gobierno se ha visto incompetente y negligente. Su silencio –más que estrategia de comunicación- es la señal más clara de impotencia y de que no sabe qué hacer. ¿Cuál es el plan para que estas masacres no vuelvan a ocurrir? No oigo nada.

El silencio es, muchas veces, el peor crimen.


Sálvese Quien Pueda